J. EDUARDO PINEDA ARENAS
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*Cambiar de gobierno no debería significar volver a empezar. Los territorios que avanzan corrigen sus políticas, pero conservan el conocimiento, las capacidades y el rumbo estratégico que tardaron generaciones en construir. *
*QUINTA LEY DEL LIDERAZGO ESTRATÉGICO TERRITORIAL*
**Un territorio avanza cuando cada generación puede comenzar desde donde terminó la anterior, en lugar de volver a pagar por aprender lo que ya sabía.**
Hay una práctica política que hemos terminado aceptando como si fuera normal.
Llega un nuevo gobierno y quiere comenzar de nuevo.
Cambia nombres.
Cambia programas.
Cambia funcionarios.
Cambia prioridades.
Cambia proyectos.
Y muchas veces cambia incluso aquello que estaba funcionando.
Cada administración quiere imprimir su propio sello. Hasta ahí podría parecer comprensible.
El problema comienza cuando la necesidad de diferenciarse de quien gobernó antes sustituye una pregunta mucho más importante:
**¿Lo que recibimos funciona o no funciona? **
Porque cuando desaparece un programa útil, se abandona una estrategia que comenzaba a producir resultados o se desintegra un equipo experimentado, el territorio no pierde solamente el dinero que había invertido.
Pierde experiencia.
Información.
Relaciones.
Procedimientos aprendidos.
Equipos humanos.
Confianza.
Y, sobre todo, tiempo.
Después llega el nuevo equipo.
Tiene que conocer el problema, diagnosticar, organizarse, construir relaciones,
cometer errores,
corregirlos y
recuperar lentamente una experiencia que, muchas veces, el propio territorio ya poseía.
Entonces ocurre una paradoja absurda:
**pagamos nuevamente por aprender lo que ya habíamos aprendido. **
Ese costo casi nunca aparece en los presupuestos.
*¡Pero existe!*
Y puede ser enorme.
Esto no significa que todo deba continuar.
Hay programas malos, proyectos equivocados, instituciones ineficientes y políticas que deben desaparecer.
La continuidad tampoco puede convertirse en pretexto para conservar lo que no funciona.
El criterio debería ser mucho más sencillo:
**continuar lo que sirve, corregir lo que puede mejorar y terminar lo que demostró que no funciona. **
Porque continuidad no significa inmovilidad.
Significa conservar el aprendizaje mientras se corrige el rumbo.
Y aquí aparece una palabra fundamental:
**rumbo. **
Los gobiernos necesariamente cambian.
El rumbo estratégico de un territorio no debería cambiar automáticamente con ellos.
No necesitamos ir demasiado lejos para observarlo.
Estados Unidos y China ofrecen dos ejemplos completamente distintos y, precisamente por ello, extraordinariamente reveladores.
Estados Unidos ha tenido gobiernos republicanos y demócratas, guerras, crisis económicas, profundas disputas internas y enormes cambios sociales y políticos. Incluso sustituyó, pocos años después de independizarse, su primera arquitectura de gobierno por la Constitución que organizó una federación mucho más sólida.
Ha cambiado innumerables políticas.
Pero durante más de dos siglos ha logrado conservar instituciones y grandes objetivos nacionales que trascienden al presidente que temporalmente ocupa la Casa Blanca.
China recorrió un camino completamente diferente.
Después de Mao, y particularmente a partir de las reformas iniciadas en 1978 bajo Deng Xiaoping, modificó profundamente su estrategia económica.
Abrió espacios al mercado.
Atrajo inversión.
Desarrolló industria.
Construyó infraestructura.
Impulsó exportaciones.
Después tecnología.
Y finalmente comenzó a competir en sectores que durante décadas habían sido dominados por Occidente.
China cambió muchísimo.
Pero una vez definido el nuevo rumbo de modernización y fortalecimiento nacional, no volvió a empezar cada cinco años.
Ha corregido políticas, cambiado instrumentos, enfrentado contradicciones y modificado prioridades.
Pero ha mantenido durante décadas objetivos estratégicos que trascienden a una administración.
Hoy Estados Unidos y China compiten por influencia económica, tecnológica, industrial y geopolítica mundial desde sistemas políticos completamente diferentes.
No estoy comparando sus sistemas de gobierno.
Estoy señalando algo mucho más sencillo:
**su capacidad para sostener objetivos estratégicos durante generaciones.**
**Continuidad no significa hacer siempre lo mismo. Significa saber hacia dónde se quiere ir y conservar lo aprendido mientras se corrige la manera de llegar.**
Y entonces la pregunta inevitable es:
**¿Cuál es el rumbo de Chiapas que debería sobrevivir al próximo gobernador, al siguiente y al que venga después?**
No necesitamos que todos los gobernadores piensen igual.
Sería absurdo.
Tampoco necesitamos que utilicen los mismos programas, funcionarios o instrumentos.
Lo que necesitamos es acordar algunos objetivos territoriales que no vuelvan a ponerse a discusión desde cero cada seis años.
Energía suficiente y confiable.
Agua.
Conectividad.
Capital humano.
Infraestructura logística.
Integración de cadenas productivas.
Transformación local de nuestras materias primas.
Vinculación entre universidades y empresas.
Aprovechamiento estratégico de nuestra frontera y de Puerto Chiapas.
Los gobiernos pueden discutir cómo conseguirlos.
Pueden cambiar programas.
Pueden modificar presupuestos.
Pueden encontrar mejores tecnologías.
Pueden corregir errores.
Lo que Chiapas no debería volver a discutir cada sexenio es **si quiere conseguirlos**.
Ahí está la diferencia entre política de gobierno y rumbo territorial.
Un gobierno gestiona durante algunos años.
Un territorio debe construirse durante generaciones.
Y cuando confundimos ambas escalas de tiempo ocurre algo profundamente costoso.
Cada administración comienza a escribir su propia historia en lugar de continuar una historia colectiva.
Por eso los territorios que avanzan acumulan.
Acumulan infraestructura.
Conocimiento.
Empresas.
Talento.
Instituciones.
Relaciones.
Confianza.
Y memoria.
Los que permanentemente reinician gastan buena parte de sus recursos reconstruyendo capacidades que ya habían conseguido desarrollar.
Cada gobierno debería recibir un piso construido y entregar otro encima.
No demoler el edificio para volver a colocar los cimientos.
Quizá ahí encontremos una explicación a una pregunta incómoda:
¿Cómo puede Chiapas haber destinado ingentes recursos al desarrollo durante tantas décadas, y continuar enfrentando muchos de los mismos problemas?
Una parte de la respuesta puede estar precisamente en nuestra dificultad para acumular.
Construimos.
Interrumpimos.
Reorganizamos.
Olvidamos.
Y volvemos a empezar.
Por eso la continuidad estratégica también es una forma de riqueza.
No porque impida cambiar.
Sino porque permite que cada generación aproveche lo aprendido por la anterior.
El verdadero liderazgo no debería medirse solamente por cuánto hizo un gobernante mientras estuvo en el poder.
También debería medirse por algo que casi nunca preguntamos:
**¿desde qué escalón podrá comenzar quien venga después? **
Porque existe una manera silenciosa de empobrecer a un territorio:
**obligarlo permanentemente a volver a aprender lo que ya sabía. **
**Los gobiernos cambian. El rumbo puede corregirse. Lo que un territorio no debería perder cada seis años es todo lo que ya aprendió para llegar hasta ahí. **
memoria puede ser tan importante como conseguir nuevos recursos.




