Crisis ambiental y cinismo político en Cacahoatán

  • A más de dos años de denuncias ciudadanas, inspecciones federales y promesas de clausura, el basurero clandestino en la comunidad La Soledad sigue recibiendo toneladas diarias de residuos.

Antonio Alejandro Zavaleta

La persistencia del basurero clandestino en la comunidad La Soledad, Cacahoatán, es el resultado de la política corrupta e inepta del actual presidente municipal Víctor Pérez Saldaña. Un sujeto nefasto que llegó al cargo público, pero se le olvidó que es un simple empleado al servicio del pueblo.


El basurero putrefacto y pestilente de la Soledad; es la consecuencia de una administración municipal resquebrajada, vacía, corrupta y promotora de malos manejos, que hace del emblema partidista una burla y de la protección ambiental, una simulación.


A más de dos años de denuncias ciudadanas, inspecciones federales y promesas de clausura, el tiradero sigue recibiendo toneladas diarias de residuos, mientras los lixiviados se filtran hacia el río Cahoacán y la salud pública permanece en vilo.


La omisión arrastra todo el dolo y la mala fe posible de unos pájaros de cuenta que despachan en la administración municipal. Es un problema estructural con nombre y apellido encabezado por Víctor Pérez Saldaña, presidente municipal surgido del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), cuya militancia ambientalista se desmorona ante la evidencia de un ecocidio local gestionado desde el poder.


Los hechos son contundentes, el basurero fue habilitado durante la actual administración sin cumplir las normas mínimas en materia ambiental y sanitaria, según los propios denunciantes.


Hasta las interrogantes a estas alturas, son corrosivas, pues el actual ayuntamiento encabezado por un inepto alcalde, contrapone su filiación partidista por la carente y decrépita defensa del medio ambiente.


El simulador seudo edil, encabeza un gobierno que permite la operación cotidiana de un foco de contaminación letal, que amenaza el principal cuerpo de agua de la región.


La PROFEPA, la SEMARNAT y la CONAGUA han sido notificadas, han inspeccionado y, sin embargo, el vertedero sigue activo. La omisión federal, hay que señalarlo, no exime la responsabilidad primaria del municipio, es el ayuntamiento el que autoriza, tolera o, en el mejor de los casos, es incapaz de detener la llegada de camiones recolectores al sitio. Una complicidad descarada a todas luces que engrosa la cartera de lacras mientras CACAHOATÁN y sus mantos acuíferos se infectan de mugre y pudrición.


Durante la temporada de lluvias, los líquidos podridos escurren hacia el río Cahoacán, del que dependen decenas de familias para uso doméstico y productivo. El derecho al agua limpia y a un medio ambiente sano —consagrado en la Constitución— está siendo violentado sistemáticamente, y la autoridad más cercana a la población, el ayuntamiento, no solo no garantiza su protección, sino que opera como facilitador del deterioro ambiental.


La molestia social es previsible y justificada cuando los habitantes llevan meses sin obtener respuesta efectiva mientras el cerro de basura se consolida como un paisaje a la mugre y al abandono institucional.


Resulta particularmente grave que un gobierno emanado del PVEM utilice la visión verde como plataforma electoral y, al mismo tiempo, sostenga un modelo de gestión de residuos que atenta contra los ecosistemas y la salud de su propia población.


No se trata únicamente de falta de infraestructura; se trata de una omisión deliberada que ha sido reiteradamente señalada sin que se impongan consecuencias reales. La no clausura definitiva del basurero es, en sí misma, una decisión política: optar por la ruta más barata y menos responsable, postergando una solución integral de manejo de residuos sólidos urbanos.


Porque lo que persiste en La Soledad no es solo basura, es el monumento nacional a la impunidad vestida de indiferencia, con un logotipo verde que se desvanece cada vez que un camión descarga desechos frente a los ojos de una comunidad que solo pide justicia, agua limpia y un gobierno que esté a la altura de sus obligaciones, no de sus siglas.

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