Los Ídolos de Barro

Por: Juan Díaz González

Hay seres humanos admirables, que como políticos se enfocan en transformar vidas, en impulsar anhelos y en demostrar que la honestidad y el humanismo existen y puede practicarse para beneficio común. Pero no, hoy quiero escribir sobre algo que me llamó mucho la atención, al leer expresiones de un político que sin duda, busca una redención conveniente. 

Por eso me inspiro en escribir de otros políticos, de aquellas personas que entran a nuestras vidas como entran los buenos amigos, con la cabeza baja, con la voz mansa y con la mano extendida.

No es hipocresía, es estrategia, saben en sus ideas que el poder no se arrebata, se mendiga; por eso sonríen mucho al principio, escuchan con una paciencia que no les conocíamos, se sientan en cualquier banqueta, toman café en vaso de unicel, cargan niños que no son suyos y prometen con una humildad que conmueve. Necesitan que creamos en ellos, porque sin esa fe prestada no llegan a ningún lado. El disfraz les sirve perfecto, la piel de oveja abriga, acerca, desarma, nos hace pensar, «este sí es diferente» y entonces, los acuerpamos con nuestra simpatía, aprecio y hasta confianza. 

Cuando el cargo se vuelve silla, cuando la silla se vuelve trono y el trono se vuelve poder, ocurre la metamorfosis más antigua de la política; se quitan, sin prisa y sin culpa, la piel de oveja y se ponen la del lobo, y hay que recordar que el lobo no agradece, el lobo devora. 

De pronto el que pedía ayuda y consejo ya no escucha, el que prometió puertas abiertas levanta muros de personas que lo encumbran cada día. El que hablaba de pueblo con hechos, empieza a hablar de enemigos o peor aún, a fabricarlos sin darse cuenta. Los valores más nobles como el respeto, la gratitud, la lealtad, el honor y la memoria, les parecen estorbos sentimentales, por ello, los cambian por la persecución, el gusto al halago desmedido, el derroche humano y material emulando a reyes. Se dejan cegar, no por la oscuridad, sino por el brillo excesivo de sus propias ambiciones y por hacer del apellido su propia dinastía.

Es impredecible y a la vez totalmente predecible, el lobo siempre hace, lo que hace un lobo, cuida a la manada solo si la manada le sirve a él.

Gobiernan así, a veces seis años, a veces se perpetúan más en otra posición de poder, convencidos de que son indispensables, de que la historia no podría escribirse sin su capítulo de vida, sabedores de que como toda mentira que se repite mucho, puede llegar a sentirse verdad, la gente empieza a creerles. 

Los levantamos entonces a una altura que no les corresponde, los hacemos ídolos, lo que no advierten es que son Ídolos de Barro. Esa es la última y más triste transformación, porque el barro, aunque se pinte de oro, sigue siendo barro, se hace de la misma tierra que pisa el indígena o el campesino que olvidaron, se moldea con las mismas manos a las que ya no saludan, y se adora con propiedades maravillosas que nunca tuvo, como honestidad infinita, inteligencia, sentido común, bondad a prueba de poder y sobre todo, gratitud a quienes le ayudaron cuando más lo necesito.

Y un día se acaba el cargo, se apaga el reflector, se acaba el presupuesto, se acaba el aplauso comprado. El ídolo se queda solo, en un espacio vacío, con su nombre todavía en una placa que ya nadie lee o mejor dicho, a nadie le importa leer. 

Entonces sucede lo inevitable, se quiebra con la fragilidad que nunca reconoció tener; un escándalo, una auditoría, una traición de los mismos lobos que él crio, una enfermedad que el poder no puede curar como lo es el descredito y el olvido. Nos damos cuenta tarde, que nunca fue de bronce, siempre fue de barro, fue la gente, fuimos nosotros, con nuestra necesidad de creer, quienes le pusimos el pedestal tan alto.

Al final, el político que fue oveja y luego lobo, termina siendo una moraleja de la vida, de esa vida en donde muchos políticos al tratar de resurgir, vuelven a ponerse la piel de oveja y a mendigar una credibilidad equiparada al humo en el ambiente. 

Y la pregunta final, no sería ¿porque cambia él político?; la pregunta sería, ¿porque nosotros en una nueva era política, tendríamos que seguir adorando Ídolos de Barro?

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