Razones

Avergonzados de la CDMX

Jorge Fernández Menéndez

No se siente en la ciudad de México el entusiasmo que cuentan las crónicas que se percibía ante el mundial de 1970, ni el que me tocó vivir y contar en la prensa en 1986. Y eso que en el 70 veníamos del trauma del movimiento del 68, aunque también de las exitosas olimpiadas de ese año. En 1986 era imposible olvidar que el mundial nos lo habían ofrecido dos años antes, ante la defección de Colombia, y que el país, apenas nueve meses atrás, había sufrido uno de los mayores terremotos de su historia, que dejó miles de muertos y una ciudad devastada.

Recuerdo muy bien el orgullo que fue ver cómo, con errores, avances y retrocesos se logró reconstruir la ciudad, recibir a turistas y delegaciones dignamente, en una ciudad limpia, y como se disputó un mundial ejemplar en su organización.

Eso, el orgullo por el evento y por la ciudad, es lo que hemos perdido. No es apatía ante el mundial: es una mezcla de lejanía, provocada por la voracidad de los organizadores con precios que hacen inalcanzable poder acudir a los estadios, y sobre todo vergüenza por una ciudad que no está preparada para recibir a los miles de turistas que llegaran a México.

Los capitalinos nos sentimos como cuando nos invitan a comer a una casa y la encontramos desordenada, sucia, con los platos sin lavar, las camas sin hacer, la comida sin preparar y los anfitriones a veces en otro lado. Es negligencia. Eso es lo que estamos viviendo en la ciudad de México (y que no viven nuestros amigos en Guadalajara o Monterrey, donde se han hecho mucho mejor las cosas y el entusiasmo de la gente es real).

Estamos avergonzados de recibir las visitas en una ciudad en donde, al llegar, se encontrarán un aeropuerto viejo, con obras sin terminar, con decisiones clientelares y absurdas, como no permitir o enviar a cientos de metros a los transportes de aplicación, en medio de un fuerte congestionamiento de tránsito que hace difícil recoger a los viajeros, salir del aeropuerto y llevarlos a sus destinos, en un entorno vecinal, además, inseguro.

En las calles, quienes lleguen a la ciudad se encontrarán un escenario como el que describía aquel tango cambalache, “donde se ha mezclado la vida y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón”. La ciudad está sucia, la basura no sólo se ve sino que obstruye los drenajes y como no ha sido desazolvada, las inundaciones son cosas de todos los día. Cruzar la ciudad, además de los congestionamientos, se convierte en un juego de agresiones visuales: el morado, contraindicado en cualquier señalamiento o decoración urbana, aparece en cualquier lugar y por cualquier razón, mezclado con enormes dibujos de los ajolotes que le gustan a la jefa de gobierno y que no simbolizan nada, sobre todo cuando están muriendo en su habitat natural en Xochimilco. Lo que se pinta de morado se vuelve a pintar de verde o amarillo, porque alguien les recordó que es ilegal utilizarlo en vialidades, pero persiste en puentes y cruces. Un caleidoscopio de insensatez.

Las obras prometidas, “apenas” hubo ocho años para hacerlas, aún las inauguradas, no están terminadas o se están terminando a como dé lugar. El sistema de transporte no se ha renovado, salvo una manutención de ornato que tiene su máxima expresión en los candiles porfirianos de la estación Hidalgo del metro. Se perdió la oportunidad de mejorar la movilidad de la ciudad. Llegar al estadio Azteca, renombrado Banorte y ahora ciudad de México por una FIFA que además ha montado una amplísima zona de exclusión en torno suyo, requerirá horas.

En el camino el gobierno se ha lanzado a una serie de regulaciones sobre rentas, comercio y movilidad (sobre todo con transportes de aplicación) que servirán para recuperar dinero con multas y sanciones, pero que al mismo tiempo son inaplicables. Una de las actividades expresamente prohibida por la FIFA es la piratería y ésta inunda las calles de toda la ciudad. Se prohibirá retrasmitir los juegos sin permisos especiales en restaurantes, fondas, espacios privados, a ver cómo hacen para garantizarlo. Será el festival de las mordidas.

Es verdad que quienes nos visiten tendrán la hospitalidad de la gente, la mejor del mundo; tendrán una ciudad que cuando es dejada en manos de los emprendedores privados (restauranteros, bares, músicos, artistas) vibra y es un hub gastronómico (y cada vez más artístico) internacional, y quienes no puedan ir al estadio, podrán disfrutar los juegos en muchos espacios adecuados para ello (habrá que ver si los Fan Fest realmente están en condiciones) donde tendrán un seguridad relativamente eficiente por la labor de la secretaría de seguridad local y la federal (y por la fuerte presencial militar).

Pero la ciudad en sí está en peores condiciones que nunca antes, y no deja de avergonzarnos. Hace unos años, aun con gobiernos de izquierda, la ciudad de México (con Cárdenas, con Rosario, incluso en la primera época de López Obrador, sobre todo con Ebrard y con Mancera) aspiraba a convertirse en una gran metrópolis, moderna, con buenas vialidades, con un gran aerpuerto internacional, con grandes espectáculos: Sheinbuam se vio limitada por las decisiones de retrógradas de López Obrador ya como presidente, ninguna tan insensata como la cancelación del aeropuerto de Texcoco.

Algunas cosas, en manos privadas (los conciertos por ejemplo), se conservan, pero hoy la ciudad no se ajolotizado como dicen, se ha iztapalizado, se ha empobrecido, deteriorado, está más sucia y sus servicios son peores y, para colmo, ante la impericia política, la amenaza del boicot de la CNTE sigue como una espada de Damocles sobre el mundial y todos nosotros.

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