Legisladores no tienen paga, ¡pobrecitos!
México ha construido, a lo largo de su historia, una reputación que pocos pueden cuestionar: la de ser un pueblo solidario. Cada vez que una tragedia golpea cualquier rincón del país o del extranjero, miles de mexicanos responden con generosidad. Lo mismo ocurrió ahora con Venezuela. Mientras la ciudadanía organizó centros de acopio y donó alimentos, agua y artículos de primera necesidad, las instituciones movilizaron personal especializado para participar en las labores de rescate.
La solidaridad no distingue fronteras. Chiapas sabe bien lo que significa recibir la mano amiga. Tras los devastadores sismos de 2017, la ayuda llegó de todos los rincones de México. En momentos de desgracia, poco importa la nacionalidad de quienes sufren; lo que prevalece es el sentido humano de ayudar a quien lo necesita.
Sin embargo, esta tragedia también volvió a exhibir el contraste entre el México de la gente y el México de la clase política. Hoy, para desgracia de ese México lindo y querido que se mostró unido durante los partidos de la Selección Nacional en el Mundial, ha quedado al descubierto la otra cara: la de los políticos. Sí, la de aquellos que se vuelven amables, simpáticos y hasta solidarios cuando llega el momento de pedir el voto.
La tragedia en Venezuela ha confirmado lo de siempre: el pueblo «bueno y sabio» sí responde al llamado para cooperar con lo que puede y enviar víveres. Son precisamente esas familias que viven al día las primeras en sacar unos cuantos pesos de su bolsillo para hacer una donación.
¿Y los políticos, los funcionarios y los representantes populares qué aportan? Según ellos mismos, nada. Argumentan que no pueden distraerse de sus funciones institucionales. Al parecer, el dolor ajeno y la desgracia no figuran entre sus prioridades.
Resulta lamentable que no les conmueva la desesperación ni la situación precaria que padecen cientos de miles de personas afectadas por los sismos.
Ricardo Monreal, presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República, fue tajante al declarar que únicamente cinco legisladores de los 500 que integran el Congreso de la Unión —entre diputados y senadores— donaron víveres para Venezuela.
El dato es alarmante, pero cierto. Y antes de rasgarnos las vestiduras por los legisladores de otras entidades, valdría la pena preguntarnos dónde están los representantes de Chiapas y por qué ninguno quiso desprenderse de unos cuantos pesos de los miles que reciben cada quincena.
El dato cobra aún mayor relevancia porque, como se mencionó al inicio de esta entrega, fueron únicamente trabajadores, personal administrativo e incluso proveedores de la Cámara de Diputados quienes aportaron los artículos enviados a Venezuela.
No cabe duda de que, en este caso, sí se aplicó la política de austeridad que tanto pregona —aunque pocas veces practica— la Cuarta Transformación. Los legisladores prefirieron cuidar su cartera; quizá les será de mayor utilidad cuando inicien las campañas rumbo a las elecciones de 2027.
Es una lástima que diputados federales y senadores hayan optado por hacerse de la vista gorda. Resulta preocupante que quienes ya promocionan su imagen en las calles de Chiapas, mediante bardas y espectaculares con miras a convertirse en candidatos a un cargo de elección popular, no hayan mostrado la voluntad de cooperar con quienes hoy padecen una tragedia.
¿Dónde está el apoyo de esos políticos que ya buscan posicionarse para una alcaldía o una diputación? Decir que es una grosería que diputados y senadores ignoren los llamados de auxilio resulta insuficiente. Quizá sea más apropiado entenderlo como una muestra de falta de sensibilidad política o, peor aún, como la convicción de que un gesto de solidaridad no les generaría votos.




