EDITORIAL

El caso de Alberto López, evidencia la fragilidad de las minorías

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A principios del 2020, meses antes de la pandemia de Covid-19, el nombre de Alberto López comenzó a generar furor, gran expectativa y representaba ante el mundo el gran valor de las personas de los pueblos originarios.

Si bien el confinamiento, detuvo grandes eventos, eso no impidió que el diseñador originario de Aldama cobrara relevancia en el plano internacional: de hecho, fue forjando un prestigio y de cierta manera abrió el camino a aquellos que pertenecían a grupos indígenas que estaban sobresaliendo en muchos ámbitos: precisamente, Alberto comenzó a liderar una tendencia donde los “morenos” y “prietos” ya ocupaban los grandes escenarios, junto a Tenoch Huerta, Yalitza Aparicio, Yukaima González, por mencionar algunos nombres, ya eran parte portada de revistas que solo estaban reservadas para las personas “blancas y privilegiadas”.

Otro punto a considerar en este ascenso social meteórico, es el hecho de que López no sólo rompió paradigmas en el mundo, en su comunidad Aldama, era un caso único, ya que era uno de los pocos miembros masculinos que están transgrediendo, por decirlo así, estereotipos, ya que los bordados estaban reservados sólo a las mujeres y eran la muestra de los roles de género que aún persisten en los pueblos originarios.

No obstante, las recientes acusaciones y la supuesta orden de aprensión que gira en torno al diseñador, en muchos aspectos revelan muchas situaciones incómodas que difícilmente se cuestionan hoy en día: las minorías también suelen ser victimarios y ejercen violencia al igual que sus opresores.

De hecho, los señalamientos y cuestionamientos sobre la falta de pago y explotación de Alberto López hacia las mujeres indígenas a las que las adeuda miles de pesos, mismas que utilizó para poder catapultarse a las grandes pasarelas como Nueva York, perpetua la violencia de género a la que siguen atenidas las mujeres de los pueblos originarios: peor aún, colgarse de su trabajo y hacer lo pasar como propio.

Si bien en estos tiempos modernos, muchas de las minorías étnicas, sexuales y religiosas están cobrando relevancia y tomando los puestos de poder que les fue negado históricamente, eso no los exime de cometer errores y se olvidan que también son humanos, mismos que cometen errores y el hecho de que tiempo atrás hayan sufrido abusos sistemáticos, no deben repetir la misma historia.

Ya lo estamos viendo con los israelitas, quienes repiten hasta sin cesar y toman el papel de víctimas cuando rememoran el Holocausto nazi, pero actualmente con los crímenes en Palestina, se convirtieron en los victimarios y de peor manera.

Precisamente, en el discurso, digámoslo así “woke”, estos personajes marginales muchas veces suelen ser idealizados, como si no tuvieran defectos y por el hecho de pertenecer a grupos vulnerables, no estuvieran exentos de los vicios y virtudes; por eso el público ya se hartó de los personajes inclusivos, si bien son ficción, que los muestren de manera maniqueísta y planos, les resta profundidad y humanidad.

En el caso de la literatura indigenista, Rosario Castellanos en su momento no escatimó en mostrar a los indígenas tal cual, con su crueldad y sus errores; Eraclio Zepeda, como dicen todavía los idealizó; en cambio, el autor chiapaneco, Mikel Ruiz, ya no muestra empacho en mostrar la podredumbre de quienes pertenecen a estos grupos.

Si bien la sociedad avanzó en el hecho de que las minorías ya puedan ser visibilizadas y estás ya tengan el respeto y reconocimiento, eso no los hace intocables ni santos, son iguales que el resto, seres humanos con grandes defectos, anhelos y virtudes; entonces, la igualdad, equidad, justicia y juicios deben utilizarse sin distinción.

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