Regaño sublime de ERA a sus funcionarios
El mensaje que el gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez Aguilar, dirigió a los integrantes de su gabinete legal y ampliado fue tan contundente que, si no entienden el jalón de orejas, varios de ellos o ellas podrían estar despidiéndose del servicio público.
La sentencia tiene un tinte lapidario. Les dijo: “No olviden que el poder y el encargo son vigilados, controlados y, sobre todo, prestados. No sean soberbios, porque la caída sería estrepitosa”. Si los funcionarios no entienden la advertencia del mandatario, entonces más vale que se vayan preparando, porque en cualquier momento podría llegar la guillotina.
El mensaje pareciera llevar dedicatoria, pues durante la semana que acaba de concluir, en redes sociales, un par de funcionarios de pacotilla, de segundo nivel, intentaron poner obstáculos a servidores públicos del sector Educación que, si por algo se distinguen, es por su trabajo directo con la gente y por la transparencia de su actuar. Ante la embestida, respaldada por algunos corifeos de páginas virtuales, la ciudadanía manifestó su apoyo a quienes fueron vilipendiados sin razón.
El mandatario sabe de dónde provienen los embates; por eso, antes de que el panorama se ennegreciera, prefirió darles una lección. Su discurso fue crucial, directo y sin intermediarios: “El poder no cambia a las personas, sino que revela su verdadera dimensión”, precisó.
También se refirió a que desempeñarse en el servicio público no debe hacerse sin convicción ni causa, porque entonces el funcionario que recibe un gramo de poder formal “cree que posee una tonelada de autoridad. Y ahí es cuando se convierte en un tirano de bolsillo, de esos que abusan porque, por fin, alguien les hace caso o porque existe la obligación de considerarlos”.
La profundidad del mensaje no tendría razón de ser si dentro del organigrama gubernamental algunos personajes, aprovechando coyunturas políticas y rencillas personales, no estuvieran abusando de la confianza que el gobernador les otorgó para asumir el cargo, ya sea como secretario de Estado, director, subsecretario o incluso jefe de departamento.
Decimos que abusan porque provocan intrigas y generan grupos de choque. Así, simplemente, no se puede responder a un pueblo que está ávido de atención personalizada, con eficiencia y eficacia. El ejemplo de los «jefes» debe reflejarse en buenos modales y en una conducta ejemplar hacia sus subordinados, pues solo así se pueden garantizar respuestas favorables para quienes hacen uso de los servicios públicos.
En varias oficinas, llámense subsecretarías o direcciones, sus titulares pecan de soberbios y, al parecer, no se dan cuenta de que los subalternos que los rodean prefieren renunciar o, en su caso, regresar a su puesto original antes que permanecer comisionados en un lugar donde el trato hacia el propio personal dista mucho de ser humanizado.
El valor del puesto debe ser igual en importancia, aunque no en percepción económica. Sin embargo, ello no implica que, parafraseando al mandatario, “el falto de vocación no sabe liderar, sabe imponer. Porque el encargo no le queda grande, le queda prestado y, como en el fondo sabe que no merece estar donde está, necesita gritar para que nadie note su incompetencia. Necesita humillar para sentirse superior, porque el estadista que vale inspira; el que no, intimida”.
Y tiene mucha razón. Hoy en día, a pesar de los nuevos tiempos, aún hay personajes a quienes les gusta gritar, golpear la mesa, humillar y denigrar. Creen que alzar la voz, ser despectivos o insultar les otorga autoridad y los convierte en buenos servidores públicos.
La educación se aprende desde casa; los buenos modales se inculcan en el seno familiar y se consolidan —o deberían consolidarse— mediante los estudios y la superación académica. Sin embargo, la sorpresa es que, aun con estudios superiores, algunos terminan comportándose como auténticos patanes.
Decíamos que pareciera que el gobernador se tomó el tiempo para dedicarles un mensaje, recordándoles que “el improvisado se escuda en un nombramiento, en un título, en una pequeña cuota de mando, y desde ahí se venga de todas las veces que lo ignoraron. Se vuelve déspota con el de abajo, porque con el de arriba es un aplaudidor servil”.
Para el gobernador Ramírez Aguilar, *“esa es su doble cara: súbdito con los fuertes, verdugo con los débiles. Aprovecharse de esa vulnerabilidad no es solo una falta; es una traición al sentido más profundo del humanismo.
Por eso, en la alta responsabilidad de gobernar, si nos topamos con uno de estos personajes, no debemos detenernos. No vale la pena desgastar la investidura discutiendo con quien está vacío de convicciones, pero empoderado transitoriamente. Eso nos bajará a su nivel, nos ganará por experiencia en la intriga y nos distraerá de las verdaderas causas del pueblo”.
Si el regaño no fue suficiente para quienes les queda el saco, entonces harían bien en hacer suya la profundidad de estas palabras que el gobernador les dirigió. Más claro, ni el agua.




