Mario Caballero
El ciclo de los tiranos
Nunca me he gozado del dolor ajeno y, supongo, que nunca lo hare. Sin embargo, al ver el episodio que fue recogido por las cámaras sobre la comparecencia de Nicolás Maduro ante un juez en Manhattan, me es imposible no admitir la alegría que sentí al ver la caída de este tirano que tendrá que responder por delitos que implican una condena a 40 años de prisión o condena perpetua.
Vestido con un overol naranja y calzado con unas sandalias del mismo color, dijo: “Soy el presidente de Venezuela. He sido capturado de mi casa de Caracas y me considero un prisionero de guerra”.
El juez lo detuvo en seco bajo el argumento de que el tribunal no era el lugar para discursos políticos. En menos palabras, no dejó que se martirizara siendo que, como todos sabemos, Maduro ha sido uno de los dictadores más sanguinarios de la historia moderna, dejando tras su paso 863 personas como presas políticas, entre dirigentes políticos, militares y líderes sociales.
Dicha comparecencia tardó alrededor de media hora, y concluyó con la orden del juez de confinar a Maduro en una cárcel de Brooklyn, muy famosa por las duras condiciones en que viven los reos.
NADIE ESCARMIENTA EN CABEZA AJENA
Al parecer, el ciclo de Nicolás Maduro ha llegado a su fin. Es muy probable que acabe sus días en una prisión de Estados Unidos, pagando por los graves crímenes y las violaciones a los derechos humanos que cometió durante su execrable mandato. De momento se le acusa de narcotráfico y corrupción, pero de seguro los cargos en su contra serán ampliados conforme avancen las investigaciones.
Lo que ha pasado con Maduro es la clásica consecuencia de la que nos advierte la sabiduría popular: “nadie escarmienta en cabeza ajena”.
Los dictadores piensan que sus acciones nunca tendrán represalias. Por eso se comportan como tiranos y hasta se sienten dueños de la vida de las personas que “gobiernan”. Pero, más tarde que temprano, la suerte cambia.
Porfirio Díaz, por ejemplo, terminó exiliado en Europa tras ejercer el gobierno de México durante más de 30 años, y encontró la muerte en París en 1915, apenas cuatro años después de haber dimitido al poder.
Pero hubo dictadores que no murieron en la comodidad de la cama.
Como Rafael Leónidas Trujillo, quien ejerció el poder en República Dominicana desde 1930 hasta 1961. Fue legendario por su crueldad, extravagancias y autoritarismo. Pero cierto día, mientras viajaba en su automóvil, fue emboscado por varios hombres resistentes al régimen y acabaron con su vida a punta de metralla.
Sobre este episodio, el escritor Mario Vargas Llosa hizo un relato extraordinario, exhibiendo al mismo tiempo los abusos de poder de Leónidas y sus paranoias en la novela La fiesta del chivo.
Otro caso es el de Nicolae Ceausescu, el dictador comunista de Rumania, quien gobernó durante 24 años esa nación, pero no con mano dura, sino con brutalidad extrema y un culto a la personalidad insaciable.
De acuerdo con los historiadores, Ceausescu convirtió a su país en un auténtico campo de concentración, en el que los servicios secretos, o sea, el Departamento de Seguridad del Estado que se considera la precursora de la KGB de la Unión Soviética, podían enviar a prisión a cualquier ciudadano por un simple comentario en contra del régimen.
Pero en diciembre de 1989, tras la caída del Muro de Berlín, se vino abajo la dictadura.
Nicolae fue detenido por los insurrectos cuando intentaba huir del enorme mausoleo que había ordenado construir en un arrebato de su megalomanía, y al ser juzgado se le condenó a muerte de forma sumaria.
Horas después del juicio, fue fusilado junto a su esposa Elena y su cuerpo fue exhibido públicamente. Su destino fue el mismo que el del fascista Benito Mussolini, quien recibió un disparo en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial en Europa y su cuerpo sin vida fue colgado en una gasolinera en Milán por unos partisanos.
Pol Pot, el tirano de Camboya, fue incinerado en la selva por sus captores.
Hasta el momento, se debate sobre la causa real de la muerte de este tirano del que se tiene documentado que llevó a cabo el mayor genocidio de la segunda mitad del siglo XX. Algunos dicen que murió de un paro cardiaco, aunque existe la versión de que se suicidó ante la posibilidad de ser entregado a un tribunal internacional por crímenes de lesa humanidad. Pues se estima que fue responsable de la muerte de entre 1.5 y dos millones de personas entre 1975 y 1979. Ni Hitler ni Stalin lograron tan grande baño de sangre.
Paradójicamente, los que conocieron a Pot lo describen como un campesino amable y seductor, pero estando en el poder destruyó aldeas, expropió bienes, torturó y asesinó a millones de sus compatriotas tan sólo porque eran maestros, o tenían algún local comercial, llevaban un reloj o tenían libros en su casa.
Se acuerda de Sadam Husein, ¿cierto? Su final es uno de los más recordados en el mundo.
Su dictadura en Irak, que tardó 24 años, acabó cuando Estados Unidos invadió el país en 2003, tras acusar a Sadam de ocultar armas de destrucción masiva que nunca se encontraron. No obstante, se halló responsable de la muerte de más de 250 mil personas y fue condenado a muerte en 2006, por ahorcamiento.
El final de Muamar Gadafi fue mucho peor. Tras cuatro décadas de ostentar el poder en Libia, la ONU aprobó en 2011 una condena a sus abusos que desembocó en un ataque de la OTAN al régimen libio. Poco pudo hacer para contrarrestar la intervención de la alianza.
Así, trató de huir, pero sólo pudo ocultarse en una tubería, donde fue encontrado por los milicianos. Lo lincharon y su cadáver fue exhibido en público. La imagen de su rostro magullado apareció el día siguiente en todos los periódicos del mundo.
REFLEXIÓN
Ciertamente, “nadie escarmienta en cabeza ajena”. La captura de Maduro y lo que se supone el fin de la dictadura chavista en Venezuela, así como el destino de los tiranos antes mencionados, nos hace reflexionar en que nadie puede ser tan poderoso y quedar impune.
Cada día tiene su propio mal, dicta la Biblia. Cada dictador tiene marcado un final, a veces de la manera más grotesca como Sadam o Gadafi, o tal vez menos cruel como Jorge Videla, el dictador argentino que murió en la cárcel en 2013 tras haber sido sentenciado por crímenes de lesa humanidad. Pero el poder y la maldad tiene fin.
Es cierto, la forma en que el gobierno de Estados Unidos sustrajo a Maduro fue ilegal y violatoria a diversos tratados internacionales, pero era un objetivo necesario. Urgente. Por culpa de su dictadura miles de personas se vieron obligados a abandonar Venezuela y millones más vivían bajo opresión, padeciendo hambre, sin libertades y con la amenaza de ser apresados si intentaban hacer algo contra el régimen, aunque ese algo fuera una simple crítica.
Me alegro, por tanto, ver a Nicolás Maduro tras las rejas de una cárcel estadunidense. Ojalá los venezolanos y los no venezolanos también lo celebren, ya que esto no se trata de la caída de una tiranía, sino de la oportunidad de un pueblo de volver a vivir libre.
yomariocaballero@gmail.com




