Mundial y elecciones 2027: lo que realmente nos dejó el futbol

Juan Pablo Zárate Izquierdo*

Bueno, el final del mundial llegó. Sin embargo ahí seguimos, en las calles, en los cafés, en las oficinas, discutiendo al campeón, a las sorpresas, a las figuras que decepcionaron y a los partidos que ya quedaron instalados en la memoria colectiva. El futbol (más en un Mundial) nunca termina con el silbatazo final, eso ya se sabe. Lo que quizá vale la pena preguntarse ahora es por qué su historia real empieza justo cuando dejamos de mirar la cancha.

El futbol al final resulta un ritual social. Se ven colores, himnos, predicciones, reuniones familiares, emociones compartidas. Once jugadores disputan un balón mientras millones construyen una experiencia colectiva, algo que el mismo futbol no podría explicar.

Durante un mes vimos, otra vez, lo que ocurre cada cuatro años sin dejar nunca de sorprender del todo. Familias enteras modificaron sus horarios para reunirse frente a una pantalla. Amigos que se reencontraron después de meses. Desconocidos gritando en una plaza celebrando un gol. En una sociedad cada vez más fragmentada, el futbol logró algo que pocas cosas consiguen: sincronizar emociones a escala masiva.

Hartmut Rosa, sociólogo alemán, tiene un concepto que ilumina bastante bien este fenómeno. En sociedades aceleradas, en la que ya vivimos y donde la velocidad de la tecnología y del trabajo dificulta construir vínculos, propone un modelo de resonancia: esos momentos en que las personas logran sentirse genuinamente conectadas entre sí y con el mundo.

Un Mundial produce justamente eso, uno de esos escasos espacios de resonancia colectiva, aunque sea de manera efímera. Noventa minutos en los que la tensión, la esperanza o la tristeza se viven como un momento único.

Ahora bien, sería un error quedarse solo en el registro emocional. Francis Fukuyama, en su libro “Identidad: La búsqueda de dignidad y la política del resentimiento», plantea algo que complementa bien esta lectura: buena parte de la política actual gira en torno a la demanda de reconocimiento, la necesidad de pertenecer a una comunidad que otorgue sentido y dignidad.

El Mundial satisface temporalmente esa demanda.

La camiseta deja de ser prenda deportiva para convertirse en símbolo de pertenencia; el himno deja de ser un protocolo para ser una emoción compartida. Puede sonar exagerado estudiar un torneo de futbol con las mismas herramientas con que se estudia una elección o un movimiento social, pero no lo es, ambos fenómenos revelan cómo una sociedad construye pertenencia y cómo manifiesta frustraciones acumuladas.

Vimos como el futbol nos habló de rituales, de símbolos, de comunidad y hasta de las predicciones que muchos aficionados practican antes de cada partido. Desde una mirada superficial podrían parecer simples supersticiones. Sin embargo, las ciencias sociales explican que esos pequeños rituales ayudan a enfrentar la incertidumbre y más en un país como México.

Cuando el resultado depende de factores que escapan completamente a nuestro control, las personas buscan mecanismos que les permitan sentir cierta estabilidad emocional. El Mundial simplemente concentra esa lógica en un escenario donde participan millones al mismo tiempo, y eso la vuelve más visible, más fácil de estudiar.

Mientras tanto, claro, el mundo sigue su curso, en los próximos cuatro años la inteligencia artificial seguirá reconfigurando la educación, la economía, la manera en que consumimos entretenimiento; la realidad aumentada y las plataformas digitales seguirán caminando esa frontera entre lo físico y lo virtual que ya hoy resulta difícil de delimitar.

Las conversaciones serán diferentes. Las formas de consumir información también. Incluso nuestra manera de participar como ciudadanos evolucionará conforme aparezcan nuevas herramientas tecnológicas.

Antes de que vuelva a rodar el balón en la próxima Copa del Mundo en 2030, México atravesará otro tipo de movilización colectiva: las elecciones de 2027. Aunque el deporte y la política pertenecen a ámbitos distintos, ambos revelan una característica esencial de las sociedades contemporáneas: la necesidad de participar en causas comunes. En el Mundial nos reunimos alrededor de una selección; en democracia, se supone, habrá que reunirse alrededor de proyectos de nación.

La diferencia no es menor. El entusiasmo futbolero se agota en semanas; una decisión política tiene consecuencias durante años. Ahí está, me parece, la coyuntura incómoda que este Mundial deja pendiente: Si somos capaces de organizarnos para celebrar un partido, también deberíamos ser capaces de organizarnos para dialogar y participar en la construcción del futuro común

No habría una respuesta ordenada para eso, y sospecho que nadie la tiene todavía. Lo que sí parece razonable afirmar es que esa energía colectiva que vimos durante semanas no desaparecerá sin más: se transformará, buscará otro objeto y en los próximos meses la veremos migrar hacia el terreno electoral.

Entender esa nueva orientación de esas energías, más que celebrarla o lamentarla, deberá ser tarea de quienes observamos la vida pública desde la sociología o la ciencia política.

Dentro de cuatro años volverá el mayor espectáculo futbolístico del planeta. Llegarán nuevas estrellas, nuevas tecnologías, nuevas formas de vivir los partidos y probablemente una experiencia completamente distinta a la que acabamos de presenciar. Tal vez veremos transmisiones potenciadas por inteligencia artificial, análisis en tiempo real personalizados y formas de interacción que hoy apenas imaginamos.

Sin embargo, la verdadera pregunta no es cómo será el próximo Mundial, sino cómo habremos cambiado nosotros cuando llegue ese momento.

Cuando vuelva a rodar el balón en el próximo Mundial, el mundo habrá cambiado. La tecnología será distinta sí, nuestras formas de convivencia también. Lo deseable es que, además de innovaciones digitales, lleguemos con una sociedad más consciente de sí misma, más comprometida con su democracia y más convencida de que los grandes acontecimientos colectivos no solo sirven para entretenernos, sino también para comprender quiénes somos y hacia dónde queremos ir.

Y las elecciones ya están a la vuelta de la esquina, donde todos en Chiapas y en México habrán de ponerse camisetas y vivir emociones en el 2027.

* Profesor Investigador en Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Ciencias y Artes de Chiapas

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