En el cruce del camino

Tres vecinos, dos conversaciones

Por Fernando Castellanos Cal y Mayor

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Hay una rareza en el mapa de Norteamérica. Estados Unidos discute con Canadá como hacía mucho no lo veíamos y, al mismo tiempo, mantiene con México una conversación que, aun cargada de asuntos mucho más incómodos —fentanilo, migración, armas, cárteles, soberanía—, no se ha roto. Ottawa y Washington intercambian aranceles y endurecen el lenguaje; México y Estados Unidos discrepan, negocian y vuelven a sentarse. No sé cuánto durará esta fotografía, pero sería un error dejarla pasar: por primera vez en mucho tiempo, el vecino aparentemente más complicado de Estados Unidos no necesariamente es México.

No significa que Canadá se haya convertido en adversario nuestro ni que México sea ahora el consentido de Washington. Esa lectura serviría para una sobremesa, no para entender lo que está ocurriendo. Las tres economías que durante décadas aprendieron a producir juntas están administrando de manera muy distinta este nuevo momento. Donald Trump volvió a los aranceles como instrumento de presión; Mark Carney decidió que existe un punto en el que seguir cediendo cuesta más políticamente que responder, y México, hasta ahora, ha optado por resistir la presión sin romper la conversación.

El choque entre Washington y Ottawa ya dejó de ser menor. Estados Unidos elevó aranceles sobre productos canadienses y Canadá respondió anunciando contramedidas. Automóviles, acero, aluminio, energía y manufacturas aparecen una y otra vez en una discusión que tiene un problema de fondo: Canadá y Estados Unidos no solamente comercian, producen juntos. Hay componentes que cruzan varias veces la frontera antes de convertirse en un producto terminado. Por eso creo que eventualmente volverán a negociar. Demasiado dinero, demasiadas fábricas y demasiados empleos dependen de esa relación como para mantenerla indefinidamente atrapada en el enojo político. La pregunta es qué se habrá roto para entonces.

Mientras tanto, México está jugando distinto.

Me detuve a leer lo que publicó cada lado después del reciente encuentro entre el canciller mexicano y Marco Rubio. Es un ejercicio que recomiendo hacer de vez en cuando con la diplomacia: no quedarse con la fotografía, sino comparar los pies de foto. Washington puso el acento en migración, fentanilo y cárteles; México habló de seguridad y narcotráfico, pero agregó tráfico de armas, responsabilidad compartida, soberanía y cooperación. Misma reunión, dos relatos. Y no veo necesariamente una contradicción. Rubio habla también para Washington y México habla para México. Lo verdaderamente importante es que, después de contar cada uno su versión, la puerta siguió abierta.

Ahí está nuestra oportunidad.

No en festejar el pleito entre Estados Unidos y Canadá. Sería torpe. Canadá es socio de México y una fractura seria de Norteamérica terminaría pasándonos factura. Tampoco en competir por convertirnos en el vecino favorito de Washington. Los favoritos cambian con los gobiernos; los intereses sobreviven a ellos. México puede aspirar a algo bastante más importante: convertirse en el socio que mantiene interlocución con ambos y cuyo peso económico haga cada vez más costoso prescindir de él.

El T-MEC sigue siendo la pieza central. No está muerto, aunque por momentos pareciera que algunos ya le preparan el funeral. Sigue vigente y la decisión estadounidense de no extender por ahora su horizonte abrió una etapa de revisiones y presión negociadora. Trump entiende perfectamente el valor de la incertidumbre: mientras la continuidad de las reglas esté periódicamente sobre la mesa, Washington conserva una palanca para discutir manufactura, reglas de origen, agricultura, acero, aluminio y seguridad económica.

México necesita jugar esa partida con cabeza fría. No creo que nuestra estrategia deba ser hacer frente común contra Estados Unidos ni correr hacia Washington dejando atrás a Canadá. Podemos preservar el carácter trilateral del acuerdo y, al mismo tiempo, negociar bilateralmente todo aquello que beneficie nuestros intereses. No hay contradicción. Hay pragmatismo.

Pero tampoco nos engañemos: la geopolítica puede abrir la puerta y aun así podemos quedarnos afuera.

México tiene frontera, industria, trabajadores, cadenas de suministro y una ubicación que ningún competidor puede copiar. Pero para convertir este momento en inversión necesitamos energía, infraestructura, seguridad, logística y certidumbre. El nearshoring ya no es solamente una discusión de costos. Estados Unidos quiere reducir dependencias asiáticas en sectores estratégicos y acercar producción a su propio territorio. Si hacemos bien las cosas, México puede ocupar un lugar mucho más importante en esa reorganización.

No por amistad.

Por necesidad.

Esa diferencia importa.

Durante años hablamos de la ventaja de ser vecinos de Estados Unidos. Tal vez llegó el momento de dejar de pensar solamente en cercanía y comenzar a pensar en indispensabilidad. Que una empresa estadounidense no produzca en México porque sea barato hacerlo, sino porque sacar a México de su cadena resulte caro. Que nuestra relación comercial no dependa del ánimo de un presidente, sino de millones de empleos y miles de millones de dólares que hagan racional conservarla.

Ahí encuentro la lección más interesante del choque con Canadá. Ottawa ha decidido responder golpe por golpe. México ha preferido, hasta ahora, administrar diferencias, negociar y evitar que una disputa contamine toda la relación. No sé cuál estrategia producirá mejores resultados para Canadá; sus circunstancias son distintas. Lo que sí sé es que México no debería copiar automáticamente la estrategia de nadie.

Debe construir la suya.

No tomaría partido entre Washington y Ottawa. Tomaría partido por México. Mantendría abierta la conversación con Estados Unidos, cuidaría nuestra relación con Canadá y utilizaría cada espacio del T-MEC para profundizar nuestra integración productiva. La mejor defensa frente a una amenaza arancelaria no siempre es otro arancel. A veces es conseguir que imponerlo también le duela demasiado a quien lo amenaza.

Mi impresión es que Estados Unidos y Canadá volverán a entenderse. La geografía, la energía y las fábricas terminarán obligándolos. Pero difícilmente regresarán intactos al punto de partida. Algo se ha movido en la confianza norteamericana y las empresas suelen registrar esos movimientos antes que los gobiernos.

México tiene una ventana. No sabemos cuánto durará.

No para ocupar el lugar de Canadá ni para convertirnos en el favorito temporal de Washington, sino para ganar algo bastante más duradero: peso propio dentro de Norteamérica. Las amenazas cambian, los aranceles suben y bajan, los presidentes terminan sus periodos. Una fábrica instalada en México permanece; una cadena de suministro permanece; un corredor logístico permanece.

Por eso, detrás de todo el ruido de estos días, yo no preguntaría quién está ganando el pleito entre Trump y Carney. Preguntaría qué está haciendo México mientras ellos lo tienen.

Ahí puede estar la verdadera oportunidad.

No ganar el pleito de nuestros vecinos. Ganar nuestro lugar entre ellos.

Porque el próximo capítulo de Norteamérica no lo va a escribir necesariamente quien grite más fuerte o imponga el arancel más alto. Puede terminar escribiéndolo quien consiga volverse demasiado importante para dejarlo fuera.

Ese debería ser México.

Y ese es hoy, para nosotros, el cruce del camino.

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