Francia, ¿Qué te está pasando?
Por Fernando Castellanos Cal y Mayor
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Francia me encanta. Quizá por eso me dolió más verla así.
No fue sólo París. Fue Marsella, Lyon, Burdeos, Limoges y varias ciudades más. Cientos de miles de personas salieron a las calles y, aunque la mayoría lo hizo para protestar, una minoría terminó imponiéndose en las imágenes del fin de semana: incendios, saqueos, edificios públicos atacados y policías rebasados durante horas.
La imagen que más se me quedó fue la del ayuntamiento de Limoges ardiendo. Un edificio del siglo XIX, parte de la memoria de la ciudad, terminó seriamente dañado por el fuego. No era una tienda de lujo ni la sede de un banco. Era la casa pública de una ciudad francesa. Y eso, inevitablemente, cambia la manera de mirar lo ocurrido.
Por eso me parece demasiado cómodo decir que “los franceses siempre protestan”. Claro que protestan. Han hecho de la calle una extensión de la política durante generaciones. Pero una cosa es marchar, bloquear una carretera o poner contra las cuerdas a un gobierno, y otra ver cómo el enojo alcanza aquello que, en teoría, pertenece a todos.
Me fui entonces a revisar quiénes estaban realmente en las calles. Había estudiantes inconformes con las condiciones de sus escuelas, trabajadores, sindicatos, universitarios, jubilados, antiguos chalecos amarillos y gente golpeada por el costo de vida. El gobierno calculó alrededor de 550 mil manifestantes; los organizadores hablaron de cerca de 800 mil.
No estamos hablando, entonces, de una pandilla de provocadores.
Pero también estaban los otros: grupos pequeños, móviles y violentos. Algunos con una agenda radical; otros, simplemente, aprovechando el desorden para saquear. En Marsella irrumpieron en el ayuntamiento. En Lyon ardió la oficina de turismo. En París, algunos grupos consiguieron acercarse al entorno del Elíseo. En varios puntos del país, las fuerzas de seguridad tuvieron serias dificultades para contenerlos.
La mayoría de quienes salió a protestar no incendió nada. Esa precisión importa. Pero tampoco puede minimizarse una jornada que terminó con alrededor de 1,800 detenidos, cientos de policías, gendarmes y bomberos heridos, comercios dañados y pérdidas millonarias.
Hubo otra cosa que me llamó mucho la atención: las banderas.
Vi muchas palestinas, símbolos antifascistas y emblemas de otras causas. Banderas francesas también había, por supuesto, pero en muchas imágenes eran pocas. Para una movilización nacional de semejante tamaño, en Francia, resultaba extraño tener que buscar la tricolor entre tantos otros símbolos.
Eso no convierte a quien porta una bandera palestina en extranjero. Un francés puede defender la causa palestina, tener padres argelinos, ser musulmán o llamarse Mohamed y seguir siendo tan francés como cualquiera. Sería una tontería intentar adivinar ciudadanía, origen o pertenencia mirando una fotografía.
Pero mi inquietud no desapareció. Cambió de lugar.
La pregunta dejó de ser quién estaba protestando y pasó a ser otra: ¿qué tienen todavía en común quienes están protestando?
Porque en las mismas calles coincidieron jóvenes reclamando mejores escuelas, trabajadores preocupados por llegar a fin de mes, sindicatos, activistas por Gaza, radicales de izquierda, ciudadanos hartos de Macron y delincuentes aprovechando el caos. Francia logró reunirlos físicamente. Lo que no tengo tan claro es si hoy existe algo capaz de reunirlos políticamente.
Ahí aparece una palabra incómoda: decadencia.
No la uso como sinónimo de inmigración, ni como nostalgia por una Francia homogénea que hace mucho dejó de existir. Hablo de decadencia cuando un país empieza a perder varias cosas al mismo tiempo: calidad en sus servicios, capacidad para financiar lo que promete, autoridad en las calles y confianza suficiente para que sus ciudadanos sigan sintiendo que forman parte de un mismo proyecto.
Y duele especialmente porque Francia sigue teniendo casi todo para ser una gran potencia. Tiene instituciones, cultura, universidades, empresas globales, ejército, diplomacia y una historia política que pocos países pueden presumir. Precisamente por eso preocupa verla atrapada entre un Estado de bienestar costosísimo, unas finanzas públicas cada vez más apretadas y ciudadanos que sienten que pagan mucho mientras reciben menos.
