Un Brasil dividido, virando a la derecha
Por Fernando Castellanos Cal y Mayor
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Desde el domingo por la noche he leído análisis, columnas y publicaciones en redes sociales de quienes parecen haber encontrado la bola mágica de Brasil. Unos ya enterraron a Lula; otros dan por hecho que los Bolsonaro regresarán al poder y algunos explican, con una seguridad envidiable, lo que harán dentro de tres semanas más de cien millones de electores. Yo no tengo esa bola. Prefiero mirar los números, el mapa y las primeras reacciones para tratar de entender qué pasó realmente y, sobre todo, qué puede venir.
Flávio Bolsonaro, senador de 45 años e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, ganó la primera vuelta con 47.03 por ciento, 56.1 millones de votos. Luiz Inácio Lula da Silva, actual presidente y hombre alrededor del cual ha girado la izquierda brasileña durante cuatro décadas, obtuvo 45.16 por ciento, casi 53.9 millones. Los separan apenas 2.2 millones de votos. Nunca, desde que Brasil recuperó la democracia, primero y segundo habían terminado tan cerca en una primera vuelta.
Entonces lo primero es poner las cosas en su lugar: Lula no está muerto.
Casi 54 millones de personas siguen votando por él. Conserva una fuerza extraordinaria en el noreste del país, la región históricamente más pobre de Brasil y desde hace años su principal bastión electoral. Tiene estructura, programas sociales, organizaciones políticas y algo que no debe subestimarse: Lula ha sido dado por acabado varias veces y suele encontrar la forma de regresar.
Pero tampoco compraría la lectura contraria, esa que intenta presentar el domingo como si prácticamente nada hubiera pasado porque la diferencia fue pequeña. Pasó mucho.
Las encuestas venían mostrando una elección cada vez más cerrada, aunque prácticamente hasta el final la mayoría seguía colocando a Lula ligeramente por encima. Flávio no apareció de la nada. Lo que apareció con más fuerza de la prevista fue el voto que quería detener al Partido de los Trabajadores, el partido de Lula. En los últimos días terminó concentrándose alrededor de un solo apellido.
Otra vez Bolsonaro.
Sólo que ahora se llama Flávio.
Para entender la dimensión del cambio hay que mirar más allá de la Presidencia. El domingo Brasil también eligió gobernadores, diputados y senadores. El Partido Liberal, la fuerza política de los Bolsonaro, pasó de 15 a 28 senadores y obtuvo 121 de los 513 lugares de la Cámara de Diputados. La derecha y el centro-derecha salieron fortalecidos en prácticamente todo el mapa institucional.
Esto plantea una paradoja que me parece fundamental: Lula todavía puede ganar la Presidencia y, aun ganándola, despertar el 26 de octubre como presidente de un Brasil más conservador que el que gobernaba antes de la elección.
Ahí está el verdadero giro.
São Paulo, el estado más rico y poblado del país, volvió a dar una señal muy fuerte. Tarcísio de Freitas, gobernador, exministro de Jair Bolsonaro y probablemente una de las figuras con mayor futuro en la derecha brasileña, fue reelegido con amplitud. En varios de los principales estados del sur y del centro del país ocurrió algo parecido. Lula siguió siendo fuerte donde históricamente lo ha sido, pero alrededor de esa fortaleza el mapa se movió.
Ahora viene la segunda vuelta. Y aquí hay un dato que yo no pasaría por alto.
Desde 1989, Brasil ha tenido siete elecciones presidenciales que necesitaron una segunda ronda porque nadie superó la mitad de los votos en la primera. En las siete ocurrió exactamente lo mismo: quien quedó primero terminó ganando también la segunda.
Nunca hubo remontada.
No significa que Flávio ya ganó. Esta elección tiene, precisamente, la menor diferencia de salida de toda esa historia. Pero tampoco podemos tratar dos puntos de ventaja como si no significaran nada. Llegar primero produce algo difícil de medir en una encuesta: sensación de impulso. Empiezan a acercarse gobernadores, dirigentes, empresarios, estructuras regionales y electores que no necesariamente votaron por ti la primera vez, pero comienzan a preguntarse si estás a punto de ganar.
