El Hipsterbóreo

Bad Bunny y la imposición algorítmica del reggaetón

Luis Fernando Bolaños Gordillo

Las cifras son contundentes y contrastan con la realidad económica de un país cada vez más precarizado no solo en lo económico sino en lo cultural. Los portales de México News Daily y Billboard estimaron que las ganancias de los conciertos de Bad Bunny en nuestro país rondaron los 124 millones de dólares por la venta de boletos; y que la derrama total emanada del turismo y el consumo de alimentos y bebidas ascendió a 3 mil 228 millones de pesos.

Los precios de los boletos para estos conciertos celebrados en el Estadio GNP en la ciudad de México variaron de acuerdo a las zonas; éstos iban desde 1,093 pesos hasta los 12,183 pesos; los PITS -las zonas sin asientos frente al escenario- tuvieron un costo de 12,183 pesos; en tanto que los paquetes VIP con beneficios como acceso lounge, mercancías promocionales y entradas anticipadas al inmueble, alcanzaron los 27,338 pesos.

Los datos presentados por Spotify señalan que, por cuarto año consecutivo, Bad Bunny fue el artista más escuchado a nivel mundial con 19.800 millones de streams totales. Los sistemas estandarizados de recomendación digital influyen en los procesos de producción, circulación y consumo de reggaetón; a éste se le sustrajo su carácter original para fijarlo en función de su comercialización masiva transformándolo en un emporio comercial omnipotente y rentable.

Las cifras muestran que lo que fue en algún momento una manifestación genuina del pueblo puertorriqueño se reconstruyó a través de la publicidad, la mercadotecnia y el branding para posicionarla a través de los medios y redes sociodigitales como una identidad juvenil emergente; en su exterioridad las imágenes y canciones de los artistas de esta expresión musical son productos exitosos, pero su interior está lleno de decadencia, podredumbre intelectual, misoginia y alienación.

Las lógicas financieras globales de las grandes plataformas digitales transformaron a la dimensión original del reggaetón en un gigantesco sistema ideológico donde el deseo sexual, la fiesta, la cosificación de las mujeres, o la presunción del éxito material son expuestos como distintivos de los latinos. La industria musical empaquetó digitalmente elementos identitarios de juventudes precarizadas de Puerto Rico y de otros países de la región, y los vendió como un producto exótico.

Las instancias que dominan el sistema musical digitalizado encuadraron los ritmos hasta volverlos repetitivos hasta el cansancio y los sumaron a letras fáciles de escribir; la resistencia y la defensa de la diversidad sexual fueron reemplazadas por temas de sexo explícito: la médula de esta expresión musical que ha sido instituida como un género independiente es la mercantilización del deseo sexual como símbolo de la libertad..

Basándome en el análisis de la contracultura hecho por Joseph Heath y Andrew Potter en el libro Rebelarse Vende, el reggaetón no representa una amenaza para el sistema; esta música forma parte de un engranaje que reconstruye y vende experiencias sexuales musicalizadas que tienen éxito sobre todo en contextos de precarización. En la impostura del reggaetón el algoritmo opera a través del análisis de datos del comportamiento de millones de usuarios en función de las letras las canciones.

En esta tesitura el sistema algorítmico está interpretando fríamente lo que los consumidores muestran de sí mismos; este acto que se repite millones de veces al día es el que conecta al sistema con el público; los artistas son solo instrumentos que se encargan de vender una versión higienizada de la manifestación original. La rebeldía fue convertida en una sensualidad a modo donde las mujeres fueron convertidas en trofeos. El perreo no es un acto autonómico, es una manifestación que, en su apariencia incómoda, refleja el grado de alienación de las mayorías.

Hay una juventud empobrecida perreando que de algún modo consigue los recursos para tener la experiencia directa con los artistas; Bad Bunny, Daddy Yanqui, Maluma o Karol G no son radicales, no expresan el sentido periférico de esta música, solo reproducen lo que el sistema considera como sensual. En su obra Disonancias, Theodor Adorno expresó que “los lamentos por la decadencia del gusto musical no son mucho más recientes que la contradictoria experiencia que puso a la humanidad en el umbral de una época histórica: que la música representa al mismo tiempo la inmediata manifestación del deseo y la solicitud de su aplacamiento”.

La impostura algorítmica tiene como propósito convencernos de que lo que se escucha en las plataformas digitales o canales de videos es la voz genuina de las masas. Pensar en el reggaetón como un seudogénero fabricado digitalmente contribuiría a desenmascarar la operación mediática que fusionó al baile y al deseo sexual con discursos de emancipación popular. Lo que comenzó como transgresión sonora se convirtió en una manifestación sumisa al servicio de una industria que manipula los deseos y la subjetividad.

Bastan tres notas y un estribillo simple como “Tú no eres bebecita, tú eres bebesota, frikitona, ma, se te nota, le gustan los tríos cuando está en la nota, si el novio no sirve, de una lo bota”, para que la gigantesca maquinaria haga su tarea. La interpretación algorítmica pulió a esta música y la puso en vitrinas globales bajo el lema de “cultura popular”. Y quienes identificamos qué hay detrás del telón de esta impostura somos señalados como academicistas, clasistas, defensores de la técnica musical o simplemente enemigos del pueblo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *