Cuando el poder aprende a mirar con el corazón, nace la verdadera transformación

Por Ana Laura Romero Basurto

En un mundo que corre deprisa, que mide resultados en cifras y reduce el valor de las cosas a lo inmediato, hay una verdad profunda que pocas veces nos detenemos a mirar: lo esencial no se ve.

Así lo enseñó El Principito, en uno de sus pasajes más luminosos: el encuentro entre el principito y el zorro. No es una simple conversación; es una lección de vida, de humanidad y de responsabilidad.

El zorro le revela un secreto que, aunque sencillo, transforma la forma de mirar el mundo: crear vínculos.

Pero antes de que ese vínculo exista, hay un proceso. Un rito. Una construcción silenciosa.

El zorro le dice al principito que, si decide domesticarlo, es decir, crear un lazo, deberán encontrarse siempre a la misma hora. Porque si el principito llega, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres el zorro comenzará a ser feliz.

No por el encuentro en sí, sino por la espera.

Porque el vínculo también se construye en la anticipación, en la constancia, en la certeza de que alguien llegará. En ese tiempo invisible donde el corazón empieza a reconocer lo importante.

Y ahí radica una de las enseñanzas más profundas: los vínculos no nacen de la inmediatez, sino del tiempo compartido con intención.

Por eso, el zorro nos deja una fórmula tan poderosa como olvidada en estos tiempos:

TIEMPO, PROXIMIDAD, PACIENCIA, SILENCIO Y ESPACIO.

La verdadera fórmula del vínculo.

Tiempo, para conocer y reconocer al otro.

Proximidad, para generar confianza.

Paciencia, para entender los procesos humanos.

Silencio, para escuchar de verdad.

Y espacio, para respetar la libertad del otro.

Vincularse no es poseer. No es dominar ni imponer. Es reconocer al otro como único, es dedicar tiempo, es construir confianza. Es entender que cuando se crea un lazo, el otro deja de ser uno más entre millones… y se vuelve irrepetible.

En el servicio público, esta enseñanza cobra una dimensión aún más profunda.

Gobernar no es administrar cifras ni firmar documentos; es construir vínculos con la gente. Es generar esa certeza de presencia. Es estar. Es cumplir.

Porque, así como el zorro aprendía a ser feliz una hora antes del encuentro, los pueblos también aprenden a confiar cuando saben que su gobierno es constante, cercano y predecible en su compromiso.

Porque cuando el gobierno pierde el vínculo con el pueblo, pierde su esencia.

Pero cuando ese vínculo se fortalece cuando hay cercanía, cuando hay empatía, cuando hay compromiso real ocurre algo poderoso: nace la confianza. Y con ella, la transformación.

En esta Nueva ERA de Chiapas, entendemos que el combate a la corrupción no es solo un asunto de leyes o sistemas, aunque son fundamentales, sino de valores. De vínculos éticos. De una relación honesta entre gobierno y ciudadanía.

Porque la corrupción, en el fondo, rompe vínculos: traiciona la confianza, debilita el tejido social y aleja al poder de su propósito.

Por eso hoy más que nunca debemos recordar la lección del zorro:

No se puede exigir confianza si no se ha cultivado.

No se puede pedir cercanía si no se ha construido.

No se puede transformar si no se ha vinculado.

Y entonces comprendemos lo más importante:

No se ve bien sino con el corazón.

Lo esencial es invisible a los ojos.

Crear vínculos implica tiempo, responsabilidad y verdad. Implica entender que cada decisión impacta vidas, que cada acción deja huella, que cada omisión también habla.

Como diría Antoine de Saint-Exupéry:

“Lo esencial es invisible a los ojos.”

Pero en el servicio público…lo esencial se demuestra con hechos.

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