Cafetómano

Bernardo Figueroa

El encargo es prestado

Conservo en la memoria, con la nitidez de lo que verdaderamente importa, aquella conversación de café que se prolongó hasta que el aroma se evaporó y solo quedó el poso frío en el fondo de la taza. Corría el año 2010 cuando el Cafetómano Mayor y el maestro Romeo Ortega López compartían una reflexión que entonces me pareció durísima sobre la condición humana frente al poder. Describían con una precisión que dolía el ciclo inexorable de quienes llegan envueltos en ovaciones y escoltados por un séquito numeroso de aduladores profesionales para luego retirarse entre silbatinas, acompañados únicamente por sus propias decisiones y la soledad más absoluta que puede experimentar un ser humano. De aquella charla nació una columna titulada “Hombres de Fábula”, donde Romeo Ortega diseccionaba con su bisturí literario la ambición desmedida y esa naturaleza humana que florece de manera particularmente tóxica cuando se riega con las aguas del poder institucional.

Evocar ese momento se volvió inevitable al escuchar las palabras del gobernador Eduardo Ramírez Aguilar durante su más reciente reunión de gabinete. “En la experiencia de la vida pública, es fundamental recordar que el poder no cambia a las personas, revela su verdadera dimensión”, afirmó el mandatario, mientras sus funcionarios guardaban ese silencio denso que antecede a la incomodidad de saberse observados. La sentencia cayó como una piedra sobre la superficie quieta de un estanque y las ondas expansivas tocaron a cada uno de los presentes porque no hay servidor público que no se haya preguntado alguna vez frente al espejo si el reflejo que le devuelve corresponde todavía al ciudadano que asumió el encargo o si ya ha mutado en esa criatura irreconocible que habita las peores pesadillas de quien ingresa a la función pública con genuina vocación de servicio.

El gobernador desarrolló su argumento con una crudeza que desnudaba la mecánica interna del autoritarismo minúsculo, ese que prolifera en las pequeñas oficinas y en las ventanillas donde un gramo de poder formal se confunde con una tonelada de autoridad legítima. Describió al tirano de bolsillo con trazos tan precisos que resultaba imposible no visualizar rostros conocidos, personajes que todos hemos padecido, aquellos que descubren tardíamente el placer de que alguien les haga caso por obligación y confunden ese acatamiento protocolar con respeto genuino. La radiografía continuaba señalando al funcionario vacío de convicciones para quien el encargo nunca queda grande porque le resulta simplemente prestado, como un saco que pertenece a otro cuerpo, razón por la cual necesita gritar para disimular su incompetencia y humillar para fabricarse una superioridad artificial que compense la estatura que la naturaleza le negó. “Porque el estadista que vale inspira, el que no intimida”, sentenció.

EL CARGO NO CAMBIA, REVELA

Resulta imposible leer estas palabras sin sentir un escalofrío de reconocimiento, porque el mandatario dibujaba el retrato hablado de una patología que infecta a la administración pública en todos sus niveles. Habló del improvisado que se escuda en un nombramiento para cobrarse todas las ofensas acumuladas durante años de anonimato, todas las veces que fue ignorado, todas las humillaciones que tragó en silencio frente a quienes detentaban un poder mayor. Ese personaje se vuelve déspota con el subordinado porque con el superior es un aplaudidor servil de esos que asienten con entusiasmo antes de que el jefe termine de formular la idea, configurando así una doble cara que resume la esencia de la pequeñez humana elevada temporalmente a una posición de mando.

La referencia a Platón y a sus Leyes no fue un adorno culto fuera de lugar, fue el anclaje necesario para recordar que la grandeza de un dirigente se mide en cómo defiende a los desamparados y que aprovecharse de la vulnerabilidad ajena constituye una traición al sentido más profundo del humanismo. Ramírez Aguilar estableció con esa cita un estándar ético que trasciende modas ideológicas, recordando que quien ejerce el poder tiene un deber ineludible con los más débiles y que cualquier desviación de ese mandato esencial convierte el servicio público en simple depredación organizada.

Lo verdaderamente notable del discurso fue el contexto desde el cual fue pronunciado, porque Eduardo Ramírez no recurrió a las fábulas que tradicionalmente han servido para ilustrar los vicios del poder sin señalar directamente a sus portadores. Pudo haber hablado del lobo y el cordero, del traje nuevo del emperador o de las ranas que pedían un rey para advertir sobre los peligros de inventar narrativas falsas con el propósito de perseguir opositores. Prefirió la ruta más honesta, la de poner el dedo en la llaga sin anestesia, confrontando a sus subordinados desconectados de la realidad que prefieren creer en sus propias mentiras mientras tropiezan una y otra vez con las mismas piedras. Criticó al autoritario que se siente dueño del presupuesto público y castiga a quienes intentan proponer una distribución justa, censuró el abandono de ideologías en cuanto se percibe que la supervivencia política está en riesgo.

ESPEJOS EN EL GABINETE

El mensaje contenía una advertencia que resonaba con la sabiduría de quien ha observado el espectáculo del poder desde distintas butacas. “El poder prestado se devuelve con intereses”, dijo, sintetizando en seis palabras una verdad que los manuales de ciencia política tardan capítulos enteros en explicar. Cuando el funcionario vacío de causas regresa a su lugar original, despojado de esa fuerza efímera, se queda más solo que nunca porque el séquito se dispersa, los aduladores migran hacia el nuevo centro de poder y el silencio ocupa el espacio que antes llenaban las lisonjas. El mandatario también ofreció una estrategia para lidiar con estos personajes, recomendando no detenerse, no desgastar la investidura discutiendo con quien está vacío de convicciones, pero empoderado transitoriamente, porque ese combate coloca al contendiente en el mismo nivel del adversario y lo distrae de las verdaderas causas del pueblo. A veces, la mejor manera de combatir al autoritario minúsculo es negarle la atención que desesperadamente busca y confiar en que el tiempo, esa fuerza sabia, siempre ajusta cuentas. “El reinado de la soberbia siempre es breve y su caída, créanme, es estrepitosa”, concluyó el gobernador, recordando que el encargo es vigilado, controlado y, sobre todo, prestado. Un gobernador que habla así a sus funcionarios está haciendo algo más que administrar, está educando, está diciéndole a su equipo que el poder debe ejercerse con rectitud y con la mirada puesta en la defensa de los desamparados, esos que Platón consideraba la verdadera medida de la grandeza de cualquier dirigente.

Desde el Café: El sector obrero, ejidatario, educativo, transportista, familias y autoridades de Emiliano Zapata se dieron cita en el domo del Parque Central de dicho municipio para recibir al magistrado presidente del Tribunal Superior de Justicia y del Consejo de la Judicatura del Estado, Juan Carlos Moreno Guillén, quien continúa consolidando el programa “Acercando la Justicia al Pueblo” como un ejercicio permanente de diálogo y atención directa con las y los chiapanecos, recorriendo los distintos distritos judiciales… Con el propósito de fortalecer las acciones de vigilancia, control y rendición de cuentas en la administración pública estatal, la secretaria Anticorrupción y Buen Gobierno, Ana Laura Romero Basurto, encabezó la reunión de trabajo para dar seguimiento al Plan Anual de Fiscalización (PAF) correspondiente al tercer y cuarto trimestre de 2026.

Para terminar: “La política siempre debe tener un rostro humano”. Lo dijo Ángela Merkel.

Son cuestiones del oficio, sigue sin ser nada personal.

cafetomano@hotmail.com

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