Edgar Hernández Ramírez
El controvertido regreso de Juan Sabines
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La reunión entre Eduardo Ramírez Aguilar y Juan Sabines Guerrero no fue una simple cortesía entre un gobernador en funciones y un exmandatario. En política, las fotografías nunca son inocentes, menos cuando uno de los retratados carga con un profundo descrédito social y su nombre continúa asociado, en la memoria de muchos chiapanecos, con frivolidad, corrupción, endeudamiento y saqueo de las arcas públicas.
La pregunta no es solamente por qué Ramírez recibió a Sabines, sino por qué decidió hacerlo público. El encuentro pudo quedar en privado o reducirse a una nota protocolaria; sin embargo, el gobernador eligió difundirlo acompañado de una frase provocadora: “La buena política siempre suma a todos los actores que, en su momento, han trabajado por Chiapas”.
La reacción fue inmediata. Para una parte considerable de la ciudadanía, la imagen no significó apertura ni civilidad política, sino tolerancia al regreso del sabinismo. Muchos leyeron complicidad, continuidad, impunidad y hasta una posible ruta de rehabilitación a través del hijo del exgobernador.
Pero existe otra lectura. Eduardo Ramírez difícilmente ignoraba el rechazo que produciría la fotografía, pues sabía que el nombre de Sabines sigue siendo un detonador de indignación. Si aun así decidió exhibir el encuentro, quizá buscó precisamente eso: que la sociedad chiapaneca volviera a pronunciarse y dejara claro que cualquier intento de retorno político del exgobernador o de su grupo enfrenta un muro de memoria y repudio.
Bajo esta hipótesis, Ramírez no habría presentado a Sabines como aliado, sino como una figura sometida nuevamente al juicio público. No lo descalificó ni lo confrontó. Lo colocó frente a la sociedad y dejó que fueran los ciudadanos quienes recordaran su legado.
La maniobra tendría varias ventajas. Evita convertir a Sabines en víctima de exclusión, mide qué actores todavía lo respaldan, identifica a sus antiguos operadores y envía una señal a quienes pretendan reconstruir su corriente. El mensaje sería sencillo: una cosa es ser recibido y otra muy distinta estar políticamente rehabilitado.
La publicación posterior de Ramírez Aguilar, trece horas después, reforzó esta interpretación. El gobernador habló de tentaciones, corrupción, oportunismo, saqueo, congruencia y ausencia de complicidades. No mencionó a Sabines, pero el contexto hizo inevitable la asociación. La frase “no establezco relaciones de complicidad con nadie” funcionó como deslinde y como corrección del sentido de la fotografía.
Puede haber sido control de daños. También pudo ser la segunda parte de una secuencia calculada. Primero se expone el encuentro y se observa la reacción; después se fija una frontera moral. Se recibe al personaje, pero se aclara que la cortesía no implica pacto, absolución ni olvido.
Incluso el mensaje escrito en la pared del salón añadió una carga simbólica. La frase de Marco Aurelio (no de Heráclito) sobre cumplir con el deber y no dejarse atraer por quienes andan extraviados parecía ordenar la escena. Ramírez aparecía como el gobernante que conoce el camino; Sabines, como la figura de un pasado que lo perdió.
Toda operación basada en la ambigüedad entraña riesgos. Muchos ciudadanos no vieron una advertencia al sabinismo, sino una rehabilitación. No interpretaron contención, sino cercanía.
La reunión fue, probablemente, un acto de pragmatismo político. El gobernador mostró que puede dialogar con todos sin subordinarse a nadie, pero también lanzó una señal hacia el interior de la clase política: el pasado puede tocar la puerta, aunque no necesariamente volver a gobernar.
La síntesis más provocadora sería ésta: Eduardo Ramírez no hizo pública su cercanía con Juan Sabines; hizo visible la enorme distancia que todavía existe entre Sabines y la sociedad chiapaneca.




