Algarabía en el Día del Pozol

El sonido de la flauta se mezcla con el golpe del tambor: no es un día cualquiera, es 18 de marzo, y en el Mercado Juan Sabines Guerrero, el aire sabe distinto: a maíz, cacao y memoria

Cinthia Ruiz/ Diario de Chiapas

El sonido de la flauta se mezcla con el golpe del tambor: no es un día cualquiera, es 18 de marzo, y en el Mercado Juan Sabines Guerrero, el aire sabe distinto: a maíz, cacao y memoria.

Así se vivió el Día del Pozol: entre pasillos llenos, manos en movimiento y una tradición que se niega a desaparecer.

Aunque el sol se escondió por momentos, la celebración no se detuvo. Entre voces que llaman al cliente y jarras que no dejan de moverse, la bebida ancestral volvió a ocupar su lugar en la vida cotidiana, no como algo extraordinario, sino como parte de lo que siempre ha estado ahí.

Poco antes del mediodía, las pozoleras ya estaban listas. Sus manos, curtidas por los años, preparaban la bebida como lo han hecho siempre: con paciencia, con técnica, pero sobre todo con historia. De 12:00 a 13:00 horas, el pozol se ofreció de manera gratuita. No era solo un gesto: era una forma de compartir identidad.

Entre ellas está doña Margarita Hernández, quien lleva más de 49 años vendiendo pozol. Aprendió de su madre, y desde entonces no ha dejado el oficio. Su puesto no solo vende una bebida; resguarda una herencia. Como cada año, se prepara para este día, consciente de que no se trata solo de servir, sino de recordar.

Porque el pozol no nació aquí, en este mercado: u historia se remonta mucho más atrás, en los tiempos precolombinos, cuando los pueblos originarios lo preparaban con maíz cocido y granos de pochotl. Era una mezcla energética, pensada para sostener el cuerpo durante largas jornadas. Con el paso del tiempo, la receta cambió, se adaptó, se enriqueció, hasta convertirse en la bebida que hoy refresca a Chiapas.

La conmemoración de este día no es tan antigua como la bebida. Surgió en 2017, cuando las mismas pozoleras del mercado impulsaron la iniciativa para darle un lugar en el calendario a aquello que siempre ha tenido un lugar en la vida diaria. Un año después, en 2018, el Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez oficializó el 18 de marzo como el Día del Pozol.

Desde entonces, la fecha no solo celebra una bebida: reconoce una historia, un oficio y una identidad. En cada jícara servida hay algo más que pozol, hay resistencia, comunidad y generaciones que han encontrado en el maíz una forma de permanecer.

Mientras el mercado sigue su ritmo, entre el ruido, el calor y la prisa, el pozol continúa ahí, discreto pero firme, recordándole a Chiapas quién es.

Así, entre jarras, cacao y maíz, el pozol no solo se bebe: se recuerda, celebra y hereda. Porque en un mundo donde todo cambia rápido, hay sabores que se resisten al olvido. El pozol no compite, no se reinventa para encajar: simplemente permanece. Y en esa permanencia, encuentra su fuerza.
Al caer la tarde, cuando las jarras comienzan a vaciarse y el bullicio baja, queda algo más que el eco de la celebración: queda la certeza de que, mientras haya manos que lo preparen y gente que lo comparta, el pozol seguirá siendo más que una bebida: será memoria viva de Chiapas.

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