La Última Milla También Existe En La Educación

J. Eduardo Pineda Arenas

3,887 CARACTERES

Podemos tener universidades, buenos estudiantes y empresas necesitadas de personal. Pero entre lo que un joven aprendió y lo que una empresa necesita existe una distancia que ambos deben aprender a recorrer.

Decimocuarta Ley del Liderazgo Estratégico Territorial

**El capital humano se convierte en capacidad productiva cuando el conocimiento, la experiencia y la disposición para trabajar encuentran un espacio donde desarrollarse juntos. **

Imaginemos a un joven recién egresado de ingeniería.

Estudió cinco años.

Aprobó sus materias.

Recibió su título.

Llega a una empresa y descubre que una cosa es conocer cómo funciona una máquina y otra muy distinta es resolver una falla mientras la producción está detenida.

El empresario se queja:

“Los jóvenes salen sin saber trabajar”.

El universitario responde:

“¿Cómo quieren que tenga experiencia si nadie me da la oportunidad?”.

Y ambos pueden tener parte de razón.

La universidad enseña fundamentos, métodos y conocimientos. La empresa enfrenta clientes, costos, tiempos, riesgos y problemas reales.

¿Quién construye el puente entre ambas?

Ésa es la última milla de la educación.

En una investigación que estamos desarrollando sobre capital humano en Tapachula y el Soconusco encontramos una pregunta que merece atención:

¿Y si el problema no fuera solamente lo que enseñamos, sino también cómo convertimos ese conocimiento en capacidad productiva?

Pero apareció otra dimensión.

El joven no llega únicamente con conocimientos.

Llega con expectativas.

Con aspiraciones.

Con una idea de cuánto quiere ganar, cómo desea ser tratado y qué futuro espera construir.

Y la empresa tampoco recibe solamente a un trabajador.

Recibe a una persona que necesita aprender, adaptarse, sentirse útil y encontrar razones para permanecer.

**La última milla educativa no termina cuando el joven aprende a hacer su trabajo. Termina cuando también encuentra una empresa donde vale la pena hacerlo. **

Esto cambia nuestra manera de entender las prácticas profesionales.

Para una empresa, recibir estudiantes puede parecer una carga.

Hay que enseñarles.

Supervisarlos.

Corregir errores.

Dedicarles tiempo.

Pero también puede convertirse en una oportunidad extraordinaria.

¿Por qué no utilizar esas prácticas para formar, *desde temprano*, a quienes mañana podrían integrar su propia *planta laboral*?

El estudiante aprende con problemas reales.

La empresa identifica talento.

Lo forma conforme a sus procesos.

Y ambos descubren si quieren construir juntos una relación duradera.

Eso exige responsabilidad compartida.

1 La universidad debe preparar para las necesidades actuales y futuras del territorio.

2 La empresa debe ofrecer formación práctica verdadera, supervisión y oportunidades de crecimiento.

3 Y el gobierno puede facilitar esa vinculación mediante incentivos, certificaciones y programas compartidos.

Pero hay una condición fundamental:

La práctica debe producir aprendizaje, y el aprendizaje debe poder demostrarse.

No basta cumplir determinadas horas o recibir una constancia.

Necesitamos comprobar qué sabe hacer el joven antes y después de su experiencia.

Y también evaluar qué tan bien supo formarlo la empresa.

Para Tapachula esto puede ser decisivo.

Si aspiramos a convertirnos en un nodo agroindustrial, logístico y tecnológico, necesitaremos trabajadores preparados *antes* de que lleguen las grandes inversiones.

Pero también necesitaremos empresas preparadas para recibirlos.

Porque el capital humano no se construye solamente dentro de las aulas.

También se construye trabajando, aprendiendo, colaborando y desarrollando confianza.

Quizá llevamos demasiado tiempo preguntando qué les falta a nuestros egresados.

Ha llegado el momento de preguntarnos qué nos falta construir entre todos para aprovechar lo que ya saben.

La educación entrega conocimientos. La experiencia desarrolla capacidades. Y una buena relación entre trabajador y empresa puede convertir ambas en desarrollo permanente.

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