Historia desde la herida: Fray Pablo Iribarren otra forma de vivir y hacer historia en Chiapas
Por Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Hay una historia que se escribe desde la neutralidad, desde la pretendida visión científica de los hechos y los documentos. Esa historia guarda con la realidad un lazo tenue, pero que, aun así, forma parte del caudal de la memoria textual de la humanidad. Es esa historia la narración casi novelada de nuestros pasos. Quien hace esa historia es, al mismo tiempo, testigo y personaje, pero pocas veces interviene en la realidad para acompañar con su trabajo las condiciones históricas que están ante sus ojos.
Hay otra historia. Una historia que nace como experiencia del sufrimiento, la injusticia y la resistencia de los pueblos. Que exige ser narrada desde dentro y no desde la distancia. Esa historia que lucha, se escribe y se vive desde los pueblos mismos.
Fray Pablo Iribarren Pascal, dominico nacido en España y llegado a México en 1961, forma parte de una tradición que no solo evangelizó Chiapas, sino que aprendió a escucharlo y a caminarlo. Heredero de la huella que dejaron, por citar algunos nombres, fray Pedro Lorenzo de la Nada, fray Tomás de la Torre y, de manera decisiva, fray Bartolomé de las Casas, su labor en la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas se sitúa en la intersección entre fe, historia y compromiso con los pueblos originarios. Más que cronista, es testigo de procesos profundos: la transformación pastoral de la Iglesia, la emergencia de la Nueva Evangelización y la larga lucha de las comunidades por su dignidad. En su experiencia, la historia no aparece como relato distante, sino como herida abierta que se vive, se acompaña y se escribe.
La llegada de fray Pablo a México en 1961 inaugura un desplazamiento vital que él mismo reconoce como decisivo: “me sentí como en mi tierra natal”, mostrando una apropiación afectiva del lugar. La importancia del arraigo es siempre parte de esa voluntad por estar y participar; sentirse como en casa es una manera de estar más cerca. Ese arraigo no es inmediato ni superficial, sino que se construye desde la experiencia concreta. Como dice el propio fray Pablo: “su calor especial, sus aromas y colores, su luz, sus paisajes… me ganó el corazón”. Desde ahí nace una mirada de la historia que no titubea, sino que se involucra hasta la raíz con la comunidad que lo recibe.
La historia desde la herida comienza cuando el territorio deja de ser solo fuente de hechos y se revela como lugar de sufrimiento humano. Es ahí, desde esa ruptura, donde la historia deja de ser neutral, porque no se puede ser neutral ante el sufrimiento humano. Por ello, escribir se convierte en una forma de lucha, una praxis de la historia.
Su traslado a Chiapas en 1977 lo coloca frente a una realidad marcada por desigualdades profundas y tensiones históricas persistentes. Mira un Chiapas concreto, ese Chiapas de realidades desdibujadas y desiguales, marcadas por el olvido estructural de la mayoría de los pueblos que lo habitan; fray Pablo Iribarren no fue indiferente a ello, más bien usó esa antigua herramienta de nuestra memoria como forma de lucha: la historia.
En ese contexto, la Diócesis de San Cristóbal vivía un proceso en el que la Iglesia “se comprometía con la liberación de los pueblos”, no solo en lo espiritual, sino en lo social. Los tiempos eran vividos a través del compromiso; las nuevas visiones, muchas veces nacidas desde Latinoamérica, encontraban eco en las luchas de los pueblos. Se trataba de una manera de compromiso que no eludía el trabajo académico por el trabajo social, sino que es la conjunción de ambos. De la mano de la evangelización llegaron a Chiapas los libros de Gustavo Gutiérrez, la inculturación de la propia diócesis y su orientación hacia los oprimidos. Las mismas comunidades, como creadoras de lenguaje y hacedoras de su propia historia, construyeron su voz y sus métodos. Fue en ese contexto en el que fray Pablo Iribarren nos dejó un legado escrito que forma parte del trabajo de toda su vida en Chiapas. Nos dejó una pedagogía histórica de la resistencia, de la posibilidad de una praxis en la labor como testigos de nuestras realidades.
