EDITORIAL

Somos felices y no lo sabíamos, ¡qué maravilla!

¡Qué maravilla! México es el duodécimo país más feliz del mundo. Una encuesta elaborada por la Universidad de Oxford, Gallup y la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (SDSN) de la ONU concluye que estamos prácticamente en la gloria: somos un país dichoso, satisfecho, donde la sonrisa de más de 132 millones de mexicanos parece estar a flor de piel.

Habrá que creerle al resultado. De lo contrario, se diría que existe una enorme distancia entre la felicidad que reflejan las estadísticas y la realidad cotidiana. Así que, por lo pronto, habría que sentirse agradecidos por esta dicha que nos atribuye el estudio.

Eso sí, hay que reconocer que Finlandia, Islandia y Dinamarca siguen llevando la delantera al ocupar, una vez más, los tres primeros lugares del ranking, principalmente por su desarrollo económico y sus sistemas de protección social. Muy cerca de ellos aparece Costa Rica, que se ubicó en la cuarta posición y es el país mejor evaluado del continente americano.

La medición toma en cuenta seis factores: Producto Interno Bruto per cápita, apoyo social, esperanza de vida, libertad, generosidad y percepción de corrupción. Además, compara los resultados con un escenario denominado «Distopía», una sociedad ficticia caracterizada por la opresión, la desigualdad extrema, la alienación y la pérdida de libertades; es decir, el opuesto de la utopía y una advertencia sobre las consecuencias de determinadas tendencias sociales, políticas y tecnológicas.

Ocupar el lugar 12 entre 147 países evaluados sí es un mérito que puede presumirse. También se afirma que los jóvenes de hoy son más felices que los de hace dos décadas. Quizá ese panorama alentador no tenga relación con la violencia que esa misma generación ha padecido durante los últimos diez años. Los que hoy ya no son tan jóvenes recuerdan que pocas veces la delincuencia organizada había alcanzado los niveles actuales. Sin embargo, resulta reconfortante saber que, pese a todo, la felicidad parece imponerse sobre los problemas.

También llama la atención que México supere a países desarrollados como Australia, Estados Unidos, Canadá y Reino Unido. Sin embargo, conviene precisar que este tipo de estudios no mide los problemas en los que México suele ocupar los primeros lugares, sino la percepción que las personas tienen sobre su propia vida. Y eso, evidentemente, es otra cosa.

Tampoco se trata de ser ave de mal agüero. Hay que reconocer el esfuerzo de realizar una medición global que busca entender por qué algunas sociedades se sienten más felices que otras. El propio estudio destaca que «los vínculos familiares y la cohesión comunitaria funcionan como un activo de resiliencia único que protege la percepción de felicidad en la región».

Asimismo, el reporte concluye que «el capital social intangible compensa las limitaciones materiales, consolidando un modelo de bienestar basado en las relaciones humanas por encima de la riqueza económica».

Lo sorprendente es que esa felicidad parece reflejarse con mayor fuerza en las redes sociales, donde los jóvenes son quienes más la expresan. Es decir, poco importa si existe pobreza, si hay miles de personas desaparecidas, si el empleo formal no crece al ritmo necesario, si millones sobreviven en la informalidad o si la violencia y el consumo de drogas siguen distinguiendo al país como uno que no ha logrado combatir las causas de estos fenómenos, no de ahora, sino desde hace más de una década.

La presidenta de México sostiene que el pueblo quiere garantizar sus derechos y su felicidad, y que si el país ocupa los primeros lugares en este índice es porque los mexicanos han decidido preservar esos valores.

Lo cierto es que esta encuesta deja fuera buena parte de los datos que pueden medirse con cifras oficiales, como las del Inegi, la Fiscalía General de la República y otras instituciones. La diferencia entre lo que dicen los indicadores y la forma en que las personas afirman sentirse evidencia que percepción y realidad no siempre caminan de la mano.

Tampoco parece coincidir la baja percepción de corrupción que refleja el estudio con los indicadores internacionales que, año tras año, colocan a México entre los países con mayores problemas en esta materia.

Al final, el resultado sirve muy bien como discurso oficialista. Habrá que ver cómo evoluciona esa felicidad en el devenir de la vida de los mexicanos. Ojalá sea auténtica y no solamente una percepción estadística que termina chocando con la realidad que millones de connacionales enfrentan todos los días.

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