La representatividad legislativa no debe caer en bufones o divas
La solicitud de licencia por parte de Sergio Mayer como diputado federal, para participar en el reallity show, “La casa de los famosos”, generó escozor y controversia en la sociedad mexicana, ya que estos espacios de representatividad política, que al final de cuentas les cuesta a los ciudadanos con sus impuestos, recaen en personajes que poco o nada aportan a la vida política, pero les sirven a estos para generar reflectores y nada de propuestas.
Además, representan la burla o el descaro de una sociedad a la que dicen representar; lo sucedido con el actor, al parecer es una normativa no escrita de la tragicomedia mexicana: recordemos que la actriz chiapaneca, Irma Serrano, allá en los años setenta ocupó una curul como Senadora por Chiapas, siendo recordada más por sus escándalos amorosos, que por sus aportaciones políticas.
La transición democrática y los dos miles, dio como resultado que muchos actores, actrices y deportistas ocuparan escaños en la política mexicana: Jorge Kahwagi, destacó más por sus polémicas que por sus iniciativas; de hecho, hizo lo mismo que Sergio Mayer hace unas décadas: pedir licencia para participar, en ese entonces, en el reallity show, “Big Brother”.
Claro, en ese momento, el agotamiento de la opinión pública y las redes sociales no tenían tanto impacto como ahora, donde el descontento era controlado y se podían calmar las aguas, al menos desde la teletiranía.
Como resaltamos, estos personajes al parecer son publicidad barata y vende humo para proyectos políticos novedosos: al parecer la publicidad y sobrexposición de personajes como Ronald Reagen y Donald Trump, han generado una ilusión óptica en la clase política mexicana, donde pesa más la fama que un proyecto político serio o propuestas que impacten en la ciudadanía.
El controversial Mario Vargas Llosa, en su libro de ensayo “La civilización del espectáculo”, destaca el servilismo, lo absurdo, el ridículo en el que la sobrexposición mediática se prioriza, más allá de proyecto intelectuales o propuestas viables. Eso sí, el propio autor contradijo lo expuesto en ese libro, sobre todo con sus opiniones políticas que le ganaron el repudio de toda Latinoamérica.
Retomando el asunto, en México, sin importar colores partidistas, contar con estos personajes, aparte de caro para el erario público, son un retroceso, ya que la representatividad a la que la sociedad sin importar clases sociales, credos, incluso grados escolares y académicos (con todo y sus controversias), debe ser la oportunidad para que la ciudadanía participe.
¿Cuántas veces estos famosos usaron una curul para enriquecerse, generar un tráfico de influencias o ser la portada de una revista de chismes? Incontables veces, eso sin tener en cuenta las sesiones en las eran captados de manera infraganti, ya sea dormidos o en situaciones bochornosas.
¿Apoco olvidamos los episodios donde Carmen Salinas, Laura Esquivel y otros tantos, se quedaron dormidos? Esto sucedía cuando eran turnadas iniciativas de ley que comprometían el patrimonio nacional o el futuro de los trabajadores.
La fama y la reputación se ha confundido, con representatividad; en los inicios de la vida democrática de México, sobre todo el siglo XX, que intelectuales o artistas ocuparan un espacio de representatividad, era un orgullo u honor, siendo estos escaños una oportunidad para mejorar a la sociedad; ahora, estos famosos de la farándula, denigran la política o los proyectos serios.
Eso sí, son un gancho para el electorado que ingenuamente ve en estos bufones o divas, una oportunidad para ser representados. O en el peor de los casos, personajes viles y rufianes como Cuauhtémoc Blanco, que su marrulla le sirvió para destacar en el fútbol, en lo político mostró los sinsabores del poder y su peligrosidad.




