Por la Conciencia

Los Chiapanecas: Destrucción y renacimiento sincrético

Dr. Roger Heli Díaz Guillén

El legado de los antiguos Chiapanecas es un testimonio de resistencia y resiliencia cuya cultura no pereció por completo frente a la conquista y la colonización; por el contrario, se transformó y renació a través de un profundo sincretismo fusionando su cosmovisión mesoamericana con las imposiciones europeas, forjando una identidad vibrante mestiza y profundamente viva que hoy caracteriza a México y Chiapas ante el mundo. La historia de los Chiapanecas está profundamente ligada al rio Grijalva y a la antigua Napiniaca, siendo su encuentro devastador con el mundo occidental en el siglo XVI que implicó una violenta reestructuración social, territorial y religiosa.

Las crónicas relatan la profunda destrucción de su autonomía y señoríos durante el proceso de conquista y colonización, donde los conquistadores no solo buscaron imponer un nuevo orden político y económico sino también desarraigar las antiguas creencias y tradiciones de los pueblos originarios. Sobresaliendo la narrativa de Fray Bartolomé de las Casas que documento en sus textos “Brevísima Historia de la Destrucción de las Indias (1552) y la “Historia de las Indias” (1561), las tácticas militares de los conquistadores, sus crímenes y las condiciones de opresión que sufrió este pueblo originario.

El centro ceremonial y la capital Chiapaneca conocida como Nandalumi o Napiniaca fueron destruidos. Los españoles y frailes de la orden de predicadores dominicos utilizaron los cimientos de estas estructuras prehispánicas para trazar nuevas villas y templos católicos como el templo de santo Domingo de Guzmán en Chiapa de corzo.

Aunque la destrucción de los edificios físicos se consumó, la destrucción no borró por completo su herencia cultural. La conquista material estuvo acompañada por una conquista espiritual de evangelización en la que los indígenas chiapanecas conservaron elementos de su cosmovisión, integrándolos sutilmente en el nuevo paisaje religioso católico, como la veneración a los cerros, las montañas y el rio Grijalva. Sin embargo, en este punto de quiebre histórico nació también un proceso de metamorfosis cultural. Los misioneros al intentar evangelizar congregaron a los indígenas en nuevos asentamientos como por ejemplo Chiapa de corzo, Chamula, Zinacantán.

Lejos de ser una simple imposición, las comunidades originarias reinterpretaron los símbolos traídos desde Europa fusionándolos con sus ritos ancestrales, mitologías y formas de entender el universo y la vida humana. Lo que se rescata de la cultura prehispánica fusionado con la cultura europea y religión católica son muchas expresiones culturales, iniciando con la laca que recupera el uso de materiales locales y pintura natural para diseñar jicalpestles que son accesorios de las Chiapanecas.

La tradicional “Topada de la flor” está profundamente ligada a la cosmovisión prehispánica de los chiapanecas a través del sincretismo religioso. Esta tradición de recolectar la flor de Niluyarilo en las montañas se relaciona con el pensamiento ancestral como una conexión solsticial, ya que se realiza esta tradición durante el solsticio de invierno, del 14 al 21 de diciembre, basado en el reconocimiento que para las cultura mesoamericanas esta fecha marcaba la “muerte” y el “nacimiento” del sol, como ciclo vital que en el mundo católico se representa con el nacimiento del niño Dios.

Se relaciona esta tradición con el paisaje sagrado mediante la recolección de flores, concebida la montaña y cerros en la cosmovisión chiapaneca al igual que la maya y zoque, como un lugar o espacio sagrado, el hogar de los dioses y el origen del agua y la vida. También se relaciona con la “dualidad” bajo el mito oral de la tradición que narra que el niño florero nació de la unión entre el sol y la luna sobre el agua, siendo esto un reflejo directo de la dualidad sagrada del universo presente en las religiones prehispánicas.

También se relaciona este sincretismo cultural con la cultura culinaria mesclando productos autóctonos como el frijol, el maíz, el chile, la calabaza con productos europeos para traducirlos en ricos manjares culinarios y; se relaciona con el Parachico que se acompaña de un accesorio de ixtle (maguey) denominado “montera”, de una sonaja o chinchin que es producto de un árbol endémico y nativo de la región denominado árbol de morro; así como de música de carrizo y tambor de piel en sus danzas y bailes, que por cierto, es patrimonio cultural inmaterial de la humanidad reconocido por la UNESCO.

Estas expresiones culturales proyectan un renacimiento sincrético que se manifiesta de forma palpable en el arte, la arquitectura, la gastronomía y festividades de cultura inmaterial como las antes citadas: En esta idea, el pueblo chiapaneco demuestra que su historia no se trata únicamente de una relativa perdida cultural, sino de una inagotable capacidad de adaptación y resiliencia, El sincretismo les permitió conservar el alma de sus ancestros y reinventarla en un contexto nuevo. Cada vez que resuena el tambor y el carrizo en la Fiesta Grande de Chiapa de Corzo se admira el colorido de textiles, la expresión y algarabía celebrando la victoria sobre la aniquilación y destrucción cultural.

Hoy esta herencia nos enseña que las identidades no son estáticas. El renacimiento sincrético de los Chiapanecas es prueba fehaciente de que incluso en los momento más difíciles y obscuros los pueblos originarios han tenido la fuerza para transformar su entorno y la destrucción en una nueva y renovada expresión cultural, buen vivir, convivencia, comunidad y paz.

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