Puntos Fiscales

La juventud mexicana y el futuro que se le pide esperar

Por: José Luis León Robles                                

dj_drdead@hotmail.com

Hablar de la juventud en México suele hacerse desde la distancia. Se le observa como una etapa transitoria, casi como si los problemas que enfrenta fueran pasajeros y se resolvieran “con el tiempo”. Pero para millones de jóvenes, el tiempo no es una promesa: es una cuenta regresiva. México es un país joven en términos demográficos, pero viejo en sus estructuras. Las decisiones económicas, políticas y laborales siguen concentradas en generaciones que crecieron en contextos muy distintos. El resultado es una brecha silenciosa: a los jóvenes se les pide adaptarse a un sistema que no fue diseñado para ellos y que, en muchos casos, ya no funciona para nadie. El mercado laboral es quizá el ejemplo más claro. Tener estudios ya no garantiza estabilidad. Los salarios de entrada son bajos, el trabajo informal sigue siendo la puerta de acceso más común y la seguridad social parece un lujo lejano. Muchos jóvenes encadenan empleos temporales, prácticas no pagadas o trabajos “por proyecto”, lo que vuelve casi imposible planear: rentar una vivienda, independizarse o formar una familia se convierte en un objetivo abstracto. Esta precariedad no es solo económica, también es emocional. Vivir sin certezas erosiona la salud mental, aunque pocas veces se hable de ello en serio. La ansiedad, el agotamiento y la sensación de fracaso personal se normalizan, como si fueran problemas individuales y no el resultado de un entorno hostil. En una cultura que glorifica el esfuerzo, admitir cansancio parece un acto de debilidad. A la falta de oportunidades se suma una profunda desigualdad territorial. No es lo mismo ser joven en una gran ciudad que en una comunidad rural o en una zona marcada por la violencia. En muchos lugares, las opciones reales se reducen a migrar, aceptar trabajos mal pagados o incorporarse a economías ilegales. La elección, cuando existe, es limitada y dolorosa. El discurso oficial suele insistir en que los jóvenes “son el futuro”, pero rara vez se les trata como el presente. Se les incluye poco en espacios de decisión, se les desconfía en la política y se les responsabiliza con rapidez cuando algo sale mal. Protestar es visto como ingratitud; exigir, como exceso. La participación juvenil es bienvenida solo cuando no incomoda. Sin embargo, la respuesta de la juventud no ha sido la apatía, como a menudo se afirma. Ha sido la reinvención. Jóvenes que crean cooperativas, proyectos culturales, iniciativas ambientales y redes comunitarias donde el Estado no llega. Jóvenes que usan la tecnología para informarse, organizarse y cuestionar narrativas oficiales. No porque sea fácil, sino porque no hacerlo implica desaparecer. El verdadero riesgo para México no es una juventud “desinteresada”, sino una juventud cansada de promesas incumplidas. Cuando se rompe el vínculo entre esfuerzo y recompensa, también se debilita la confianza en las instituciones. Y sin confianza, cualquier proyecto de país se vuelve frágil. Profundizar en el tema implica aceptar una verdad incómoda: no basta con pedirle a los jóvenes que se adapten. Es el país el que necesita cambiar. Invertir en empleo digno, educación pertinente, acceso a la vivienda y espacios reales de participación no es un favor generacional, es una apuesta por la estabilidad social. La juventud mexicana no está pidiendo un futuro ideal, solo uno posible. Seguir diciéndole que espere es una forma elegante de negarle el derecho a vivir plenamente ahora. Y ningún país puede darse ese lujo sin pagar el precio. Me despido deseándoles lo mejor para este año 2026.

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