Hoy la consigna es la misma: justicia

Hoy en las principales plazas del país retumbará al unísono la consigna de justicia por todos aquellos feminicidios sin justicia y un alto total contra todas las violencias que se perpetúan contra las mujeres. Hoy, como el 8 de marzo -que se celebra el Día Internacional de la Mujer, no es un día cualquiera, se conmemora El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer.

La desigualdad sigue pregonando en todos los sectores, y, además, la violencia es el parámetro que continúa incrementando las cifras fatídicas en las 32 entidades del país. La falta de políticas públicas que se implementen para contrarrestar este cáncer es, hasta hoy, obsoleto.

Todos los días los medios de comunicación retratan este mundo trágico, violento, sin piedad, contra las mujeres. Las notas dan cuenta del registro de feminicidios, abusos sexuales contra menores de edad; mujeres que han desparecido como por arte de magia de la faz de la tierra.

Este día se escucharán los gritos de dolor por familias enteras que exigen la aparición con vida de los desaparecidos, de los abusos contra las mujeres migrantes. En sus consignas de este día resalta una que se presenta en las empresas particulares y en el sector gubernamental: la precarización laboral también es violencia, además de que las indígenas siguen siendo pisoteadas en su dignidad y en sus derechos.

La violación de sus derechos humanos ha sido desde siempre el flagelo que no ha podido combatirse y si a esas vamos, cómo podría decirse que haya justicia si el eje rector nacional, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), hasta ahora, no ha dicho una sola palabra a la violencia que se registró en la manifestación frente a Palacio Nacional, para exigir justicia por la muerte del que fuera alcalde de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo, donde la violencia contra hombres y mujeres, vista y corroborada en videos, no existió o por lo menos no merece la intervención del organismo.

Hoy no se celebra, se llora, se lamenta la omisión, la injusticia con que la autoridad actúa. También es buena oportunidad para explicar que el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer no nació como un gesto de buena voluntad institucional, sino como un grito político que proviene de la sangre de tres mujeres: Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, conocidas como “Las Mariposas”, asesinadas brutalmente por la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana, el 25 de noviembre de 1960.

Aunque, habría que decirlo, El 25 de noviembre fue declarado en 1999 por la Asamblea General de las Naciones Unidas como el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Desde entonces, el mundo ha cambiado, pero la violencia sigue mutando, expandiéndose y, en demasiados casos, perfeccionando sus formas de someter.

Las cifras de violencia son escalofriantes: una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual. Y no son números: son historias truncadas, vidas marcadas, familias que cargan ausencias. Son niñas que abandonan la escuela por acoso, adolescentes aterradas por una relación abusiva, adultas que callan porque denunciar sigue siendo un riesgo. La violencia es un hilo que atraviesa toda la vida de millones de mujeres, sin importar edad, origen o condición social.

Este día la protesta, la manifestación que muestra en su interior impotencia, es una consigna generalizada de sed de justicia. La violencia que sufren las mujeres nos atañe a todos y a todas. Es un problema de la sociedad entera. Es responsabilidad de gobiernos, instituciones, escuelas, comunidades, medios de comunicación y familias. Es un desafío ético que mide quiénes somos y hacia dónde queremos ir.

Lo necesario es asumir que la violencia contra las mujeres no es inevitable; es estructural, y por tanto, transformable. Pero solo si dejamos de mirar hacia otro lado. La pregunta que debemos hacernos no es qué ocurre cada 25 de noviembre, sino qué estamos dispuestos a hacer, porque la verdadera conmemoración no está en las palabras, sino en los cambios que somos capaces de impulsar.

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