Dos años

Juan C. Gómez Aranda*

El domingo pasado, la presidenta Claudia Sheinbaum dirigió un mensaje a la nación para conmemorar el segundo aniversario de su triunfo electoral. Hizo un recuento de logros, particularmente en materia de seguridad, política social, economía y relación bilateral con Estados Unidos, colocando en el centro de su discurso la defensa firme de la soberanía nacional. Quizá sea también el inicio de una nueva etapa en la narrativa gubernamental: una que, apuesta por la unidad nacional, la confianza en la cooperación internacional y el fortalecimiento de las relaciones multilaterales, siempre bajo el principio del respeto a la autonomía de cada país.

El evento ocurre en un contexto complejo, aunque también en un momento de alta aprobación ciudadana. Diversas encuestas coinciden en que la mandataria ronda el 70 por ciento de respaldo popular, una cifra superior a la registrada por sus antecesores en los últimos sexenios. Este clima favorable responde, en buena medida, a los efectos de las políticas públicas orientadas al combate de la desigualdad social, pero también al avance de su estilo personal de gobernar en asuntos fundamentales como la seguridad, la diplomacia, la política energética, el combate a la corrupción y su inclinación por la búsqueda de consensos.

El país atraviesa una etapa de profundas definiciones económicas y políticas. México vive ya un ambiente preelectoral, mientras que en Estados Unidos se intensifican las tensiones derivadas de su próximo proceso de renovación legislativa. A ello se suma un intercambio de reproches y notas diplomáticas en torno a temas como el lavado de dinero, la migración y el tráfico de armas, personas y drogas.

La relación bilateral se tensó aún más por la inédita solicitud del gobierno estadounidense para detener, con fines de extradición, a una decena de funcionarios de Sinaloa, así como por la presencia —sin acreditación oficial— de agentes de aquel país en operativos de seguridad realizados en Chihuahua. Buena parte de la confrontación política y mediática interna gira hoy alrededor de las denuncias formuladas contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos.

Conviene recordar que México posee una larga tradición de ajustes de cuentas políticas y purgas internas. Durante décadas, el sistema político mexicano padeció el síndrome del uróboros: la serpiente mitológica que se devora a sí misma para renovarse, destruyéndose y recreándose al mismo tiempo. Ese mecanismo resultó eficaz durante buena parte del siglo XX. Entre otras razones, gracias a él, el PRI mantuvo la hegemonía del sistema de partido dominante durante casi ocho décadas. Sin embargo, la concentración excesiva de poder terminó debilitando los mecanismos de contrapeso, crítica y corrección. Los errores se acumularon hasta erosionar su fortaleza y reducirlo de maquinaria electoral casi invencible a una organización marginal.

En los últimos cincuenta años, más de dos decenas de gobernadores han sido separados de sus cargos por conflictos sociales, crisis políticas, episodios de violencia o actos de corrupción. En 1975, el gobernador de Sonora, Carlos Armando Biebrich, renunció en medio de la crisis política derivada del asesinato del líder

campesino Jacinto López. Posteriormente vendrían los casos de Guillermo Cosío Vidaurri, cuya salida ocurrió tras las explosiones registradas en el sistema de drenaje de Guadalajara en 1992, una de las mayores tragedias urbanas de la historia reciente del país. En 1996, Rubén Figueroa Alcocer renunció al gobierno de Guerrero en medio de la crisis provocada por la masacre de campesinos en Aguas Blancas. Más recientemente se registraron los casos de Javier Duarte, en Veracruz; Roberto Borge, en Quintana Roo; César Duarte, en Chihuahua; así como los exgobernadores de Tamaulipas, Tomás Yarrington y Eugenio Hernández.

La política es, por naturaleza, una actividad permanentemente expuesta a la crisis, al escrutinio y a la confrontación. También es el espacio donde se enfrentan los desafíos de resolver viejas y nuevas demandas ciudadanas con recursos que siempre resultan insuficientes. Cada vez son más quienes necesitan cubrirse, pero la cobija sigue siendo la misma.

Siempre vemos dos —de los varios— rostros de la política: el del servicio público orientado al bienestar colectivo y el de la disputa permanente por el poder. La historia demuestra que ninguna fuerza política es inmune al desgaste ni a sus propias contradicciones. También enseña que las instituciones se fortalecen cuando prevalecen los contrapesos, la rendición de cuentas, un clima de libertades y la capacidad de corregir errores antes de que éstos se conviertan en crisis mayores.

Chiapas honra la memoria del general colombiano José María Melo

El gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez, encabezó un homenaje al presidente indígena colombiano José María Melo y Ortiz, quien ofrendó su vida a la causa de la libertad al unirse a las fuerzas liberales de Benito Juárez y combatir en territorio chiapaneco junto al gobernador Ángel Albino Corzo, después de haber luchado también bajo las órdenes de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre.

El mandatario chiapaneco —admirador de Melo— afirmó que no descansarán hasta encontrar los restos del prócer para que puedan regresar a su patria. Mientras tanto, sostuvo que Chiapas y México tienen el deber de mantener viva la memoria de este héroe olvidado, símbolo de la lucha latinoamericana por la justicia, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos.

*Coordinador de Asesores del Gobernador de Chiapas y de Proyectos Estratégicos.

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