Los riesgos de crear contenidos en el certamen del deporte más popular
Luis Fernando Bolaños Gordillo
La nueva era digital trajo consigo imaginarios sobre infinidad de beneficios en el mundo de los negocios, especialmente en la creación de contenidos en las redes sociodigitales; sin embargo, hay espacios legales que no han sido analizados con amplitud, ya que hay asimetrías entre tener el respaldo de una marca o ser un simple mortal que busca crecer en ese mundo.
El entorno del denominado deporte más rentable del mundo aparentaba ser muy rentable para los creadores de contenidos, pero las asimetrías se recrudecieron ante el hecho de que usar la propiedad intelectual oficial de este certamen con fines comerciales, podría ocasionar que les saquen, literalmente hablando, la tarjeta roja de la cancha digital con multa incluida.
El omnipoderoso organismo rector de este deporte-espectáculo posee los derechos del evento: propiedad intelectual, derechos de medios, marketing, licencias y taquilla; y su estructura visibiliza las desigualdades para competir económicamente. El Mundial de Qatar celebrado en el año 2022 generó ingresos de aproximadamente 7 mil quinientos millones de dólares para esa instancia.
Su omnipresencia viene de la mano con el empuje tecnológico y su poder económico digital se basa en la monetización de audiencias masivas a través del streaming, los derechos de transmisión en línea y el empuje de patrocinadores globales; esta estructura le generará ingresos cercanos a los 13 mil millones de dólares. Con esas ganancias en juego, la vigilancia será descomunal para que las empresas o creadores de contenido no usen los activos registrados.
En esa parcela tecnofeudal basada en el hiperconsumo de imágenes y productos representativos de ese deporte, solamente los titulares de derechos están autorizados a usar la propiedad intelectual oficial con fines comerciales; el organismo registró infinidad de activos de propiedad intelectual.
La lista incluye lo que cualquier creador de contenido usaría normalmente como los nombres del torneo, el emblema oficial, imágenes del trofeo, las mascotas de los países sede (incluyendo stickers, fotografías o animaciones), la tipografía, entre otros. Las multas por publicidad no autorizada (ambush marketing) pueden alcanzar los 29 millones de pesos.
Esto habla de las asimetrías en el mundo de los negocios y pareciera que la advertencia es que quienes no puedan pagar estos derechos no se pueden “aprovechar” de un evento que era considerado como parte de la cultura de masas; esto es tan complicado que cualquier mención directa a la FIFA y sus activos registrados puede derivar en una sanción.
Como consecuencia, los influencers y creadores de contenidos tendrán que sustituir esos activos registrados por eufemismos: el magno evento, la fiesta del futbol, el evento del hombre, entre otros para desenvolverse en ese ámbito. Igualmente, las plataformas digitales y redes sociodigitales reforzaron sus estructuras para evitar esos contenidos.
El organismo permite la publicación orgánica sin fines comerciales, así como subir fotos o videos tomados en los partidos donde los activos protegidos aparecen de forma contextual o inevitable; también autoriza usar balones convencionales, banderas de los países participantes o colores nacionales en las decoraciones de los sets.
Esto muestra que el valor comercial de un evento está por encima del valor deportivo y, más triste aún, de la libre competencia económica. La FIFA pasó de ser el organismo rector de este deporte a ser una marca global que creció bajo el manto de la televisión, de las grandes cadenas de periodismo deportivo, del desarrollo de la internet y de la omnipresencia de las redes sociodigitales.
Es a través de la venta de patrocinios corporativos, licencias para videojuegos, entre otros aspectos como el organismo manipula el sentimiento masivo de pertenecer a una misma experiencia para convertirlo en una vitrina digital que les asegura miles de millones de dólares en ganancias. El futbol fue transformado en un opio más del pueblo.




