EDITORIAL

El Verde deja claro que no apoya conducta de Andy

Los problemas para Morena no terminan con la revocación de la visa por parte de Estados Unidos contra algunos personajes del movimiento guinda, como Marina del Pilar y Rubén Rocha Moya, gobernadores de Baja California y Sinaloa, el último con licencia, a quienes se les ha señalado de estar inmiscuidos en hechos de delincuencia organizada. Ahora se sumó el caso de Andrés Manuel López Beltrán, el hijo del ex presidente AMLO.

No se sabe el motivo real del porqué la cancelación de su visa, pero ya todo mundo se adelantó para erigirse como jueces, pues mientras unos lo crucifican como el cáncer que carcomerá y dará la puntilla a las derrotas de Morena, ahora los partidos aliados también pintan su raya y se apartan de brindarle el respaldo al popular Andy, aunque él diga que no le gusta que lo llamen de esta forma, sino como se llama su señor padre.

La respuesta de Andy a la cancelación de la visa, exhibió algo que Morena quizá no quería mostrar: la incomodidad que existe cuando los intereses personales, familiares y políticos terminan mezclándose con los intereses del Estado.

La posición asumida por Andy tampoco ayuda demasiado. En lugar de permitir que las autoridades correspondientes expliquen las razones de una decisión tomada por el gobierno estadounidense, optó por convertir el asunto en un reclamo político. Y ahí está el problema: una situación personal no tendría por qué convertirse automáticamente en un asunto de Estado.

Mucho menos cuando México enfrenta una relación particularmente compleja con Estados Unidos. La diplomacia exige prudencia, inteligencia y, sobre todo, entender que no todo conflicto personal debe convertirse en bandera política. Cuando se tiene una responsabilidad pública, cada declaración tiene consecuencias y cada exceso puede terminar pagando la factura el país entero.

Lo verdaderamente cuestionable es que desde el gobierno mexicano se haya asumido una defensa que parece desproporcionada. ¿Por qué tendría que intervenir el Estado para respaldar a un ciudadano ante una decisión migratoria de otro país? ¿Dónde termina la solidaridad política y dónde comienza la defensa institucional?

Y es justamente ahí donde cobra relevancia la postura del senador Luis Armando Melgar. El legislador del Partido Verde puso sobre la mesa una discusión que incomoda a Morena: el Verde no necesariamente tiene que pensar igual que Morena, aunque sea su aliado electoral. Melgar reivindicó su derecho a tener voz y voto propios y recordó que su partido debe valorar, con cabeza fría, el futuro del convenio de coalición rumbo a 2030.

El Verde sabe que las alianzas no son matrimonios indisolubles. Son acuerdos de conveniencia política que sobreviven mientras existan coincidencias, beneficios y objetivos comunes. Cuando una de las partes pretende imponer condiciones, la otra tiene derecho a replantearse el acuerdo.

Melgar lo dijo con claridad durante el programa de Azucena Urioste al advertir que el Verde no busca ser un partido de “sometidos”. Y aunque la expresión puede parecer dura, refleja una realidad política: Morena necesita aliados, pero los aliados también necesitan conservar identidad propia.

El problema para Morena es que el caso Andy está dejando de ser exclusivamente un asunto relacionado con un personaje y empieza a convertirse en una prueba para medir hasta dónde llega la disciplina de sus aliados, porque una cosa es defender un proyecto político y otra muy distinta defender todas las conductas, decisiones o controversias de quienes forman parte de él.

Si Morena pretende que todo lo que cuestione a sus figuras sea considerado un ataque contra México, entonces el debate democrático queda reducido a una lógica peligrosa: lo que beneficia al movimiento es bueno para el país y lo que lo perjudica es malo para México.

Por eso la posición de Melgar merece atención. No necesariamente porque el Verde haya roto con Morena —eso sería adelantarse a los acontecimientos—, sino porque empieza a dibujarse una postura menos subordinada y más calculadora frente a lo que viene.

Y ya no se piense en el 2030 pues el 2027 está más cerca y el Verde tendrá que decidir si quiere seguir siendo acompañante de Morena o convertirse en una fuerza con capacidad real de negociar, disentir y competir.

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