La democracia en tiempos de ruido
Por: José Luis León Robles
La política contemporánea atraviesa una paradoja inquietante: nunca hubo tantos canales para expresarse y, sin embargo, rara vez el debate público fue tan pobre. Las redes amplifican voces, pero también distorsionan prioridades; la inmediatez desplaza a la reflexión; el impacto emocional vale más que la coherencia. En este clima, la democracia no se derrumba de golpe: se erosiona lentamente, como una piedra sometida a un goteo constante. El problema no es solo la desconfianza en los gobiernos, fenómeno casi estructural en muchas sociedades, sino la deslegitimación de la política como herramienta colectiva. Se la presenta como un estorbo, una maquinaria inútil o un nido de privilegios. El mensaje cala hondo: si la política no sirve, ¿para qué cuidarla? En ese vacío prosperan soluciones simples para problemas complejos, liderazgos personalistas y promesas que confunden voluntad con capacidad. La polarización es el síntoma más visible de este proceso. No se trata de diferencias ideológicas naturales y necesarias en cualquier democracia viva sino de la imposibilidad de reconocer al otro como interlocutor legítimo. El adversario se convierte en enemigo; el desacuerdo, en traición. Así, el debate público deja de ser un espacio de construcción y se vuelve un campo de batalla identitario donde lo importante no es convencer, sino destruir. En este contexto, los medios de comunicación juegan un rol decisivo. Presionados por la velocidad y la lógica del clic, muchas veces priorizan el escándalo sobre el contexto, la frase altisonante sobre el argumento. No se trata de censura ni de nostalgia por un pasado idealizado, sino de asumir una responsabilidad: informar no es solo contar lo que pasó, sino ayudar a entender por qué pasó y qué está en juego. Los partidos políticos, por su parte, parecen atrapados entre la adaptación y la irrelevancia. En lugar de renovar ideas y liderazgos, a menudo optan por el marketing electoral permanente. La política se reduce a campaña continua, donde cada decisión se mide por su rendimiento inmediato y no por su impacto a largo plazo. El resultado es una ciudadanía cansada, escéptica y cada vez más distante de las instituciones. Pero sería cómodo y falso cargar toda la responsabilidad en “la clase política”. La democracia no es un espectáculo que se observa desde la tribuna; es una práctica que exige participación, información y, sobre todo, paciencia. Exige aceptar que los cambios profundos son lentos, que los consensos cuestan y que gobernar implica administrar tensiones, no eliminarlas por decreto. El riesgo mayor no es el conflicto, sino la indiferencia. Cuando la gente deja de creer que su voz importa, otros hablarán por ella. Y no siempre con las mejores intenciones. La historia demuestra que las democracias no mueren solo por golpes abruptos, sino por agotamiento, por cinismo acumulado, por la renuncia silenciosa a defenderlas. Recuperar la política no implica idealizarla, sino devolverle densidad. Volver a discutir proyectos, no solo personas; ideas, no solo slogans. Entender que el disenso es una riqueza cuando se canaliza con reglas claras y respeto mutuo. La democracia no promete perfección, promete algo más modesto y más valioso: la posibilidad de corregir errores sin destruirnos en el intento. En tiempos de ruido, defender la democracia es un acto contracultural. Requiere bajar el volumen, hacer preguntas incómodas y resistir la tentación de las respuestas fáciles. No es poco. Es, quizás, lo más político que podemos hacer. Espero este tema haya sido de su interés mi distinguido lector, y si el creador nos lo permite nos estaremos leyendo la siguiente semana en esta su columna.




