Periodismo e Inteligencia Artificial

Juan Pablo Zárate Izquierdo*

Hace unas semanas, recibí la invitación de la Agencia Digital Tecnológica del Estado de Chiapas a impartir una conferencia sobre Inteligencia Artificial en el periodismo, donde me encontré a varios amigos con los que compartí muchos espacios cuando me dediqué al periodismo.

En esa conferencia, coincidiamos en los riesgos del uso de la inteligencia artificial en el periodismo y su impacto social, sobre todo cuando la IA pasa a ser el primer plano antes que la importancia de un hecho noticioso.

Después de mostrar varios ejemplos de lo que ha sido el uso de la IA en noticias nacionales, coincidiamos además que con la inteligencia artificial se difunden muchas imágenes que inmediatamente reproducen muchos reporteros o influencers en sus muros y que, al darse cuenta que era falso (después de buen tiempo de haberlo replicado), deciden silenciosamente, borrar dicha información de sus páginas o muros.

De todo ello bien cabe mencionar lo que pasó hace unos días cuando las redes sociales de Chiapas amanecieron revueltas con imágenes de un funcionario, director del Centro Estatal de Control de Confianza, presuntamente rodeado de botellas de licor y cerveza dentro de su propia oficina en Tuxtla Gutiérrez.

El escándalo duró lo que dura un trending topic: unas horas. Luego vino la aclaración que, según quienes defienden al funcionario, echa por tierra toda la historia: las imágenes habrían sido generadas con Inteligencia Artificial.

Y aquí es donde algo interesante ocurre.

La conversación que siguió no fue sobre el funcionario, ni sobre qué hace o deja de hacer en su cargo. Fue sobre la IA… Que si la usaron sus enemigos políticos. Que si se nota o no se nota el montaje. Que qué tan fácil es fabricar una mentira con tecnología. El funcionario quedó de fondo, casi como un pretexto, mientras el verdadero protagonista del debate era la herramienta que supuestamente fabricó las fotos.

Esto no es un fenómeno menor para la ciencia política o la sociología. Es uno de los efectos más silenciosos y poderosos que la inteligencia artificial está teniendo sobre el periodismo y la opinión pública: desplazar el tema de fondo hacia el debate sobre el medio con el que se difunde.

Hay que pensarlo así. Si alguien difunde fotos alteradas de un servidor público bebiendo en horas de trabajo, la pregunta que debería dominar el espacio público es: ¿este funcionario cumple con su encargo? ¿Es confiable así alguien que dirige alguna institución? En cambio, la pregunta que termina dominando es: ¿usaron IA? ¿Es real o es fake? Y en ese giro, el escrutinio sobre el poder se desvanece.

No estoy diciendo que fabricar imágenes con IA sea algo que no se debe valorar. Es una práctica que merece toda la condena posible, porque destruye la confianza en lo que vemos y abre la puerta a la manipulación más atrevida. Pero hay que verlo de una manera: la indignación moral frente a la IA también puede funcionar, y a veces funciona muy bien para protegerse. Es decir, si se logra que el debate sea «me atacaron con tecnología falsa», nadie preguntará después qué se está haciendo con el presupuesto o con las acciones de una institución.

Eso es lo que se llama un desplazamiento narrativo y en política es oro puro.

Ahora bien, hay otra lectura que tampoco conviene ignorar. Aunque las imágenes sean falsas (y asumamos que lo son), el hecho de que alguien las haya fabricado con ese contenido específico no es circunstancial. Una foto de un funcionario bebiendo en la oficina no es un asunto cualquiera: apunta directamente a la imagen de responsabilidad y seriedad que se espera de quien tiene en sus manos una institución.

Al final, resulta un símbolo. Alguien eligió ese símbolo. Alguien calculó que eso haría daño, que eso resonaría, que eso diría algo sobre lo que se quiere insinuar de la persona. El símbolo, aunque hubiera sido fabricado, habla de algo real: la percepción que algunos tienen —o quieren construir— sobre alguien.

Y eso también es una información que el periodismo debería procesar, no descartar.

El problema de fondo es que vivimos un momento en el que la tecnología nos ha dado el poder de fabricar cualquier cosa y el periodismo, influencers y los usuarios de las redes sociales locales, con ciclos informativos que se miden en minutos, no siempre tienen la capacidad de verificar antes de difundir y hasta viralizar.

Las redes hacen suyo ese trabajo de la difusión además con el morbo que todo ello despierta, y para cuando llega la aclaración, el daño ya está hecho o, en el mejor de los casos, ya nadie recuerda bien qué fue cierto y qué fue inventado.

El caso de la imagen de este funcionario en cuestión es, en ese sentido, un caso de laboratorio social y para la ciencia política. No porque sea el más grave ni el más elaborado, sino porque ilustra con claridad algo que seguirá ocurriendo con más frecuencia y más complejidad: la inteligencia artificial como arma política, el periodismo como campo de batalla, y la ciudadanía como la que al final perderá de ambos lados ante hechos que interesa al bien público.

La pregunta que debería quedar dando vueltas alfinal no es si las fotos son reales, sino quien quién gana y quién pierde cuando dejamos de hablar de los hechos noticiosos para hablar de las herramientas con las que desean influir y generar un impacto en la sociedad.

* Profesor Investigador de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas

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