EDITORIAL

Entre la lectura y la Inteligencia Artificial

Ahora que está de moda plantear que en las aulas debe incluirse de manera obligatoria el aprendizaje sobre inteligencia artificial, muchos sectores productivos ya utilizan las herramientas que ofrece la tecnología, dejando la mano de obra de hombres y mujeres relegada a segundo término y provocando que el desempleo crezca.

Además, la tecnología está debilitando la intención primordial de pensar y producir, generando generaciones ociosas y sin iniciativa. Al dejar de leer, se apaga uno de los motores fundamentales del desarrollo y de la imaginación: la lectura. Esto limita el conocimiento y reduce la posibilidad de concretar estudios en materias o ciencias más complejas.

Estudios recientes revelan que la desaparición progresiva de la lectura en todos los niveles educativos es una realidad que afecta seriamente el desarrollo social, cultural y económico de una nación.

Si este fenómeno se analiza desde el ámbito político, incluso podría beneficiar a algunos gobiernos, pues administran sus políticas sin demasiada presión social, dado que la población se vuelve conformista. Ya lo decía, palabras más, palabras menos, el expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador: entre más analfabeta sea la sociedad, más fácil resulta dominarla para los intereses de quienes ostentan el poder.

Incluso en los medios de comunicación se observa el fenómeno de las redes sociales: se utilizan para dar celeridad a información que muchas veces se “captura” de otras fuentes. La cultura de la lectura está colapsando en perjuicio del desarrollo intelectual y profesional.

Especialistas aseguran que la desaparición de la lectura parece irreversible, pues ya no existe tiempo para leer, debido a que es una destreza que requiere paciencia y dedicación, dos elementos cada vez más escasos.

Hay mucha razón en ello, porque ahora la inteligencia artificial y la tecnología satisfacen al instante cualquier consulta, pero rara vez estimulan la comprensión real ni el aprendizaje lento y profundo. Lo que se desea saber se obtiene con solo pulsar un botón en un teléfono celular o en una computadora portátil o de escritorio.

Hoy, una computadora prácticamente piensa por todos, reduce el esfuerzo y contribuye al marasmo social. Muchos estudiantes universitarios utilizan herramientas tecnológicas para entregar tareas y trabajos académicos; sin embargo, en la mayoría de los casos presentan textos casi idénticos a los contenidos de las plataformas de donde extrajeron la información.

Diversos estudios lo comprueban: cada vez hay menos investigación y menor esfuerzo por innovar. El conformismo ha ganado terreno frente a la iniciativa, y eso afecta en gran medida la productividad de un país en desarrollo.

También se ha perdido la esencia de las reuniones sociales. La convivencia ha pasado a segundo término y los encuentros suelen estar rodeados de personas con el teléfono en la mano, absortas en conversaciones digitales y alejadas de la realidad inmediata.

Bien se dice que “las pantallas, los algoritmos y los sistemas conversacionales están modificando hábitos, emociones y dinámicas familiares. Los expertos advierten que el reto ya no es evitar la tecnología, sino aprender a convivir con ella sin perder los espacios humanos compartidos”.

Pero no sólo las reuniones familiares han cambiado. Ahora el comedor, la sala e incluso las habitaciones dejaron de ser exclusivamente espacios de convivencia física para convertirse en ecosistemas digitales permanentes.

La percepción del entorno familiar se ha transformado y, en muchos aspectos, el cambio ha significado un retroceso. Mantener los espacios de convivencia con la familia, los amigos y en las celebraciones será uno de los grandes retos de esta época. Nos estamos convirtiendo en robots de la comunicación, y ello representa un enorme peligro para una sociedad que presume vivir plenamente el primer cuarto del siglo XXI.

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