Mundial y resistencias

Juan Pablo Zárate Izquierdo*

Este jueves 11 de junio a medio dia ya, el Estadio Ciudad de México (Estadio Azteca, pero así nombrado para este Mundial) abre sus puertas por tercera vez para recibir el pitazo inicial de la Copa del Mundo y el país entero está convocado a festejarlo. Difícil negarse al espectáculo. Difícil, también, ignorar lo que ocurre afuera.

Porque hay algo profundamente revelador en la imagen que ofrece la Ciudad de México estos días: mientras las autoridades ajustaron los últimos detalles logísticos y los turistas ya ocuparon hoteles y restaurantes… maestros, familias de personas desaparecidas, defensores, activistas y otros movimientos sociales aprovechan desde hace días la celebración del Mundial para visibilizar sus reclamos y presionar a las autoridades a que escuchen sus exigencias.

No es casualidad, ni tampoco novedad. Es una estrategia tan añeja como la propia lógica de un espectáculo masivo: cuando el mundo mira hacia un punto, quienes tienen algo que decir se plantan exactamente ahí.

La historia de los mundiales de fútbol está mezclada por esta tensión. Brasil 2014, Rusia 2018 y Qatar 2022 son recordados no solo por los triunfos en las canchas, sino también por las protestas y sus polémicas.

En Brasil, las protestas comenzaron incluso antes del torneo, durante la Copa Confederaciones de 2013: millones de personas salieron a las calles a señalar que el país estaba gastando miles de millones en estadios mientras el transporte público, la salud y la educación se caían a pedazos.

En Qatar, el escándalo fue la muerte de miles de trabajadores migrantes que construyeron los recintos bajo condiciones que varios organismos internacionales calificaron abiertamente de trabajo forzado. En Rusia, el grupo Pussy Riot irrumpió en la final para exigir la liberación de presos políticos. Cada sede, su propia herida expuesta ante las cámaras del mundo.

El politólogo Boaventura de Sousa Santos ha insistido, desde su teoría de las «epistemologías del sur», que los movimientos sociales deben apropiarse de los espacios que el poder utiliza para legitimarse. Desde ese punto de vista, lo que ocurre en las calles de la Ciudad de México estos días no resultó una amenaza al Mundial: es, en cierta forma, una contraparte del mismo espectáculo deportivo a celebrarse.

La inauguración de la Copa del Mundo coloca nuevamente a México bajo los reflectores del mundo. Y eso lo saben perfectamente quienes se han plantado en la capital del país. El líder de la CNTE fue contundente: el magisterio no está en contra del fútbol ni de la afición, pero considera que el Mundial se convirtió en un evento excluyente para la mayoría de sectores.

Los colectivos de familias buscadoras protestaron frente al Estadio Ciudad de México y colocaron fichas de búsqueda sobre la publicidad que mostraba a aficionados felices y futbolistas reconocidos. Es una imagen que incomoda sí, precisamente porque señalan que la problemática supera las 133 mil personas desaparecidas en el país. Ningún partido puede hacer olvidar eso. Ninguna ceremonia inaugural tampoco debería intentarlo.

La presidenta Claudia Sheinbaum señaló que el gobierno federal no responderá con represión las manifestaciones. Es una postura muy institucional, pero más allá del compromiso de no reprimir, lo que el momento exige es algo más comprometedora: una disposición real a escuchar o sostener un diálogo.

El magisterio disidente continúa (y continuará) exigiendo compromisos legislativos por escrito y un aumento salarial que el gobierno aún no ha garantizado. Los campesinos de Sinaloa, Sonora y otras entidades anunciaron movilizaciones en las tres sedes mundialistas porque tampoco tienen acuerdos concretos con el gobierno federal. La lista de agravios es larga, y el Mundial no la va a acortar.

La FIFA establece en sus acuerdos de sede que manifestaciones en zonas de estadios pueden generar sanciones a la Federación Mexicana de Fútbol y a México como organizador.

México tiene, en los próximos días, además de este día de inauguración del Mundial, una oportunidad poco común: ser observado con atención por el resto del mundo. Ojalá que esa mirada sirva no solo para mostrar la exuberancia cultural que promete la ceremonia inaugural, sino también para que el se logre la solución a toda demanda histórica.

El precedente histórico genera quizá cierto optimismo: Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Qatar 2022 enfrentaron sus problemas sociales antes del evento y lograron sacar adelante el torneo a pesar de esos obstáculos.

El fútbol, con toda su carga y su poder de convocatoria, suele terminar imponiéndose. El balón rueda, la gente festeja, y el mundo sigue su curso. Pero lo que ocurre en las calles no desaparece cuando termina el partido.

Hay algo que la historia enseña: los torneos se realizan. Las protestas ocurren, dejan marca, y el evento continúa. No porque las demandas sean inválidas, sino porque la magnitud del espectáculo tiene una inercia que ninguna movilización, por legítima que sea, logra detener completamente.

Mientras para el exterior se observará una justa mundialista, al interior se observará que el estadio se va a llenar y las calles se irán llenando también. Lo que el estadio no podrá contener, lo dirán las calles.

*Profesor Investigador en Ciencias Políticas de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas

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