EDITORIAL

La sonrisa socarrona de la oposición ante el desliz periodístico sobre AMLO

El periodismo tiene la obligación de incomodar al poder, cuestionarlo y exhibir sus excesos. Pero cuando la búsqueda de la nota cruza la frontera de la vida privada y se adentra en el terreno de la insinuación, el rumor o la especulación, deja de servir al interés público y termina degradando su propia esencia.

La reciente publicación del periodista Edmundo Cázares sobre el expresidente Andrés Manuel López Obrador y el fallecido escritor Carlos Monsiváis ha desatado una polémica que poco aporta al debate nacional.

Más allá de las simpatías o antipatías políticas, el asunto obliga a reflexionar sobre los límites éticos del ejercicio periodístico y sobre la facilidad con la que ciertos sectores convierten cualquier episodio en un arma de confrontación.

Si las afirmaciones difundidas son falsas, constituyen una grave difamación que merece una rectificación y las consecuencias legales correspondientes. Pero incluso si existiera una grabación que respaldara las declaraciones atribuidas a Monsiváis, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿qué interés público tiene ventilar aspectos íntimos de una persona fallecida o insinuaciones sobre la vida privada de un expresidente? La respuesta parece evidente: ninguno.

La familia de Carlos Monsiváis ha rechazado categóricamente la versión publicada y ha exigido una disculpa pública. Su reclamo es legítimo. La memoria de una persona no puede convertirse en instrumento de disputas políticas ni en munición para alimentar la polarización que domina el escenario nacional.

También es inevitable observar el contexto en el que surge esta publicación. El diario que le dio cabida mantiene desde hace años una relación de abierta confrontación con la Cuarta Transformación. Ello no invalida la información ni cancela la libertad de expresión, pero sí obliga a cuestionar las motivaciones editoriales y el momento elegido para difundir una historia de más de dos décadas de antigüedad.

Cázares dijo que su conciencia está tranquila y que, para defender su honra, se ha dedicado a buscar la entrevista, la cual se encuentra en uno de los casi mil casetes que guarda en su biblioteca y donde, asegura, está la verdad de lo publicado, además de otras afirmaciones sobre la personalidad del exmandatario. Sin embargo, el contenido fue cuestionado por inconsistencias en las fechas y por familiares del escritor.

La oposición política y los detractores de López Obrador encontraron en el tema una oportunidad inmejorable para la burla y el escarnio. La sonrisa socarrona de quienes celebran el episodio refleja algo más profundo: la incapacidad de buena parte del debate público para elevarse por encima del chisme y la descalificación personal. Cuando la discusión política se reduce a la vida íntima de los adversarios, se empobrece la democracia y se renuncia a la crítica seria.

La respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum, con su ya famoso “ya supérenlo” y la musicalización del momento con una canción de Grupo Firme, exhibe otro fenómeno igualmente preocupante: la política convertida en espectáculo. El oficialismo y la oposición parecen coincidir en algo: ambos saben que el escándalo vende, genera clics y alimenta las emociones de sus respectivas audiencias.

Sin embargo, el país enfrenta problemas infinitamente más urgentes que las supuestas confesiones privadas de un escritor fallecido. La inseguridad, la economía, la crisis hídrica, la educación y la salud pública merecen ocupar el centro de la conversación nacional. El periodismo y la política deberían contribuir a ello, no distraer a la sociedad con episodios que sólo alimentan el morbo y la polarización.

Porque al final, más allá de las filias y las fobias hacia López Obrador, la verdadera discusión no es sobre la vida privada de un expresidente. La discusión es si estamos dispuestos a normalizar que el debate público se construya sobre rumores, insinuaciones y agravios personales. Si la respuesta es sí, entonces todos perdemos: pierde el periodismo, pierde la política y pierde, sobre todo, la sociedad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *