Los territorios no se desarrollan por el dinero que reciben

 J. Eduardo Pineda Arenas

La diferencia entre un territorio que progresa y otro que permanece estancado no está en el tamaño de su presupuesto, sino en las capacidades que logra construir con él.

PRIMERA LEY DEL LIDERAZGO ESTRATÉGICO TERRITORIAL

Ningún territorio se desarrolla por el dinero que recibe. Se desarrolla por las capacidades permanentes que ese dinero logra construir.

Durante décadas hemos hecho la misma pregunta cuando hablamos de desarrollo:

¿Cuánto dinero se destinó?

Y quizá esa sea una de las preguntas más equivocadas que hemos aprendido a formular.

Porque ningún territorio se desarrolla por el tamaño de su presupuesto.

Si así fuera, bastaría aumentar cada año el gasto público para garantizar prosperidad.

La realidad demuestra exactamente lo contrario.

Existen regiones que durante décadas han recibido enormes recursos y continúan enfrentando pobreza, baja productividad y escasas oportunidades.

Al mismo tiempo, otras, con presupuestos mucho más modestos, han logrado transformar profundamente su economía y su calidad de vida.

Entonces, el dinero no explica la diferencia.

La verdadera explicación está en otra parte.

No importa solamente cuánto dinero entra a un territorio.

Importa en qué logra convertirse antes de desaparecer.

El presupuesto es transitorio.

Las capacidades pueden ser permanentes.

Esa es la diferencia.

Un territorio comienza a cambiar cuando transforma recursos temporales en ventajas permanentes.

Conocimiento.

Capital humano.

Infraestructura útil.

Instituciones confiables.

Innovación.

Conectividad.

Organización productiva.

Confianza.

Cuando esas capacidades permanecen, el presupuesto ya cumplió su propósito.

Cuando no permanecen, el dinero termina y el territorio vuelve exactamente al punto donde empezó.

Por eso, la pregunta verdaderamente estratégica nunca ha sido cuánto dinero recibió una región.

La pregunta correcta es mucho más exigente:

¿Qué capacidades permanentes dejó ese dinero cuando desapareció?

Existe una diferencia fundamental entre consumir recursos y acumular capacidades.

Consumir recursos permite atender las necesidades del presente.

Acumular capacidades modifica las posibilidades del futuro.

La diferencia parece pequeña.

En realidad, explica buena parte del éxito o del fracaso de los territorios.

Cada presupuesto representa una oportunidad para decidir entre esos dos caminos.

Puede destinarse exclusivamente a mantener funcionando lo que ya existe.

O puede utilizarse para fortalecer aquello que permitirá producir más, competir mejor y depender menos en los años siguientes.

Ahí es donde el desarrollo deja de ser solamente un asunto financiero y se convierte en una decisión estratégica.

Porque una capacidad nueva no beneficia únicamente al proyecto que la originó.

Produce un efecto multiplicador.

Una empresa más competitiva impulsa a sus proveedores.

Un trabajador mejor preparado eleva la productividad de toda una organización.

Una institución más confiable reduce costos, incertidumbre y tiempo para miles de ciudadanos.

Una mejor conectividad acerca mercados, conocimiento e inversión.

Cada capacidad puede generar nuevas capacidades.

SEGUNDA LEY DEL LIDERAZGO ESTRATÉGICO TERRITORIAL

El desarrollo comienza cuando un territorio deja de limitarse a consumir recursos y empieza a acumular capacidades.

Un recurso consumido desaparece cuando se ejerce.

Una capacidad bien construida continúa produciendo valor mucho tiempo después.

Por eso, los territorios verdaderamente exitosos no concentran toda su atención en cuánto dinero logran obtener.

Concentran su inteligencia en decidir qué capacidades deben construir primero, porque saben que serán ellas las que producirán la riqueza del mañana.

Los territorios no compiten únicamente por atraer recursos.

Compiten por la velocidad, la inteligencia y la eficacia con las que logran convertirlos en capacidades permanentes.

Todo presupuesto, tarde o temprano, llega a su fin.

Las administraciones cambian.

Los programas concluyen.

Las obras dejan de ser noticia.

Las inauguraciones se olvidan.

Pero el territorio permanece.

Y precisamente ahí comienza la verdadera evaluación.

No cuando se corta un listón.

No cuando se presenta un informe.

No cuando se anuncia que el presupuesto fue ejercido al cien por ciento.

La evaluación comienza varios años después.

Cuando ya no existe el programa.

Cuando el recurso extraordinario desapareció.

Cuando la administración responsable dejó el cargo.

Es entonces cuando surge la única pregunta que realmente importa:

¿El territorio quedó con mayores capacidades para enfrentar el futuro?

Si la respuesta es sí, el presupuesto cumplió una misión histórica.

Si la respuesta es no, probablemente solo financió necesidades temporales.

Por eso, la diferencia entre un gasto y una inversión no se encuentra únicamente en la contabilidad.

Se encuentra en la permanencia de sus resultados.

El desarrollo auténtico no consiste simplemente en gastar más.

Consiste en dejar capacidades que sigan produciendo bienestar cuando ya nadie recuerde cuánto costaron.

Quizá esa sea una de las responsabilidades más importantes de quienes toman decisiones públicas o privadas.

No administrar únicamente recursos.

Sino construir capacidades capaces de sobrevivir a los presupuestos, a los gobiernos y, muchas veces, incluso a las generaciones que las hicieron posibles.

Porque, al final, la historia no recuerda cuánto dinero tuvo un territorio.

Recuerda lo que ese territorio fue capaz de construir con él.

El verdadero patrimonio de un territorio no es su presupuesto anual. Son las capacidades permanentes que logra acumular generación tras generación.

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