EDITORIAL

Pablo Salazar y su estúpida verborrea

El cinismo de Pablo Salazar no tiene límites. En su afán protagónico, como siempre ha sido, hoy utiliza un programa deportivo para hacerse el mártir y encaminar su narrativa hacia un puesto de elección popular en 2027, ¿y a qué precio?

No habló de futbol, pero sí utilizó el espacio para criticar al odiado expresidente de México, Felipe Calderón, a quien —según el discurso del gobierno federal— se le responsabiliza, pese a haber dejado el poder hace más de dos décadas, de la inseguridad del país y de presuntos nexos con el crimen organizado.

El fin de semana, el exmandatario de Chiapas (2000–2006) replicó su cuestionable entrevista en algunos medios para comenzar a hacer ruido con fines políticos aviesos. Espera que sus adversarios, Felipe Calderón y el malogrado Juan Sabines Guerrero, respondan a su insensata y fuera de lugar venganza de exhibirlos como responsables de haber estado en la cárcel durante dos años.

Si, como él afirma, Calderón le pidió apoyo para su campaña política y, por negarse —al tratarse de una solicitud de último momento—, fue encarcelado, entonces surge la pregunta: ¿por qué no lo dijo en su momento?, ¿por qué calló?

El exgobernador de Chiapas, Pablo Salazar, reveló que fue encarcelado en 2011 por una supuesta venganza del entonces presidente Felipe Calderón, en represalia por no haberlo apoyado en su campaña electoral de 2006 contra Andrés Manuel López Obrador.

Salazar Mendiguchía pretende utilizar los medios para que su nombre vuelva a circular en los corrillos políticos, pero parece olvidar que su tiempo ya pasó. En lugar de victimizarse, debería asumir su trayectoria con mayor responsabilidad.

Su perorata para señalar al expresidente no tiene sustento suficiente, pues no corresponde la magnitud de sus acusaciones con el contexto en el que fueron emitidas: un programa virtual de alcance limitado.

Los reflectores que intenta atraer hacia su persona lo ubican como el político ambicioso que siempre ha sido, algo que —según sus críticos— quedó evidenciado durante los seis años en que afirma haber gobernado con pulcritud el estado de Chiapas.

La avaricia y el egocentrismo de Pablo Salazar nunca fueron ocultos. Durante su gobierno, utilizó el poder para fines personales. Hoy, su intento por reavivar su “maltrecha fama” parece responder a su interés por mantenerse vigente rumbo a los próximos comicios.

A estas alturas, el expresidente Felipe Calderón —figura recurrente en el discurso político de Andrés Manuel López Obrador y de la actual presidenta Claudia Sheinbaum— probablemente observa con distancia los intentos de Salazar por volver a la escena pública.

Lo que el exgobernador no menciona es que sobre su administración pesan señalamientos graves, como la muerte de Conrado de la Cruz (padre e hijo), propietarios de un diario local, así como acusaciones de represión y corrupción. Abogados y activistas denunciaron haber sufrido persecución, destierro y encarcelamiento por resultar incómodos para su gobierno.

Resulta debatible qué es más grave: si haber estado en prisión por supuestas venganzas políticas, como afirma, o haber sido exonerado en casos como la muerte de recién nacidos en Comitán, donde se señaló negligencia gubernamental.

Para señalar a otros, es necesario tener autoridad moral. Un ejemplo de lo contrario sería la gestión durante el huracán Stan, que dejó al descubierto deficiencias en la prevención y respuesta ante desastres naturales, con consecuencias fatales que aún afectan a Chiapas.

Más grave aún fue el señalamiento sobre la autenticidad de su título profesional como abogado, lo que habría implicado una irregularidad significativa en su trayectoria política.

También pesa sobre su historial el presunto respaldo a Kamel Nacif, empresario conocido como el “rey de la mezclilla”, vinculado en su momento a escándalos de gran relevancia nacional.

Y como colofón: si sabía del uso de recursos públicos en el equipo Jaguares, ¿por qué no presentó una denuncia formal? La realidad es que su verborrea termina por generarle más cuestionamientos que beneficios. Quizá le vendría mejor recordar el dicho popular: “calladito se ve más bonito”.

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