La ingratitud y la fortaleza interior: una reflexión estoica en la construcción de un Chiapas seguro

Por Ana Laura Romero Basurto

“Amamos tanto a Chiapas que se nos olvidó tener miedo”.

La frase no fue una consigna ni un recurso retórico. Fue una declaración de carácter. Resonó con fuerza y convicción en la voz del Gobernador Eduardo Ramírez Aguilar, y desde entonces se convirtió en una línea divisoria entre el antes y el ahora de nuestra historia reciente. 

Chiapas es un pueblo profundamente noble. Mujeres y hombres trabajadores, herederos de una historia de dignidad, resistencia y amor a la tierra. Sin embargo, también somos portadores de una memoria frágil, a veces selectiva, que corre el riesgo de olvidar demasiado pronto lo que costó recuperar lo esencial.

No podemos perder de vista que, hasta hace apenas un año, Chiapas vivía bajo la sombra de la inseguridad. La extorsión se había normalizado, los caminos eran inciertos y el miedo se infiltró en la vida cotidiana. Se dejó de exigir lo más elemental: el derecho humano a vivir sin temor, a trabajar con libertad, a transitar por calles y carreteras sin sentir que la vida estaba en riesgo. Cuando eso ocurre, no sólo se pierde la seguridad: se erosiona la dignidad.

Hoy escribo estas líneas con la claridad que da la conciencia y con el orgullo que nace de la verdad. Me honra formar parte del equipo de un hombre que gobierna con amor radical por la tierra que lo vio nacer; por sus raíces, por su familia, por Chiapas entero. Un hombre dispuesto a entregar su tiempo, su tranquilidad y, si fuera necesario, la vida misma por una causa que considera superior a sí mismo.

Estoy convencida de algo que el tiempo confirmará: pasarán muchos años antes de que Chiapas vuelva a tener un gobernante con esta estatura moral. La historia ya se está escribiendo, no con tinta cómoda, sino con esfuerzo, carácter y decisiones tomadas de frente, sin rodeos, sin evasiones. Así ha ocurrido siempre: a los hombres valientes y a las mujeres extraordinarias no se les reconoce en el momento, sino cuando el polvo del tiempo se asienta y la verdad queda al descubierto. 

El estoicismo nos enseña una lección incómoda pero necesaria: no debemos quejarnos de las circunstancias, sino enfrentarlas con virtud. Marco Aurelio lo expresó con claridad absoluta:

“Si estás afligido por alguna causa externa, el dolor no se debe a la cosa misma, sino a tu juicio sobre ella; y en tu poder está revocar ese juicio”. 

Gobernar, como vivir, es un ejercicio constante de dominio interior. Gracias al liderazgo firme, valiente y decidido del Gobernador Eduardo Ramírez Aguilar, Chiapas está transformando su realidad. Con rectitud y coraje ha enfrentado a los grupos delincuenciales, ha asumido riesgos que otros prefirieron evadir y ha devuelto a la ciudadanía algo que parecía perdido: la confianza de vivir y transitar con dignidad.

Cuando el Gobernador afirma que “amamos tanto a Chiapas que se nos olvidó tener miedo”, encarna la esencia más pura del pensamiento estoico: el valor no consiste en la ausencia de temor, sino en no permitir que el temor gobierne nuestras decisiones. La fortaleza del espíritu no se mide por los aplausos, sino por la serenidad con la que se cargan responsabilidades que pesan. 

La pregunta incómoda, pero necesaria, es inevitable:

¿por qué gobiernos anteriores eligieron evadir en lugar de enfrentar el deber constitucional de garantizar la paz, la libertad de tránsito y el derecho a la vida?

¿En qué momento se normalizó el miedo como forma de gobierno? 

Y hay otra pregunta que también nos interpela como sociedad: ¿por qué dejamos de exigir con firmeza esos derechos que son inalienables? Tal vez —como advertía Marco Aurelio— permitimos que la costumbre anestesiara la conciencia colectiva y que el miedo se instalara en el alma común. 

Hoy que Chiapas vuelve a respirar seguridad, no debemos permitir que la ingratitud borre la memoria. La paz no es casualidad ni dádiva: es fruto del carácter, la disciplina y el sacrificio de quienes gobiernan con lealtad al pueblo y no a la comodidad.

Sigamos construyendo juntos el Chiapas que merecemos, recordando que —como enseñó Marco Aurelio— lo que no es bueno para la colmena, no puede ser bueno para la abeja.

Y hoy, sin duda, Chiapas vuelve a ser colmena… porque hay quien tuvo el valor de protegerla.

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