Un artículo sobre la conciencia de crecer, con un tono de realismo mágico.
Hay libros que no se leen, se transmutan con nuestra vida. Y, aunque tenía veinte años la primera vez que abrí Demian, de Herman Hesse, lo sentí como una premonición: ese relato era, en realidad, mi propio reflejo. Emil Sinclair —el joven protagonista que transita de la inocencia al descubrimiento de sí mismo bajo la guía de Demian— era el latente recordatorio, que crecer, no es solo sumar años, sino una apuesta consciente.
Ahí estaba yo, con mis libretas llenas de garabatos que representaban mis grandes obras, y mi vida apenas a medio escribir, preguntándome lo mismo que Sinclair: ¿qué significa, en realidad, «crecer»?
Demian no se conforma con la receta básica de la madurez: estudiar, trabajar, casarse, hipotecar la vida. Hesse nos recuerda que crecer es aceptar que existen mundos en nosotros: el luminoso, donde habitan las certezas heredadas —«sé buena, cumple, obedece»— y el otro, oscuro, caótico, donde vibra la rebeldía, las dudas y la posibilidad de inventarnos distintos. El camino hacia la conciencia es, entonces, aprender a descubrir esa lucha interna que no es tan evidente.
Pienso en eso cada vez que salgo a caminar por San Cristóbal de Las Casas, y veo cómo las montañas parecen respirar, exhalan neblina confusa, como si fuesen testigos de todas las almas que se han atrevido a atravesar sus sombras. Crecer aquí, en este sur donde lo sagrado se mezcla con lo cotidiano, también implica reconocer que el mundo es vasto, pero ese pedazo que nos toca a cada uno, es suficiente. Es aceptar que el viento trae murmullos de otros tiempos, que los rezos en tzotzil son tan válidos como los ensayos filosóficos, y que los mercados, con sus colores y olores, son también un garabato de lo que somos.
Cuando Hesse escribió Demian, lo hizo en medio de la Primera Guerra Mundial, un mundo que se derrumbaba. Sin embargo, ese derrumbe fue el caldo perfecto para que Sinclair descubriera su propio «dios»: Abraxas, la divinidad que une la luz y la oscuridad. ¿No nos pasa lo mismo a nosotros? Madurar en México, en mi caso en Chiapas, en este tiempo donde la violencia y la desigualdad parecen devorarlo todo, exige una conciencia que abrace tanto lo doloroso como lo bello.
Quizás por eso me gusta pensar en la conciencia como un ritual chamánico: una ceremonia en la que nos atrevemos a mirar de frente nuestras heridas, a reconocer que los temores también son parte de nuestra identidad, y que solo al nombrarlos podemos transformarlos en fuerza. Porque crecer sin conciencia es como bailar en un carnaval sin máscara: divertido, pero insostenible a largo plazo.
Recuerdo una tarde en que vi a unas mujeres en Zinacantán bordando. Me acerqué y una de ellas me dijo: Cada puntada es una decisión. Si te equivocas, la flor cambia de forma, sigue siendo flor, pero otra flor. Esa frase fue más iluminadora que cualquier tratado filosófico: crecer con conciencia es exactamente eso, aceptar que inevitablemente nos equivocaremos, que nuestros errores alterarán el diseño, y, aún así, al final seguiremos bordando nuestra vida.
Demian me enseñó que nadie puede crecer por nosotros. Que hay guías, como Demian lo fue para Sinclair, que nos señalan la puerta, pero el cruce es personal. En Chiapas, las puertas suelen tener flores pintadas, espejos que espantan malos espíritus, o cruces de ramas. En la vida, esas puertas se disfrazan de crisis, de rupturas amorosas, de cambios inesperados. La conciencia es el valor de empujar esas puertas aunque no sepamos lo que nos espera al otro lado.
Entonces me pregunto: ¿será que la conciencia es el verdadero destino? Crecer, madurar, vivir con los ojos abiertos, no como autómatas, sino como tejedores de nuestra propia trama. Al final, la conciencia no es una voz que nos dicta lo que debemos hacer, sino una música sutil que nos invita a bailar entre la claridad del día y las sombras de la noche. Y, comprender que incluso la noche está iluminada y en el día se encuentra la penumbra.
Quizás ese sea el mayor acto de rebeldía: no envejecer con miedo, sino madurar con conciencia. Y en el eco de estas montañas chiapanecas, entre este café que me huele a sabiduría, me atrevo a pensar que Hesse ya lo sabía: crecer no es aprender a ser, sino a despertar, porque nacemos siendo.




