Izquierda, Derecha y más allá de ir a la Luna 

Juan Pablo Zárate Izquierdo*

Cuando el griego Polibio formuló su idea más perturbadora de la filosofía política, propuso un modelo que llamó anacyclosis: los sistemas de gobierno no progresan indefinidamente, sino que giran. Monarquía, aristocracia y democracia se suceden, se corrompen y vuelven a comenzar con la inevitabilidad de las estaciones. 

La monarquía deriva en tiranía, la tiranía es derrocada por la aristocracia, la aristocracia degenera en oligarquía, la oligarquía es barrida por la democracia, la democracia se pudre en oclocracia, y el ciclo reinicia. No era fatalismo. Era observación. Y dos mil años después, seguimos siendo los mismos protagonistas del mismo drama.

A lo largo del siglo XX y los primeros años del XXI, el pensamiento político alcanzó una diversificación notable. Esas ideologías de “izquierda” y “derecha”, nacidas en los escaños de la Asamblea Nacional francesa de 1789, había comenzado a resultar insuficiente para describir la complejidad de un mundo contemporáneo.

Hubo un momento, en que el mundo parecía nombrarse a sí mismo con mayor pluralidad. Apareció el libertarismo, el transhumanismo, el comunitarismo, el verde ecologismo, los movimientos identitarios, el feminismo político, las democracias deliberativas. El espectro se ensanchó hasta volverse casi inmanejable con decenas de corrientes que cruzaban transversalmente las viejas fronteras de una escala ideológica. El mundo evolucionaba.

Aquel eje izquierda-derecha, que durante décadas había sido el organizador central del conflicto político en las democracias liberales, parecía estar siendo sustituido por ejes más diversos.

Sin embargo, algo ha ocurrido en los últimos años que resulta notable para la ciencia política: el mundo ha vuelto a hablar, casi solamente, de izquierda y derecha. 

Hoy basta encender cualquier noticiario y ver redes sociales para darse cuenta de que el vocabulario se ha empobrecido de nuevo. Se habla nuevamente de esas dos ideologías. Nada más. Este retroceso hacia ese binomio no es casual: responde a la misma lógica que Polibio identificaba en la degeneración de los sistemas. Cuando la democracia se desgasta y el miedo se convierte en el motor de la movilización, el pensamiento político tiende a simplificarse a dos corrientes. El enemigo se vuelve necesario, y para que el enemigo sea claro, el propio campo ideológico también debe serlo y se logra la polarización.

Tras la caída del Muro de Berlín, el mundo vivió un experimento multilateral genuino. La globalización prometía un mundo interdependiente; Francis Fukuyama incluso proclamó el ‘fin de la historia’; la globalización prometía tejer un mundo interdependiente donde las guerras comerciales sustituirían a las militares y donde ninguna potencia podría permitirse el lujo de la confrontación abierta sin sufrir también sus consecuencias.

La Unión Europea parecía el modelo de una nueva convivencia; los foros de cooperación florecían. Todo apuntaba hacia un mundo gobernado por reglas más que por potencias. Pero el ciclo giró. Rusia y Estados Unidos han vuelto a ocupar el centro del escenario como los grandes antagonistas del sistema internacional. 

Ese multilateralismo que el mundo había experimentado fue diluyendose; se erosionó por acumulación de desconfianzas. Y cuando la confianza colapsa en las relaciones internacionales, los actores tienden a regresar al único lenguaje que siempre han dominado: el poder.

La retórica del «America First» apunta hacia algo más profundo que una política exterior: es el resurgimiento de la vocación hegemónica, que recurre a los instrumentos del siglo XX aranceles, bases militares, alianzas clásicas- antes que a los del siglo XXI. Polibio habría reconocido en esto el impulso de quien, habiendo compartido el poder, siente la necesidad de recuperar su condición original. El ciclo, nuevamente, gira.

Y entonces, como si la historia necesitara completar la metáfora, llega Artemis II. 

Este 1 de abril de 2026, la NASA tiene programado el lanzamiento de la misión Artemis II desde Cabo Cañaveral: cuatro astronautas a bordo de la cápsula Orion realizarán una trayectoria alrededor de la Luna y regresarán en una misión de aproximadamente diez días. Será la primera vez que seres humanos viajan a las inmediaciones de la Luna desde que pisamos su suelo por última vez el 14 de diciembre de 1972. Medio siglo de ausencia.

La Luna no es solo un satélite. Es el escenario donde las potencias miden su ambición. Apollo fue la respuesta de Kennedy al Sputnik. Artemis es la respuesta de Washington al programa lunar chino, que ha anunciado astronautas antes de 2030. La carrera espacial, que muchos creyeron sepultada junto con la Guerra Fría, ha regresado. 

Artemis II no es solo un hito científico: es la materialización espacial de todos los ciclos descritos, el retorno al duelo entre grandes potencias, la reafirmación de la hegemonía, la instrumentalización del espacio como teatro de la geopolítica.

La misión tiene sus primeras históricas y el mundo astronómico está a la expectativa, pero no se puede ocultar la dimensión más profunda del regreso, no es solo astronáutica: es una declaración política.

Pudiera resultar simple, pero vale la pena observarlo con atención: volvemos a hablar solamente de izquierda y derecha, volvemos a hablar de dos grandes bloques mundiales, y, además, volvemos a ir a la Luna…

El círculo gira. La espiral avanza. Y Polibio, desde su sigilo, observa con esa mezcla de satisfacción intelectual y melancolía que solo produce ver que su modelo de anacyclosis sigue teniendo razón.

*Profesor Investigador en Ciencias Políticas de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *