Cuando la CNTE traiciona su origen
La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) nació como una expresión de lucha democrática, combativa y de defensa del magisterio de base. Sin embargo, hoy en Chiapas, esa historia parece cada vez más lejana. Lo que ocurre en Tonalá es una muestra clara de cómo la dirigencia sindical ha optado por la imposición, la simulación y la protección de intereses ajenos a la educación y a la niñez.
La pretensión de imponer como docente a una persona con antecedentes como policía político y guardaespaldas, rechazada por maestros, directivos y padres de familia, revela una profunda descomposición interna. No se trata —como se ha querido hacer creer— de diferencias ideológicas o venganzas políticas; se trata del derecho de una comunidad escolar a decidir quién puede estar frente a un grupo de niñas y niños.
La dirigencia de la Sección 7, encabezada por Isael González Vázquez, junto con operadores sindicales ampliamente cuestionados, ha recurrido a las viejas prácticas que históricamente la CNTE dijo combatir: presión, intimidación, uso del aparato sindical como mecanismo de control y protección de personajes afines al grupo en el poder. La democracia sindical queda reducida a un discurso vacío cuando se impone a la base una decisión que la comunidad educativa rechaza de manera abierta.
Más grave aún es la actitud de las autoridades educativas, que lejos de actuar con responsabilidad y velar por el interés superior de la niñez, parecen alinearse con los intereses de la cúpula sindical. Cuando el Estado abdica de su función y permite que se normalicen estas imposiciones, se vuelve corresponsable de los conflictos y de las consecuencias que puedan derivarse en los centros escolares.
La resistencia de los padres de familia no es capricho ni radicalismo: es una reacción legítima ante la falta de garantías sobre quién educa a sus hijos. Ignorar esa voz es despreciar a la comunidad y poner en riesgo la estabilidad escolar.
Hoy la CNTE en Chiapas enfrenta una contradicción profunda: o recupera su carácter democrático y de base, o termina de convertirse en aquello que siempre denunció. Lo que sucede en Tonalá no es un hecho aislado, sino un síntoma de una estructura sindical que ha perdido el rumbo y que confunde liderazgo con autoritarismo.
La defensa de la educación pública no puede sostenerse sobre la imposición ni la corrupción. Sin democracia interna, sin respeto a la comunidad escolar y sin ética, no hay lucha magisterial que se sostenga.
Pero eso sí, ya anunció la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la educación que se avecinan jornadas intensas de movilización porque el gobierno no les ha cumplido sus demandas, las cuales reclamó en los gobiernos panistas y priistas y ahora con Morena, cuando este partido ya los rechazó porque lo que les interesaba era llegar al poder.
Lo primero que tiene que hacer es dejar de hacer lo mismo que critica, de sabotear plazas para sus incondicionales, aunque no tengan el perfil. Está claro que el botín político de la SNTE y de la CNTE, como lo han hecho otros dirigentes que hoy viven plácidamente de lo que se llevaron, es para la dirigencia.
Todo mundo se ha dado cuenta que el liderazgo de una organización como la de los maestros, es sinónimo de impunidad. O ¿cuántos profesores y profesoras han sido sancionados por provocar desmanes, por quemar oficinas, por bloquear, por incendiar vehículos, por tapar calles y carreteras? Que se sepa, ninguno.
Bajo estas circunstancias, es decir, la presión, la protesta, los padres de familia no dejarán pasar al maestro policía y vaya que la gente de la costa en brava, en el buen sentido. Lo correcto es que desistan de su intento y se ponga a un maestro con vocación, que traiga en la sangre la enseñanza. Las imposiciones sólo provocan que el sistema educativo se deteriore día a día.




