Su lugar lo ocupó Salma
Jorge Fernández Menéndez
No recuerdo un evento masivo en el que el mandatario en turno de un país no haya sido recibido con abucheos. Le pasó a Trump esta misma semana en el juego de los Knicks contra los Spurs en la serie final de la NBA en Nueva York y el sábado estará Trump en el juego inaugural del mundial en Estados Unidos, entre la selección de su país y Paraguay, donde no será recibido precisamente con fanfarrias. Pero de eso se trata: los mandatarios representan un país y se deben someter a ese escrutinio, justo o no, cuando deben representar a su país.
Sigo sin entender por qué la presidenta Sheinbaum no fue al estadio ciudad de México ayer a la inauguración del Mundial de Futbol. No era un juego de la liga mexicana, ni una cascarita con sus amigos: era la inauguración del evento deportivo mundial más importante de la actualidad. ¿La iban a abuchear? Sin duda, no todos, pero muchos sí. Es parte de su responsabilidad estar ahí y asumirlo. Pero no ir es escapar de la responsabilidad y de la realidad.
La prensa internacional destacó una inauguración que salió, en todos los sentidos, mucho mejor de los que la mayoría esperábamos, con una organización de movilidad, de entrada al estadio muy aceptable, con un buen espectáculo previo, pero donde faltó, por primera vez en la historia de los mundiales, 22 ediciones ha habido ya, el mandatario, en este caso la presidenta Sheinbaum, del país anfitrión en turno. La presidenta tampoco fue al Zócalo Fest, que terminó siendo multitudinario y prefirió refugiarse, con la jefa de gobierno Clara Brugada, en el deportivo Hermanos Galeano, en un espacio pequeño y controlado en la alcaldía Gustavo A. Madero.
Su lugar en el remozado Azteca lo ocupó la fantástica Salma Hayek, pero la veracruzana, que es casi un patrimonio nacional y que siempre nos representa con enorme dignidad y carisma, no es la mandataria de este país. Allí, junto al presidente de la FIFA Luigi Infantino, debió estar la presidenta Sheinbaum, no Salma.
Me tocó estar en el Azteca, era una de mis primeras asignaciones como reportero, cuando se inauguró el mundial del 86. Ese tarde, para mi inigualable, estuvimos en el estadio con mi queridísimo amigo, ya prematuramente fallecido, Antonio Marimón, uno de los mejores periodistas que he conocido. Unos días después, terminada la final, que ganó Argentina contra Alemania, y vaya que ese día fue importante en mi vida, Manuel Becerra Acosta, me dio mi plaza en el unomásuno, esa tarde en el despacho de Becerra, comenzó mi carrera profesional.
Pero regresemos a la inauguración: el presidente Miguel de la Madrid sabía perfectamente que no sería bien recibido: estábamos apenas a nueve meses del sismo del 85, que había destruido buena parte de la ciudad, que dejó miles de muertos y decenas de miles sin vivienda. Su desempeño, sobre todo en las primeras horas después del sismo, había sido especialmente cuestionado. Pese a ello, la organización del Mundial, que se había recibido con apenas dos años de anticipación, por la defección de Colombia, azotada por la violencia del narcotráfico, fue un rotundo éxito.
De la Madrid se presentó y aguantó la rechifla, como debía ser. Es más, volvió al estadio para la final del torneo y para entregarle la copa al gran Diego Maradona. Allí ya nadie se ocupó de él, pero con sus aciertos y errores De la Madrid cumplió con su responsabilidad que era, ni más ni menos, representar a un país (no a un gobierno, mucho menos a un partido) en un evento global de esa magnitud.
No sé quiénes pueden ser los asesores tan torpes de la presidenta Sheinbaum como para convencerla de que no se puede presentar en la inauguración de un mundial (seguramente los mismos que le dicen que no se debe reunir en persona con Trump) y que la manden a refugiar a un pequeño deportivo controlado por Morena en el norte de la Ciudad de México. Tienen a la presidenta en una burbuja y ella se los permite. En Morena se han creído eso de que existe una gran conjura internacional en su contra y que cualquier exposición presidencial puede costarles muy caro.
Lo que hay es descontento con el gobierno, como lo había con Díaz Ordaz en 1970 y mucho más con Miguel de la Madrid en 1986, pero la presidenta no puede aislarse de la gente, de la realidad, no pueden seguir envolviéndola en una realidad alternativa, en eventos controlados y bajo estricta seguridad, no puede seguir pensando que las mañaneras son una expresión de comunicación abierta, circular, cuando se han convertido en uno de los ejercicios de manipulación más evidentes que pueden existir. Pero mucho menos puede escapar de su responsabilidad como jefa de Estado.
Ni modo, la presidenta Sheinbaum se perdió uno de los momentos más auténticos de la gente en muchos años, se perdió una fiesta popular, e incluso no pudo disfrutar de algo que salió bien, de un evento mucho mejor organizado de lo que se esperaba. Ese podría haber sido un acercamiento con el país real, prefirió algo chiquito, casi escondido, lejos de las multitudes, de la gente, de los medios. En su lugar estuvo Salma.
PD. Nos tomaremos unos pocos días de descanso, esta Razones estará nuevamente con ustedes el martes 23 de junio. Disfrutemos del Mundial, echémosles porras a los muchachos de Javier Aguirre. Disfrutemos de algunas alegrías, que vaya que todos las necesitamos.




