Editorial

Un ISSSTE en decadencia

El paro laboral del personal de bolsa de trabajo del ISSSTE Hospital General “Dr. Belisario Domínguez” no es un hecho aislado ni una protesta menor. Es apenas la punta del iceberg de una crisis profunda que desde hace años arrastra el sistema de salud pública en México y que hoy, lejos de resolverse, parece agravarse bajo el discurso triunfalista de la llamada Cuarta Transformación.

Resulta indignante que mientras desde el gobierno federal se insiste en presumir que habrá un supuesto “servicio universal de salud”, en los hospitales la realidad sea completamente distinta: trabajadores sin pago durante más de cuatro quincenas, médicos y enfermeras laborando bajo presión, pacientes obligados a comprar medicamentos por su cuenta y familias enteras peregrinando entre laboratorios privados porque los aparatos para estudios simplemente no funcionan.

Esa es la verdadera cara del sistema de salud pública. En el ISSSTE, institución sostenida durante décadas con las cuotas de millones de trabajadores del Estado, el deterioro es cada vez más evidente. Quien acude a solicitar atención médica no solo enfrenta largas filas y trámites burocráticos interminables, sino también la incertidumbre de saber si habrá medicamentos, si el especialista llegará o si el equipo médico servirá para realizar estudios básicos.

Los derechohabientes pagan y lo hacen puntualmente. Las cuotas son descontadas de sus salarios sin retrasos ni contemplaciones. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿dónde queda ese dinero? ¿En qué se utilizan los recursos de los trabajadores? Porque la percepción cotidiana dentro de hospitales y clínicas es la de un sistema colapsado, abandonado y rebasado.

Hoy, muchos pacientes terminan gastando miles de pesos en estudios particulares porque en los hospitales públicos los tomógrafos, equipos de rayos X o laboratorios simplemente están descompuestos o saturados. Una consulta especializada puede tardar meses. Una cirugía puede aplazarse indefinidamente. Y mientras tanto, el discurso oficial insiste en que México tendrá uno de los mejores sistemas de salud del mundo. La contradicción es brutal.

Más preocupante aún es el trato hacia el propio personal de salud. Trabajadores eventuales y de bolsa de trabajo continúan sosteniendo buena parte de la operación hospitalaria, aun cuando sus derechos laborales son ignorados y sus pagos retenidos. Es decir, quienes mantienen funcionando los hospitales también son víctimas del abandono institucional.

El gobierno federal insiste en ampliar la cobertura y abrir el sistema a quienes no cuentan con seguridad social. El objetivo puede parecer noble, pero la pregunta es inevitable: ¿cómo pretenden ofrecer servicio universal cuando ni siquiera pueden garantizar atención digna a quienes sí aportan económicamente al sistema?

Porque el problema no es solo financiero, también es de administración, de prioridades y de visión. No se puede hablar de transformación cuando los hospitales carecen de lo indispensable. No se puede presumir bienestar mientras pacientes llevan listas interminables de medicamentos que deben comprar afuera, en la farmacia particular. No se puede hablar de justicia social cuando trabajadores de la salud permanecen semanas sin cobrar.

El riesgo es claro: convertir el derecho a la salud en una simulación burocrática donde el ciudadano únicamente recibe promesas, discursos y propaganda, mientras la realidad cotidiana está marcada por el abandono, el desabasto y la desesperación.

La crisis del ISSSTE y de otras instituciones públicas debería encender las alarmas nacionales. Porque cuando el sistema de salud se deteriora, no solo falla una institución: falla el Estado en una de sus responsabilidades más esenciales.

Y mientras los funcionarios presumen cifras y proyectos desde oficinas climatizadas, en hospitales como el “Dr. Belisario Domínguez”, en Tuxtla Gutiérrez, la realidad sigue siendo la misma: trabajadores sin pago, pacientes sin medicamentos y un sistema que parece caminar, cada vez más rápido, hacia el colapso.

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