La sombra persistente de la intervención
Por: José Luis León Robles
Por décadas, la palabra intervención ha pesado como un eco incómodo en la relación entre México y Estados Unidos. No es un término neutro ni abstracto: remite a episodios concretos de la historia nacional y a una asimetría de poder que, aunque muta con el tiempo, no desaparece. Hablar hoy de intervención estadounidense en México no es invocar fantasmas del pasado, sino interrogar el presente y las tentaciones que reaparecen cuando los problemas se vuelven complejos y urgentes. La memoria histórica es inevitable. La guerra de 1846–1848, la ocupación de Veracruz en 1914, la expedición punitiva de 1916 persiguiendo a Pancho Villa: cada episodio dejó cicatrices y moldeó una doctrina diplomática mexicana basada en la defensa de la soberanía y la no intervención. No se trata de nacionalismo retórico, sino de una lección aprendida a un alto costo. Desde entonces, la relación bilateral se ha construido entre cooperación y desconfianza, pragmatismo y cautela. En el siglo XXI, la intervención ya no se plantea al menos oficialmente en términos de invasiones militares. El lenguaje ha cambiado: cooperación en seguridad, combate al crimen transnacional, control migratorio, intercambio de inteligencia. Sin embargo, el fondo del debate sigue siendo el mismo: ¿hasta dónde llega la colaboración legítima y en qué punto comienza la injerencia? La línea es delgada, y cruzarla tiene consecuencias políticas y simbólicas profundas. Cada vez que en Estados Unidos surge la idea de una acción más directa contra problemas que también le afectan el tráfico de drogas, la violencia del crimen organizado, los flujos migratorios la discusión revive. Desde la óptica estadounidense, la urgencia se explica por impactos internos. Desde México, la propuesta suele leerse como una simplificación peligrosa: externalizar responsabilidades y tratar problemas binacionales con soluciones unilaterales. La historia enseña que esas fórmulas rara vez funcionan. México, por su parte, no puede refugiarse únicamente en la memoria para eludir el presente. La defensa de la soberanía exige también capacidad estatal, resultados y credibilidad. Cuando el Estado muestra debilidad, abre espacios para que otros justifiquen “ayudas” que se parecen demasiado a imposiciones. La soberanía no se declama: se ejerce. Y se ejerce con instituciones eficaces, cooperación transparente y una política exterior firme, pero inteligente. La relación México–Estados Unidos es inevitable y profundamente interdependiente. Millones de personas, cadenas productivas y desafíos comunes la sostienen. Precisamente por eso, la tentación de la intervención resulta tan riesgosa: erosiona la confianza, polariza a las sociedades y revive heridas que nunca han terminado de cerrar. La cooperación auténtica no necesita botas ni ultimátum; requiere acuerdos claros, respeto mutuo y corresponsabilidad. Al final, la intervención es menos un acto que una señal de fracaso compartido. Fracaso de políticas internas, de coordinación regional y de imaginación diplomática. Recordar el pasado no implica quedarse atrapado en él, pero ignorarlo sería un error aún mayor. México y Estados Unidos están condenados a entenderse; la pregunta es si lo harán desde la igualdad soberana o desde la imposición. La respuesta, como siempre, marcará el rumbo de la historia que aún se está escribiendo. Si el creador nos permite, nos estaremos leyendo la siguiente semana en esta su columna.




