Puntos Fiscales

La inteligencia artificial no nos quitó el trabajo: nos quitó la excusa

Por: José Luis León Robles                                                

Durante años repetimos la misma frase con una mezcla de miedo y fascinación: “la inteligencia artificial va a reemplazar a los humanos”. La advertencia funcionó como profecía y como amenaza, pero también como cortina de humo. Hoy, cuando algoritmos redactan informes, producen imágenes, analizan contratos y conversan con clientes, el problema dejó de ser hipotético. Sin embargo, la catástrofe anunciada no ocurrió tal como se preveía. No hubo un reemplazo masivo inmediato. Hubo algo más inquietante: la exposición de nuestras propias contradicciones. La inteligencia artificial no llegó a destruir el trabajo; llegó a desnudarlo. Puso en evidencia cuántas tareas eran repetitivas, cuántos empleos estaban inflados de burocracia innecesaria y cuántos sistemas estaban diseñados para simular eficiencia más que para producir bienestar. En muchos casos, la IA no sustituyó al trabajador: sustituyó la excusa para no revisar procesos obsoletos. El debate reciente en escuelas, universidades y oficinas públicas es sintomático. Se prohíbe la IA en exámenes, se persigue su uso en tareas, se exige transparencia a empleados que la utilizan para cumplir objetivos cada vez más altos. Pero rara vez se formula la pregunta central: ¿qué estamos evaluando realmente? Si una máquina puede responder correctamente a un examen, quizás el problema no sea la máquina, sino el examen. La educación, tal como está concebida en muchos países, sigue premiando la repetición por encima del razonamiento, la velocidad por encima de la comprensión, el resultado por encima del proceso. La inteligencia artificial irrumpe en ese esquema como una trampa perfecta: revela que muchas pruebas miden obediencia intelectual, no pensamiento crítico. Penalizar la herramienta sin revisar el modelo es una forma elegante de negar la realidad. En el mundo laboral ocurre algo similar. Se celebra la automatización cuando reduce costos, pero se la demoniza cuando empodera al trabajador. Un empleado que usa IA para optimizar su tiempo es visto con sospecha; una empresa que la usa para aumentar la carga laboral es vista como innovadora. La asimetría no es tecnológica: es política. Cada avance técnico promete liberar tiempo humano. La historia demuestra que esa promesa rara vez se cumple. En lugar de jornadas más cortas, tenemos agendas más llenas. En lugar de más ocio, más métricas. La inteligencia artificial podría ser el punto de inflexión que permita redistribuir el trabajo, mejorar la calidad de vida y revalorizar tareas de cuidado, creatividad y pensamiento estratégico. Pero sin regulación ni debate público, es más probable que profundice desigualdades ya existentes. Hay otro aspecto del que se habla poco: el impacto cultural. La obsesión por la eficiencia ha colonizado incluso los espacios donde antes importaban la duda, el error y la lentitud. Escribir, investigar, aprender, pensar… todo debe ser rápido, medible y monetizable. La IA no creó esta lógica, pero la acelera. Y cuando todo se acelera, pensar se vuelve un acto subversivo. Frente a esto, muchos optan por la nostalgia: idealizan un pasado sin algoritmos, como si antes el trabajo hubiera sido siempre digno y el conocimiento siempre accesible. Es una ilusión peligrosa. El problema no es la tecnología nueva, sino las viejas estructuras que se niegan a cambiar. Rechazar la IA no nos devuelve un mundo más justo; solo nos deja menos preparados para transformarlo. La discusión más incómoda sigue pendiente: ¿quién controla estas herramientas y con qué fines? La inteligencia artificial no decide despedir, vigilar ni censurar. Lo hacen personas, empresas y Estados que encuentran en el algoritmo una coartada perfecta. Culpar a la tecnología es más fácil que asumir responsabilidades colectivas. La inteligencia artificial no vino a quitarnos el trabajo. Vino a quitarnos la excusa de no cambiar un sistema que ya sabíamos agotado. Nos obliga a decidir si la usamos para profundizar desigualdades o para imaginar una organización social más humana. El desafío ya no es técnico ni futurista. Es ético, urgente y profundamente político. Y esta vez, no hay algoritmo al que podamos echarle la culpa. Espero que este tema haya sido de su agrado y si el creador nos lo permite nos estaremos leyendo la próxima semana en esta su columna.

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