Esa combinación empieza a ser muy peligrosa.
Este domingo por la noche habló Emmanuel Macron. Y lo hizo con un tono mucho más duro. Condenó los saqueos, los incendios y los ataques contra edificios públicos, y reconoció que habrá que revisar qué falló en materia de inteligencia y preparación policial. También anunció mayores facultades para impedir concentraciones cuando exista un riesgo serio de violencia.
Hasta ahí, autoridad.
Pero Macron hizo algo más importante: anunció que convocará a estudiantes, maestros, sindicatos, empresarios y representantes políticos para buscar respuestas concretas al malestar que llevó a cientos de miles de personas a las calles.
Ahí hay una lectura que me parece correcta.
Francia tiene hoy dos problemas encima de la misma mesa. Uno exige policía, justicia y autoridad. El otro exige política. No se puede responder de la misma manera al estudiante que reclama mejores escuelas y al encapuchado que incendia un ayuntamiento.
La operación tendrá que ser muy fina.
Macron entra, además, en los últimos meses de su presidencia. No puede volver a competir en 2027 y el centro político que construyó hace una década está presionado desde ambos lados. Marine Le Pen y el Rassemblement National llevan años hablando de autoridad, inmigración e identidad. Jean-Luc Mélenchon y la izquierda radical explican buena parte de la crisis desde la desigualdad, el deterioro de los servicios y el rechazo al modelo económico de Macron.
Lo interesante es que ambos miran las mismas calles y encuentran confirmación de cosas completamente distintas.
Durante estos días también me sorprendió leer comentarios de franceses preguntándose si su país necesita políticas migratorias más duras. Algunos incluso comparaban lo que debería hacerse con ICE, la agencia estadounidense encargada de detener y deportar a personas que se encuentran sin estatus migratorio legal.
No convertiría comentarios de internet en una encuesta nacional. Sería tramposo.
Pero llevo demasiados años observando política como para ignorar una señal de ese tipo: primero cambia aquello que una sociedad está dispuesta a discutir; después puede cambiar aquello que está dispuesta a votar.
Macron no puede perder de vista ese desplazamiento. Si convierte a cientos de miles de manifestantes en delincuentes, profundizará la fractura. Si permite que quienes saquean, incendian o atacan se escondan detrás de una protesta legítima, dejará el tema del orden en manos de quienes llevan años diciendo que el Estado perdió el control.
Tiene que escuchar y mandar. Las dos cosas.
Y hay una tarea todavía más delicada: Francia necesita volver a hablar de Francia.
Durante demasiado tiempo, una parte del centro europeo pareció sentirse incómoda con palabras como patria, frontera, identidad, autoridad o pertenencia, como si pronunciarlas significara automáticamente pertenecer a la extrema derecha. Ese espacio no quedó vacío. Alguien lo ocupó.
Francia puede ser diversa y seguir siendo Francia. Puede tener ciudadanos musulmanes, judíos, católicos, ateos, hijos de inmigrantes o descendientes de familias francesas desde hace siglos. Pero una República también necesita algo que esté por encima de todas esas diferencias: una ley común, una ciudadanía común y una idea compartida de pertenencia.
Quizá por eso me inquietaron tanto las banderas de estos días.
El problema no es que haya muchas palestinas.
El problema sería que cada vez haya menos franceses capaces de encontrarse bajo la suya.
Francia necesita renacer. Tiene todas las capacidades para hacerlo y, precisamente por eso, la operación deberá ser fina, pulcra y profundamente francesa. No necesita encerrarse ni convertirse en un país intolerante. Necesita recuperar autoridad sin perder libertad, integrar sin diluirse y reformar un Estado que ya no puede seguir prometiendo como si sus recursos fueran infinitos.
Quienes vemos la grandeza de Francia no queremos verla asustada ni replegada sobre sí misma. Queremos verla otra vez segura de lo que es, orgullosa de su República y capaz de convertir sus diferencias en fortaleza, no en trincheras.
Los escaparates volverán a tener vidrio. Limoges será reconstruido. Las calles dejarán de oler a humo.
Lo verdaderamente difícil será reconstruir ese hilo invisible que hace que millones de personas distintas puedan seguir diciendo “nosotros” cuando hablan de su país.
Francia tiene con qué hacerlo.
Y quienes alguna vez nos enamoramos de su grandeza queremos volver a verla resurgir.
Ahí está hoy su verdadero cruce del camino.




