EDITORIAL

Trump, el irreverente

La imagen generada por inteligencia artificial que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó —en la que aparecía representando a Jesús, en alusión al debate que sostiene con el papa León XIV sobre la guerra entre Israel e Irán— no solo tuvo repercusiones y rechazo entre líderes religiosos de todo el mundo, sino que, como caso insólito, el magnate —quien se cree todopoderoso— tuvo que recular y bajar la publicación de su red social.

El republicano se comparó con Jesucristo al afirmar que salvaba al mundo; sin embargo, la fuerza del catolicismo y las críticas —incluso de aliados conservadores, comentaristas, políticos y líderes religiosos— calificaron el acto como blasfemo, obligándolo a borrar la imagen.

La foto mostraba al mandatario con una túnica blanca, sosteniendo un orbe brillante mientras colocaba la mano sobre la cabeza de un hombre postrado, en una escena que evocaba un acto de sanación.

“Simulaba ser Jesucristo curando a una persona enferma y estaba rodeado de personal militar, una enfermera, una mujer rezando y varios edificios simbólicos, como el Capitolio o la Estatua de la Libertad, además de fuegos artificiales y figuras en el cielo cubiertas por un halo de luz celestial. También aparecía el águila calva, emblema de la nación desde 1782, presente en escudos oficiales, monedas, billetes y en el Gran Sello presidencial”.

Al haber reculado tras las fuertes críticas, al presidente le falló esta vez el atrevimiento, pues no fueron miles, sino millones de personas en todo el mundo quienes rechazaron la denostación, el sacrilegio y el grosero e irreverente acto de quien se considera un hombre intocable e invencible.

Esta vez, un error de comunicación persuasiva —muy por encima de sus declaraciones convertidas en ley, así como de su política pública, que mantiene a las grandes potencias del orbe en constante crisis— lo dejó al descubierto: no es un superhombre, mucho menos invencible cuando se trata de pisotear al representante de la fe cristiana.

Su desencuentro con el papa León XIV fue una derrota no anunciada, pero que caló en los pasillos de la Casa Blanca. Sus expertos en la manipulación de masas esta vez fallaron y quizá ya deben estar “de patitas en la calle”, pues una afrenta como la que sufrió el mandatario suele cobrarse.

Resulta irrisorio que, después de haber sido exhibido como blasfemo, haya intentado justificar que su imagen estaba relacionada con la de un médico trabajador de la Cruz Roja. Ni con ese argumento puede convencer a sus detractores.

Alegó que se trataba de una noticia falsa que quisiera representar a Jesucristo: «Se supone que soy yo, como médico, curando a la gente, y, de hecho, curo a la gente», insistió, para luego reconocer que la retiró porque la gente se estaba confundiendo.

La ofensiva contra Donald Trump se centró en sus ataques directos contra el representante de Cristo, el papa León XIV, quien pide mesura y el fin de la guerra entre Israel e Irán. Está claro que la humildad, la mesura y el recato no son valores que distingan al presidente de Estados Unidos.

El hecho no puede verse como un simple desliz o un error inapropiado; la burla que intentó Trump no pudo con el poder de la fe de millones que inundaron las redes sociales para lamentar la postura infantil del mandatario. Las reacciones en su contra mostraron que la ofensa a la fe de los cristianos es mayor que todo el poder económico y militar que presume el magnate del vecino país del norte.

El riesgo que podría enfrentar el presidente con este desliz es que los votantes del sector religioso impacten en noviembre, cuando busque reelegirse; incluso podría perder la mayoría en el Congreso, si se toma en cuenta que, de acuerdo con datos de 2024, el 56 % de los católicos y el 42 % de los cristianos le dieron su apoyo en las urnas en aquella ocasión.

La polémica y el distanciamiento tendrá que borrarlos de su agenda y, junto con ello, enderezar su política pública, porque, de continuar acentuándose esta forma de gobernar, los demócratas podrían regresar al poder con la ayuda del propio Donald Trump.

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