La Nueva Evangelización, base de su método, aparece entonces no como discurso, sino como práctica situada en comunidades concretas. De ese contexto nace esa historia. Es una respuesta a una realidad histórica de sufrimiento. La escritura de fray Pablo Iribarren surge desde ahí, desde dentro de los pueblos que han sufrido, en una “prolongada y dolorosa lucha por sus derechos”. Y eso exigía una forma de presencia diferente por parte de la Iglesia. No se trata solo de predicar, sino de acompañar. Una cercanía completa con las comunidades.
Fray Pablo comprende que la historia de Chiapas está atravesada por una “situación dolorosa” que no pertenece al pasado. Por ello, ese acompañamiento no busca imponer desde afuera; se trata de vivir desde la cultura, la lengua y la experiencia de los mismos pueblos. Su labor se sitúa en el reconocimiento de las condiciones reales, mismas que son la raíz de la violencia estructural: marginación, exclusión, despojo territorial y violencia.
Ejemplo de ello es su acercamiento al pueblo tsotsil de Chamula, que le permite reconocer una resistencia “prolongada hasta el día de hoy”, que desmiente cualquier idea de historia concluida. Su libro, “Misión Chamula, experiencia de un trabajo pastoral 1969-1977”, está en la piel de la historia de Chiapas. Leerlo no es encontrarse con una narración de tintes antropológicos; se trata más bien de un memorial de lucha y resistencia.
De esta forma, la experiencia pastoral se convierte en experiencia histórica. Caminar con las comunidades es entrar en su memoria, entrar y formar parte de su propia lucha. De ahí surge la necesidad de escribir. Dice fray Pablo: “a la luz de una vela escribía lo sucedido y vivido”, haciendo de la escritura un acto de fidelidad a la experiencia. La escritura no es contemplativa, sino comprometida: “me pareció útil poner por escrito lo que veía y hacía en mi caminar y servir”. En esta práctica, la historia desde la herida se convierte en memoria comunitaria, en relato compartido que busca no perder lo vivido. Busca acompañar y asume la defensa de los derechos de los pueblos, porque los pueblos también tienen derecho a la memoria de sus días. Por ello, la labor de fray Pablo es prolongada, no de temporadas; se trata de una vocación de largo aliento. Es la propia vida la que se involucra.
De esta manera, la historia forma parte de la Nueva Evangelización, porque la evangelización deja de ser solamente religiosa y se convierte en una práctica que articula espiritualidad con justicia y vida comunitaria. La Iglesia, en este proceso, “se hace pobre con el pobre”, lo que implica asumir la historia desde el lugar de quienes la padecen. Fray Pablo no solo observa la transformación de las comunidades, sino también la tensión entre tradición y cambio impuesta por la modernidad. Su legado, especialmente en textos como “Misión Chamula”, deja ver que la historia de Chiapas no puede entenderse sin esa herida que, al ser narrada, se convierte también en camino de dignidad y reconstrucción comunitaria. Su trabajo es, al mismo tiempo, una crítica a la modernidad, ya que describe cómo la cultura moderna invade y destruye tradiciones y genera una tensión entre progreso y pérdida cultural.
La labor de fray Pablo Iribarren puede comprenderse, por ello, como una forma de hacer historia desde la herida. Lo vemos así: nace desde el arraigo afectivo a la comunidad que se reconvierte en lugar de encuentro; la renuncia a la neutralidad para asumir el compromiso con el sufrimiento humano; la escritura como acto de memoria colectiva y no como registro distante; el acompañamiento directo a los pueblos en sus luchas por la dignidad; la integración entre fe, acción social y reflexión histórica; el reconocimiento de las comunidades como sujetas de su propia historia; la denuncia de las condiciones estructurales de injusticia; y una vocación de largo aliento que convierte la vida misma en testimonio. Todo ello configura una forma de historiar que no observa desde fuera, sino que se construye desde dentro, en la experiencia compartida del dolor, la resistencia y la esperanza colectiva.
Fray Pablo Iribarren es parte ya de nuestros faros de espiritualidad en Chiapas, aquellos hombres y mujeres que, como el bello poema de Baudelaire dice, llevan “el testimonio más poderoso que podría elevarse / para probar nuestra dignidad, oh Señor, ante Ti; este sollozo que resuena de era en era y muere al borde de tu Eternidad”.




