Letras Desnudas

Mario Caballero

Una Pérdida Personal: ¡Aleluya!

La conocí a mediados de julio de 2021. Ese día iba con mis dos hijas, mi esposa y hasta con mi suegro, quien nunca ha dejado de ayudarme en todo lo que le es posible. «Yo los llevo a conocerla», me dijo, ya que en ese tiempo no teníamos automóvil. Así que ahí estaba él con nosotros, parado detrás, siendo testigo de aquel encuentro. Todavía puedo verlo en mi mente cómo se la quedaba observando desde la banqueta, con un brazo reposado sobre el otro, rascándose la barbilla y con la nariz arrugada. Obviamente, no le agradó a primera vista. Y tampoco a mí, para ser honestos.

Para el segundo encuentro íbamos los mismos, sólo que con un poco más de tiempo. Esta vez, la pudimos apreciar mejor y coincidimos en que, bueno, hay ocasiones en que tienes que aceptar las cosas como son, por muy feas y horrendas que sean… y se vean. Pues ya lo dice el refrán: “Si la vida te da limones, haz limonada”.

Con un poco de vergüenza confieso que, siendo periodista, no pregunté qué edad tenía, pero estoy seguro que era más vieja de lo que aparentaba y que hacía muchos pero muchos años que no se daba una manita de gato. Su mala imagen era notabilísima, incluso más que la de sus compañeras, que a la verdad no ganaban un concurso de belleza ni sobornando a los jueces.

Después de ese segundo encuentro hubo varios más, y no todos fueron agradables. Hubo veces en que me sentí agredido y no sólo por su fealdad. Incluso, salía maldiciendo entre dientes, prosiguiendo mi camino sin volver el rostro una sola vez.

Tan solo pensar en que si lograba cerrar el trato que me traía entonces entre manos tendría que soportar vivir frente a ella, convivir con ella, hacerme su vecino, enfrentar el hecho de topármela todos los días al ir al trabajo, al llevar a las niñas a la escuela o al salir por cualquier cosa. Ahí estaría esperándome para darme los buenos días, y no de buena manera.

Una de las tantas noches que platiqué con mi esposa sobre el tema, de si cerraba el trato por la casa, siempre salía a cuento. Era inevitable. Es como cuando quieres apreciar algo bonito, pero te estorba un árbol enorme, viejo y feo, difícil de no verlo. «Sí, quisiera vivir ahí, la casa me agrada mucho. La que no me gusta es ella, pero ni modo», decía mi esposa.

VECINA INGRATA

El último de día de septiembre firmé el contrato ante el notario, hice el pago correspondiente y nos mudamos la primera semana de octubre. La primera en darnos la bienvenida fue ella.

Conforme fueron pasando los días, que poco a poco se convirtieron en semanas y luego en meses, nos fuimos acostumbrando a su constante presencia. Ahí estaba todos los días afuera de nuestro nuevo hogar. Asechándonos, vigilándonos pacientemente, sin importar el calor, el frío o la lluvia. Nos observaba en silencio con su cara alargada y sucia a cualquier hora del día. Era más hostigosa que los cobradores de Coppel o Elektra, y eso ya es mucho decir.

Cada mañana, ella estaba ahí parada como siempre, lista para verme salir. Con mucha precaución, trataba de esquivarla, dando saltos de puntitas, pisando con cuidado para no tropezar con una piedra o resbalar con la arenilla suelta, con tal de que no me viera caer, y esto parecía divertirle mucho.

Con el correr del tiempo, el juego se había establecido: si yo lograba eludirla sin el menor incidente, escapar ileso de sus garras, podía expresar mi contento con palabras hirientes pero festivas. De lo contrario, si cometía un error y me atrapaba en el paso, el ruido de sus manifestaciones jubilosas podía oírse a media cuadra. Producía un sonido seco, áspero, pero también festivo… a su modo claro está.

Tal como ocurrió cierta mañana, muy de temprano. Recuerdo que caía una lluvia menuda. Yo apretaba el paso para no mojarme de más y alcanzar el colectivo para ir a la oficina. Pero al llegar a la esquina, resbalé en el lodo y caí de espaldas con todo mi peso. Tuve que regresar a la casa a limpiarme y hacer un cambio de ropa. Juro por Dios que pude escucharla dar de carcajadas, con su boca torcida y también sucia por el fango.

Era una vecina ingrata. Por más que traté de ayudarla, hacer que se viera mejor, que no representara un peligro para nadie, ni para mi familia ni los vecinos, siempre estaba afuera de la casa para tratar de jugarme una mala pasada, burlarse, verme mal. Esperando verme caer y ensuciarme de pies a cabeza, como la otra vez.

AMIGA BURLONA

Al paso de los años, terminamos por hacernos amigos. Me esperaba con avidez, con cierta maliciosa actitud, y cotidianamente escenificábamos el mismo brevísimo episodio: ella a meterme algún tropiezo y yo a escabullirme, salir indemne de sus trampas y obstáculos.

La comparaba con esos amigos fortachones que le estrujan a uno la mano al saludar o le hunden los omóplatos a punta de palmadas. Quizá también su conducta se parecía mucho a la de esos perrazos que nomás te miran y saltan de inmediato sobre ti, por puro juego, arruinándote la camisa y el pantalón, pero se quedan moviendo el rabo, con lo belfos contraídos en una especie de risa y con una expresión en los ojos que significa: “¡Cómo! ¿Me vas a decir que no te gustó la prueba de afecto que te acabo de dar?”.

POR FIN MURIÓ

Por todo lo antes dicho, se comprenderá, amable lector, lectora, que ella formaba parte no sólo de mis hábitos personales, sino también de mi propia vida. Y la de todos mis vecinos, por supuesto, que como yo se habían hecho la misma pregunta de cómo podía ser tan cruel, en especial en los días lluviosos, si ni siquiera tenía capacidad de moverse, ya que carecía de facultad locomotora.

Pero el catorce de septiembre de 2025 comenzó a morir, y no saben cuánto gusto nos dio a todos.

Unos meses más tarde, por fin falleció. Quise llevarle una flor, pero ya no existía. Había desaparecido por completo gracias a un exitoso programa gubernamental.

NUEVA Y MEJORADA

Alguien más apareció en su lugar y todos los días sale a saludarnos con rostro amable y elegante, bien pintada y limpia.

El programa que la mató es el de “Calles Felices”, creado y ejecutado por el gobierno encabezado por el alcalde Ángel Torres Culebro.

De aquella calle, esa vecina ingrata, no quedan más que los recuerdos. Hoy, nuestra nueva vecina es una calle moderna, segura y bien iluminada. Como las más de 250 calles construidas durante la actual administración.

Ya no vemos esa calle fea y peligrosa, con piedras salientes por aquí y por allá, con arenilla suelta que a muchos nos hizo resbalar, sino una vialidad con pavimento hidráulico, drenajes nuevos, registros nuevos, tomas de agua nuevas y luminarias, además de nuevas, eficientes, que brindan seguridad y confort.

Aplaudo la voluntad política del presidente Ángel Torres, también su compromiso y responsabilidad para con el pueblo tuxtleco, ya que no sólo está cumpliendo con su deber y sus promesas, sino también le está dando un nuevo rostro a la ciudad, una imagen urbana vanguardista y mucho bienestar a miles de familias que hoy gozan de este beneficio.

Su gobierno está haciendo la diferencia y dándonos a todos un motivo para estar agradecidos y para decir a voz en cuello: ¡Qué viva Tuxtla!

yomariocaballero@gmail.com

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