Editorial

EZLN pierde notoriedad, su retórica ha caído

La reciente conclusión del encuentro internacional convocado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), bajo el lema “Semillero Guerra contra la Humanidad, las poblaciones y la naturaleza bajo asedio”, no constituye un simple balance político de coyuntura; representa un llamado urgente de atención ante la descomposición sistémica que atraviesa México y el mundo. En un contexto donde la violencia estructural, el despojo territorial y la crisis ambiental parecen normalizarse como costos inevitables del «progreso», el movimiento zapatista insiste en visibilizar aquello que las narrativas oficiales intentan sepultar.

Su encuentro distó mucho de aquella época en que tan sólo nombrar el EZLN, las miradas del mundo se enfocaban en Chiapas. Hoy a más de tres décadas del resurgimiento del grupo armado zapatista, que decir armado ya es mucho, su presencia está ahí, latente, pero sin el foco de atención que tenía cuando “destrozaba” políticos y a la política.

Durante la semana pasada, desde el municipio que le dio visibilidad ante el mundo, San Cristóbal de Las Casas, se habló de la vorágine de la violencia y la destrucción ecológica que está acabando al globo terráqueo; la apuesta por la organización colectiva y comunitaria no es una postura nostálgica, sino una estrategia de supervivencia política.

Como bien señalaron las bases de apoyo del EZLN, la defensa del territorio y de los derechos humanos no puede disociarse de la construcción de alternativas autónomas de vida, justicia y democracia desde abajo.

Uno de los gestos más significativos y urgentes de este encuentro fue el respaldo explícito a las madres buscadoras. En un país fracturado por la tragedia de las desapariciones forzadas, donde los familiares de las víctimas cargan frecuentemente con la omisión institucional y el peligro constante, la solidaridad articulada por figuras centrales del movimiento —como el comandante Moisés y el Capitán Marcos— teje puentes indispensables entre la lucha histórica de los pueblos originarios y el dolor cotidiano de miles de familias mexicanas.

El respaldo a las madres buscadoras no sólo es un gesto político, sino un reconocimiento a uno de los movimientos más dolorosos y dignos que existen actualmente en el país. Sin embargo, una causa justa no exime a nadie del escrutinio crítico.

Cierto es que su apoyo no hizo eco en Palacio Nacional, donde desde la mañanera se ha negado una y diez veces más, recibir a los grupos mediáticos que recorren el país y que con sus “descubrimientos” han puesto en jaque la política de seguridad que prevalece en el país.

El EZLN parece atrapado en una paradoja. Conserva una enorme fuerza simbólica, pero ha perdido capacidad de incidencia nacional. Sus encuentros internacionales convocan a sectores afines, generan reflexiones y producen manifiestos, pero rara vez alteran el rumbo de las decisiones públicas o de los conflictos que denuncian. El zapatismo habla del poder, pero desde hace años parece haber renunciado a disputar los espacios donde ese poder se ejerce.

Durante seis días reunió a activistas, organizaciones y representantes de 31 países para debatir sobre desapariciones, medio ambiente, violencia y derechos humanos. Al cierre del encuentro internacional “Semillero Guerra contra la Humanidad”, el movimiento reafirmó su propuesta de “El Común” como alternativa frente al sistema capitalista.

Resulta difícil negar la legitimidad de algunas de las causas que el zapatismo colocó sobre la mesa. La crisis de desapariciones en México, el deterioro ambiental, la presión sobre los territorios indígenas y la violencia estructural son problemas reales y profundos.

Con el anuncio de una nueva cita internacional para el próximo mes de agosto, el EZLN reafirma su vocación de convertirse en un faro de resistencia transnacional. La tarea pendiente para la sociedad civil y las comunidades organizadas no es menor: escuchar con atención estas advertencias y asumir que la defensa de los territorios, de la naturaleza y de la vida humana es una responsabilidad colectiva que no admite más aplazamientos.

Seguramente volverán las mesas de análisis, las críticas al sistema y las convocatorias internacionales. Pero el verdadero reto del zapatismo no es organizar otro foro, sino responder a una pregunta que cada vez resuena con mayor fuerza: ¿sigue siendo un actor capaz de transformar la realidad o se ha convertido, principalmente, en un guardián de su propio mito, de su retórica?

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