Lo hemos visto en varias segundas vueltas que hemos analizado en los últimos años: el ganador de la primera ronda suele llegar a la siguiente no sólo con votos, sino con narrativa. Brasil, además, tiene un antecedente histórico perfecto en ese sentido.
Y el lunes apareció otra señal.
Los mercados internacionales despertaron mirando Brasil con otros ojos. Antes de que abriera la bolsa de São Paulo ya había activos brasileños subiendo con fuerza en el extranjero. Al cierre, la bolsa ganó 7.7 por ciento y alcanzó un récord histórico; el real se fortaleció 4.1 por ciento frente al dólar. J.P. Morgan mejoró incluso su recomendación sobre las acciones brasileñas.
No confundamos eso con una encuesta ni con un respaldo moral a candidato alguno. Los mercados no votan. Compran expectativas. Y lo que compraron el lunes fue la posibilidad de un gobierno con mayor disciplina en el gasto público, privatizaciones y una agenda económica más amigable con la inversión.
Después vendrá la realidad. Brasil tiene una deuda pesada y un presupuesto donde gran parte del dinero ya está comprometido. Recortar es mucho más fácil en campaña que gobernando. Pero la reacción existe y también construye ambiente político.
¿Qué vislumbro para estas tres semanas?
Una campaña más áspera, mucho más personal y probablemente menos elegante.
Lula necesita cambiar la conversación. Si el 25 de octubre se vota únicamente sobre cansancio, seguridad, costo de vida y desgaste de su gobierno, llegará cuesta arriba. Necesita llevar la elección hacia otro terreno: qué significaría devolver el poder a la familia Bolsonaro, qué ocurrió después de la derrota de Jair en 2022 y qué riesgos institucionales ve en ese regreso.
Flávio necesita hacer exactamente lo contrario. El apellido Bolsonaro lo llevó hasta 47 por ciento, pero puede ser también su techo. Necesita conservar la energía política de su padre y, al mismo tiempo, convencer al brasileño menos ideologizado de que él no significaría repetir la confrontación permanente que marcó los últimos años de Jair.
Yo también miraría a quienes no fueron a votar. Entre Lula y Flávio ya concentraron más de 92 por ciento de los votos válidos. No queda un gigantesco centro político esperando que alguien lo conquiste. La bolsa de votos realmente grande está entre los abstencionistas y en pequeños movimientos dentro de electorados que ya están bastante definidos.
Por eso estas tres semanas no se van a tratar solamente de convencer.
Se van a tratar de movilizar.
Y detrás aparece una discusión todavía mayor. Si Flávio gana, el Partido de los Trabajadores tendrá que contestar finalmente una pregunta que lleva años aplazando: ¿qué viene después de Lula?
A sus 80 años sigue siendo candidato, jefe político, negociador, símbolo y principal activo electoral de su partido. La derecha, en cambio, ya mostró que puede competir con una segunda generación Bolsonaro y además posee gobernadores con peso propio.
Ese problema quizá sea más profundo para la izquierda brasileña que perder una elección.
No daría por muerto a Lula. Sería absurdo con casi 54 millones de votos y una diferencia menor a dos puntos.
Pero tampoco ignoraría la dirección del movimiento.
Flávio llega primero. Ningún segundo lugar ha conseguido remontar una segunda vuelta presidencial brasileña desde 1989. La derecha ganó espacio en los estados y en el Congreso. Los mercados recibieron favorablemente el resultado. Lula conserva una base gigantesca y veinte días para intentar romper un patrón que Brasil nunca ha roto.
Brasil sigue dividido casi por la mitad.
Sólo que esta vez esa mitad no permanece quieta.
Está virando a la derecha.
El 25 de octubre sabremos si el movimiento alcanzó también para cambiar de presidente.
Ahí está su verdadero cruce del camino.




