Mario Caballero
SÍ, PASÓ A LA HISTORIA
Como muchas veces lo hice, el 12 de marzo de 2017 leí la columna del gran Germán Dehesa en Reforma. Ese día en particular, la tituló “¿Qué tal durmió? M (1000)”, pues se cumplía el día mil en que hacía un llamado a la justicia mexicana para actuar en contra del exgobernador del Estado de México, Arturo Montiel, acusado de múltiples actos de corrupción.
“Nadie responde, nadie contesta, nadie hace nada”, decía. “La justicia duerme. Esto ha ocurrido mil veces. En mil ocasiones hemos podido comprobar que a los señores que supuestamente administran la justicia les valemos madre. Mil veces”.
Bueno, nueve años después se puede preguntar lo mismo, pero no sobre el exgobernador priista, sino sobre otro expriista: Andrés Manuel López Obrador.
¿QUÉ TAL DUERME?
¿Qué tal duerme el expresidente? ¿Algún día enfrentará a la justicia mexicana por los presuntos casos de corrupción que se cometieron durante su sexenio y donde hasta sus hijos están embarrados?
Hasta hace pocos meses, a López Obrador me lo imaginaba durmiendo como un angelito. Despertando cada mañana en su rancho con el cantar de los pajarillos, acompañado de la madre naturaleza y un ejército de sirvientes que atienden todas sus necesidades mientras él dedica la mañana a leer, repasar la historia y escribir sus libros.
Saliendo por las tardes a recorrer sus extensas tierras, a disfrutar una puesta de sol en alguno de sus rincones favoritos de La Chingada. Tomándose un café con un amigo o un visitante de su antiguo gabinete para chismear lo que está pasando en México. Haciendo llamadas a sus monaguillos para dar instrucciones o a sus banqueros para conocer los saldos de las cuentas de sus hijos y testaferros. Viendo un partido de los Dodgers pensando en aquellos tiempos en que se ponía el jersey con la leyenda “México” en el pecho y se iba a batear por las tardes mientras el país ardía en violencia.
Finalmente, metiéndose en la cama para dormir, una vez más, tranquilísimo, sabedor que la construcción del segundo piso de la cuarta transformación va a pedir de boca.
Pero después de los escándalos de corrupción y enriquecimiento ilícito que involucra a los exfuncionarios de su círculo cercano, como Alfonso Romo (acusado de lavado de dinero), Mario Delgado (acusado por financiamiento ilícito, huachicol, calumnia electoral y omisiones administrativas), así como sus tres hijos mayores (José Ramón, Andy y Gonzalo), no creo que siga durmiendo tranquilo.
Menos todavía con el terremoto que significó para el Gobierno Federal y la 4T, las denuncias del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra el hoy gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, por presuntamente poner las instituciones del gobierno estatal al servicio del Cártel de Sinaloa.
¿Qué tal dormirá ahora López Obrador? Supongo que sufre pesadillas, tanto así que durante la gira de la presidente Claudia Sheinbaum por el municipio de Palenque en fechas recientes, el perímetro de La Chingada fue cubierto con mallas y lonas negras para bloquear por completo la visibilidad hacia el interior.
“El miedo no anda en burro”. AMLO por algo se está ocultando.
OPORTUNIDAD PERDIDA
Lamento mucho lo que ocurre ante esta situación. No por Andrés Manuel, ni por sus hijos y menos por sus exservidores públicos. Si la hicieron, que la paguen, y con todo el peso de la ley. Ya lo decía Germán Dehesa: “Sin un fundamento ético, un país no tiene por qué o para qué existir”.
Lo lamento por México. Pues si alguien tuvo la inigualable oportunidad de pasar a la historia como un buen y gran presidente fue López Obrador.
Cuando asumió el poder en 2018, venía de una larga lucha que al final del día le añadió mayor legitimidad a su gobierno. Tenía el respaldo ciudadano para emprender cualquier acción, política pública, estrategia de seguridad o programa social.
Sin embargo, en los seis años de su administración se dedicó a destruir los que en los cuatro sexenios anteriores se construyó bien: estructuras e instituciones que generaban modernidad política, contrapesos y equilibrios al poder, fiscalización eficiente de los recursos públicos y un sistema democrático confiable.
Uno. Lo primero que destruyó fue el NAIM, el megaproyecto de infraestructura aeroportuaria iniciado en 2015 en el lecho del antiguo lago de Texcoco, que de acuerdo con estimaciones iba a generar un 4% del Producto Interno Bruto por sí solo, además de 400 mil empleos directos, grandes sumas en impuestos que lo convertirían en el décimo mayor contribuyente del país y su edificación iba a pagarse con la Tarifa de Uso Aeroportuario (TUA), es decir, lo iban a pagar los pasajeros y los que usaran sus instalaciones.
Dos. La Secretaría de Hacienda y Crédito Público reportó al 31 de diciembre de 2018 un total de 878 mil 717.6 millones de pesos disponibles en los 335 fideicomisos, mandatos y contratos análogos. ¿Sabe cuánto hay ahora? Menos de la mitad, y no se sabe a dónde fue a parar todo ese dinero.
Tres. Durante el sexenio de AMLO, el país experimentó una inflación acumulada cercana al 33 por ciento, la cifra más alta para un periodo similar desde el mandato de Ernesto Zedillo.
Cuatro. Encontró un T-MEC renovado y el nearshoring estaba listo para beneficiarse del comercio entre los países de Norteamérica y explotar la guerra arancelaria entre China y Estados Unidos, pero las políticas impulsadas por su gobierno, más las reformas legislativas, en especial en el sector energético, fueron vistas por EE.UU. y Canadá como violatorias de las reglas del acuerdo. Total, muchos proyectos en este sector se frenaron y se estancó la economía.
Y hablando de economía. En los 36 años del llamado periodo neoliberal (1983-2018), el crecimiento promedio anual del PIB fue de 2.3 por ciento, y en los seis años de AMLO, quien aseguraba que el país crecería por lo menos cuatro por ciento cada año hasta llegar a seis en 2024, apenas logró un crecimiento mediocre de 0.8%. Ese fue el punto cinco.
Seis. En los últimos cien años, y hasta el 2018, el monto de la deuda pública acumulada llegó a los 9 billones de pesos. Al terminar el sexenio de Andrés Manuel alcanzó los 17.5 billones. Creció casi el doble en tan solo seis años. Y eso que afirmaba nunca solicitar un solo peso de préstamo.
Siete. Acabó con programas funcionales, consolidados y que resolvían problemas, como el Seguro Popular, Procampo, Pronabes, Estancias Infantiles y las Escuelas de tiempo completo. Hoy, ni siquiera se ha podido resolver el tema de la falta de medicamentos en los hospitales públicos.
SU PASE A LA HISTORIA
No se malinterprete. Con esto no digo que el PRI y el PAN hayan sido mejores que Morena y que sus gobiernos dejaron grandes resultados. Para nada.
Empero, López Obrador tuvo en sus manos un gobierno con toda la maquinaria aceitada, entregando frutos de gobernabilidad. Había problemas, por supuesto, pero a él sólo le correspondía atenderlos, mejorar lo perfectible y ampliar lo que funcionaba bien.
Por el contrario, se dedicó a realizar obras inútiles que terminaron por ser barriles sin fondo, como el Aeropuerto Felipe Ángeles, el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas.
Para mayor inri, su gobierno y el de su sucesora están señalados por tener vínculos con el crimen organizado.
Sí, AMLO pasó a la historia, pero como el presidente que destrozó un país que se arreglaba solo.
yomariocaballero@gmail.com




