En el Cruce del Camino

Estados Unidos le puso un freno a Trump

Por Luis Fernando Castellanos Cal y Mayor

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Donald Trump les pidió a los estadounidenses que votaran como si su nombre estuviera en la boleta. Lo hicieron. El problema es que muchos terminaron votando en su contra. Las elecciones intermedias del martes dejaron a los demócratas con el control de ambas cámaras del Congreso y al presidente frente a una realidad que parecía lejana cuando regresó a la Casa Blanca: los próximos dos años tendrá que gobernar con una oposición capaz de ponerle límites.

La derrota republicana fue mucho más profunda de lo que anticipaban las encuestas. Los demócratas avanzaron en territorios donde Trump había ganado cómodamente en 2024. Pero conviene preguntarse qué fue exactamente lo que ocurrió. ¿Estados Unidos volvió a confiar en los demócratas o simplemente comenzó a desconfiar de Trump? Porque detrás de los resultados hay un electorado que sigue molesto con la política, con sus representantes y, particularmente, con una economía que no termina de aliviar sus preocupaciones.

Siete de cada diez votantes querían un Congreso que ejerciera mayores contrapesos sobre el Ejecutivo. Cerca de dos tercios responsabilizaron al presidente por los precios elevados. El costo de vida, que tanto contribuyó al regreso de Trump al poder, terminó convirtiéndose en uno de sus principales adversarios.

Hay algo que los políticos suelen olvidar cuando se acostumbran a escuchar sus propios discursos. La gente puede entusiasmarse con una promesa, identificarse con un liderazgo e incluso tolerar decisiones que no comparte. Pero cuando llega al supermercado y descubre que el dinero vuelve a ser insuficiente, comienza a revisar sus lealtades. Trump prometió prosperidad y terminó enfrentando una economía presionada por los aranceles, la guerra con Irán y el encarecimiento de la energía. Sus explicaciones no alcanzaron para convencer a quienes esperaban resultados.

El comportamiento de los jóvenes y los latinos merece especial atención. Seis de cada diez votantes hispanos y alrededor del setenta por ciento de los menores de treinta años respaldaron a los demócratas. Trump había conseguido acercarse a esos sectores durante su campaña presidencial, particularmente entre comunidades que tradicionalmente votaban por la izquierda estadounidense. Dos años después, buena parte de ese capital político parece haberse evaporado.

También habría que preguntarse cuánto influyó el endurecimiento de la política migratoria. Durante años, los republicanos intentaron convencer a los latinos de que sus preocupaciones eran las mismas que las del resto del electorado. En muchos aspectos tenían razón. Pero existe una distancia considerable entre exigir orden migratorio y convertir a comunidades enteras en destinatarias de una retórica permanente de sospecha.

Y precisamente ahí aparecen dos resultados que desde México debemos observar con especial interés.

Xavier Becerra, hijo de inmigrantes mexicanos, ganó la gubernatura de California. En Texas, Gina Hinojosa, también de raíces mexicanas, derrotó a Greg Abbott y se convirtió en la primera mujer latina en gobernar ese estado. A ello se suma la victoria de James Talarico, quien consiguió para los demócratas un escaño texano en el Senado después de casi cuatro décadas.

Lo ocurrido en Texas merece una reflexión aparte. Estamos hablando de uno de los principales bastiones republicanos, de un estado donde el conservadurismo parecía formar parte de la identidad política de generaciones enteras. Que ese dominio haya cedido revela un desgaste que difícilmente puede explicarse únicamente por una mala campaña.

California y Texas comparten además una relación histórica, económica y humana con México. Millones de familias, empresas y comunidades han construido su vida alrededor de una frontera que la política utiliza para dividir, aunque la realidad se empeñe en conectarla. Que ambos estados hayan elegido gobernantes de ascendencia mexicana tiene un enorme significado. Desde luego, sus orígenes no garantizan decisiones favorables a nuestro país, pero sus victorias dicen mucho sobre una sociedad que sigue transformándose.

Los demócratas conquistaron también gubernaturas en Georgia, Iowa y Ohio, y llegarán a 2027 con el control de al menos veintisiete estados. Es una victoria extraordinaria, aunque sería un error confundirla con un mandato permanente. Muchos ciudadanos votaron para castigar al gobierno, no necesariamente porque hayan recuperado la confianza en la oposición.

Esa distinción será fundamental. El nuevo Congreso podrá investigar a la administración, bloquear nombramientos y condicionar buena parte de la agenda presidencial. Sin embargo, ejercer el contrapeso también implica asumir responsabilidades. Los demócratas tendrán que demostrar que saben hacer algo más que oponerse a Trump. De lo contrario, el mismo descontento que hoy los favorece podría terminar alcanzándolos.

Tampoco conviene dar políticamente por terminado al presidente. Trump conserva el veto, una base electoral considerable y una capacidad extraordinaria para dominar la conversación pública. Su partido recibió un golpe severo, pero él seguirá en la Casa Blanca hasta enero de 2029. Habrá que ver si entiende el mensaje o si convierte cada desacuerdo legislativo en otra batalla contra sus adversarios.

Por lo pronto, reconoció los resultados, felicitó a los demócratas y manifestó su disposición a trabajar con ellos. Después de lo ocurrido en 2020, ese gesto merece atención. Resulta inquietante, sin embargo, que aceptar una derrota electoral tenga que celebrarse como una señal extraordinaria de responsabilidad democrática.

La mirada comienza a desplazarse hacia 2028. Los republicanos deberán resolver qué futuro les espera después de Trump y los demócratas tendrán que construir una alternativa que no dependa exclusivamente del rechazo al presidente. Ambos enfrentan una sociedad cansada de la confrontación, pero todavía profundamente dividida.

Me quedo con una reflexión. Estados Unidos eligió a Trump en 2024 porque una mayoría creyó que podía corregir el rumbo del país. Dos años después, una parte importante de ese mismo electorado decidió que también era necesario corregirlo a él. Hay una enorme diferencia entre ambas decisiones, pero las dos expresan algo esencial: la confianza de los ciudadanos nunca debería entenderse como una renuncia a vigilar a quienes gobiernan.

Trump seguirá ocupando el Despacho Oval, firmando decretos y ejerciendo las facultades que le otorga la Constitución. Lo que perdió el martes fue la posibilidad de confundir su victoria presidencial con una autorización para gobernar sin contrapesos.

El pueblo estadounidense le abrió nuevamente las puertas del poder hace dos años. Ahora le ha recordado que también sabe ponerle límites. Y será precisamente frente a esos límites donde Donald Trump tendrá que decidir qué clase de presidente quiere ser en el último tramo de su mandato. Ahí vuelve a encontrarse, inevitablemente, en el cruce del camino.

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