El Tiempo También Es Capital

J. EDUARDO RENAS PINEDA

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Esperar tiene un costo que rara vez aparece en los presupuestos. Mientras un territorio aplaza una decisión necesaria, otros utilizan ese mismo tiempo para acumular infraestructura, conocimiento, empresas, mercados y ventajas que después será mucho más difícil alcanzar.

Séptima Ley del Liderazgo Estratégico Territorial

Un territorio que permanece inmóvil no conserva su posición. Retrocede frente a quienes continúan avanzando.

Cuando hablamos de desarrollo casi siempre pensamos en dinero.

¿Cuánto cuesta?

¿Cuánto tenemos?

¿Cuánto necesitamos conseguir?

¿Cuánto podemos invertir?

Son preguntas indispensables.

Pero existe otro recurso mucho más severo que el dinero.

El tiempo.

El dinero perdido puede recuperarse.

Puede conseguirse nuevo financiamiento.

Puede aumentar la recaudación.

Puede llegar inversión.

Puede aparecer un nuevo socio.

El tiempo funciona de otra manera.

Un año perdido no puede comprarse después.

Y aquí aparece algo todavía más importante.

Mientras nosotros perdemos ese año, los demás también disponen de él.

Una región construye infraestructura.

Otra capacita trabajadores.

Otra atrae empresas.

Otra mejora sus universidades.

Otra desarrolla proveedores.

Otra abre mercados.

Otra incorpora tecnología.

Otra fortalece sus instituciones.

Cuando finalmente decidimos comenzar, descubrimos que el punto de partida ya cambió.

Nosotros no estamos donde estábamos.

Y nuestros competidores tampoco.

Ellos llevan varios años acumulando ventaja.

Por eso esperar no significa permanecer en el mismo lugar.

En un mundo que se mueve, esperar también significa retroceder.

Pensemos en algo muy sencillo.

Dos territorios descubren al mismo tiempo que necesitan mejorar su infraestructura energética para atraer industria.

El primero toma la decisión, consigue recursos y comienza.

El segundo analiza.

Discute.

Cambia autoridades.

Vuelve a estudiar.

Encarga otro diagnóstico.

Después decide que el proyecto debe revisarse nuevamente.

Diez años más tarde, ambos pueden construir exactamente la misma infraestructura.

Pero ya no realizaron la misma inversión.

El primero tuvo diez años para atraer empresas, desarrollar proveedores, formar trabajadores, generar impuestos, aprender y reinvertir.

El segundo apenas acaba de colocar la primera piedra.

La diferencia entre ambos no son solamente diez años.

Es todo lo que uno consiguió acumular durante esos diez años.

Ahí está el verdadero costo de llegar tarde.

El costo de una decisión tardía no es solamente el tiempo perdido. Es todo lo que otros lograron acumular mientras nosotros esperábamos.

Esta idea cambia profundamente la manera de evaluar las decisiones públicas y privadas.

Normalmente calculamos cuánto costará hacer algo.

Muy pocas veces calculamos cuánto costará no hacerlo todavía.

¿Cuánto cuesta postergar una carretera?

No solamente aumenta el precio de construcción.

Durante esos años continúan los costos logísticos que esa carretera habría reducido.

¿Cuánto cuesta retrasar una nueva infraestructura eléctrica?

No solamente la inflación del proyecto.

También las empresas que decidieron instalarse en otro lugar porque nosotros todavía no teníamos energía suficiente.

¿Cuánto cuesta aplazar la formación de técnicos?

No solamente los salarios que dejaron de ganar.

También las inversiones que nunca llegaron porque no encontraron el talento necesario.

¿Cuánto cuesta no transformar nuestras materias primas?

Cada año que exportamos productos sin agregarles valor es otro año en que empleos, utilidades, conocimiento e impuestos se generan en algún otro territorio.

Entonces aparece una dimensión del desarrollo que pocas veces medimos:

el costo de oportunidad territorial.

No es únicamente lo que perdemos.

Es aquello que pudimos haber construido y dejamos que otro construyera primero.

Y aquí Chiapas tiene razones suficientes para hacerse preguntas incómodas.

Tenemos frontera.

Tenemos agua.

Tenemos tierra.

Tenemos biodiversidad.

Tenemos producción agropecuaria.

Tenemos Puerto Chiapas.

Tenemos posición geográfica.

Tenemos conexión natural con Centroamérica y cercanía con los grandes mercados de Norteamérica.

Muchas de esas ventajas existen desde hace décadas.

La pregunta ya no debería ser solamente qué tenemos.

Deberíamos preguntarnos:

¿Cuánto tiempo llevamos sabiendo lo que tenemos sin convertirlo plenamente en capacidades productivas?

Porque también existe una fecha de caducidad para algunas oportunidades.

Una posición geográfica puede ser extraordinaria.

Pero si otro corredor logístico se consolida primero, la mercancía aprenderá a circular por allá.

Un puerto puede tener enorme potencial.

Pero si las cadenas productivas y comerciales se organizan alrededor de otros puertos, recuperarlas después será mucho más difícil.

Una región puede tener condiciones excepcionales para determinada industria.

Pero si otra desarrolla primero proveedores, técnicos, financiamiento y mercados, habrá construido un ecosistema que no se desplaza simplemente ofreciendo un terreno más barato.

El desarrollo produce una especie de interés compuesto.

Una capacidad genera otra.

Una empresa forma trabajadores.

Esos trabajadores acumulan conocimiento.

Ese conocimiento atrae nuevas empresas.

Las nuevas empresas desarrollan proveedores.

Los proveedores generan especialización.

La especialización aumenta productividad.

Y la productividad vuelve más atractivo al territorio.

El tiempo comienza entonces a trabajar a favor.

Pero también puede hacerlo en contra.

Quien empieza tarde no necesita únicamente alcanzar el punto donde están los demás.

Necesita alcanzar un objetivo que continúa alejándose mientras intenta llegar.

Por eso el liderazgo estratégico no consiste solamente en tomar decisiones correctas.

También consiste en tomarlas a tiempo.

Una decisión magnífica tomada veinte años tarde puede terminar siendo apenas una corrección del rezago.

Y una decisión suficientemente buena tomada en el momento correcto puede desencadenar décadas de acumulación.

Eso no significa actuar con precipitación.

La prisa también destruye valor.

Hay que estudiar.

Evaluar.

Comparar alternativas.

Medir riesgos.

Pero llega un momento en que seguir estudiando deja de reducir incertidumbre y comienza a consumir oportunidad.

Reconocer ese momento también es liderazgo.

Quizá debamos incorporar una nueva pregunta cada vez que evaluemos un proyecto estratégico.

Además de preguntar:

¿Cuánto cuesta hacerlo?

Preguntemos también:

¿Cuánto nos costará esperar otros cinco años?

La respuesta puede cambiar completamente la decisión.

Porque el futuro no espera a que terminemos de discutirlo.

Mientras nosotros decidimos qué hacer con nuestras oportunidades, alguien más ya está construyendo las suyas.

El dinero puede recuperarse. El tiempo perdido no; y la ventaja que otros construyeron durante ese tiempo tampoco desaparece cuando finalmente decidimos actuar.

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