Por Jenner Rodas Trejo
En 1997, el águila arpía (Harpia harpyja) murió en el Zoológico Miguel Álvarez del Toro (ZooMAT). Fue el último ejemplar vivo que pisaría suelo chiapaneco. Durante 29 años después de su muerte, los visitantes la vimos únicamente disecada en una vitrina del museo del zoológico: un recordatorio taxidermizado de un pasado perdido. Cada visitante que contemplaba esas alas plegadas permanentemente, esos ojos vidriosos fijos en el infinito, absorbía sin palabras un mensaje silencioso como lo plasmó Don Miguel Ávarez del Toro: “así era Chiapas”, así fue la selva.
Ahora, al cerrar el 2025, después de tres décadas de ausencia, un macho de águila arpía aguarda en cuarentena su reintroducción al mismo zoológico donde fue símbolo de la extinción local. Pronto llegará una hembra. No es simplemente un acto administrativo de la Secretaría de Medio Ambiente e Historia Natural de Chiapas. Es un acto de redención.
Hace apenas un siglo, el águila arpía era habitante regular de las selvas tropicales de Chiapas. No era rara; era simplemente parte del paisaje que los pueblos originarios respetaban, que la selva intacta albergaba como depredador de los doseles.
El águila arpía es el águila más grande del mundo. El macho puede pesar entre 5 y 8 kilogramos; la hembra, hasta 10 kilogramos. Su envergadura alcanza los dos metros. Alas cortas y potentes, especializadas para maniobrar entre el dosel cerrado de la selva, persiguiendo a sus presas: aves, ardillas, monos, animales que viven en las ramas más altas.
Su ciclo reproductivo le da vulnerabilidad, ya que llega a madurez sexual alrededor de los cinco años. Cuando se reproduce, tiene un intervalo de dos años entre crías, además que una pareja en la naturaleza puede pasar años cuidando a un único juvenil. Esto significa que cada individuo es irreemplazable desde el punto de vista poblacional. Cada muerte es una devastación.
Cuando la deforestación llegó a Chiapas con velocidad industrial, el águila arpía enfrentó una ironía cruel: necesita selva intacta, necesita árboles grandes y maduros para construir nidos, necesita presas que solo existen en selvas conservadas. A medida que la selva desapareció, el águila arpía simplemente se fue. Durante treinta años, solo dos o tres registros aislados fueron documentados, avistamientos esporádicos que vinieron de selvas de Guatemala.
Fue un ejemplo perfecto de lo que los ecólogos llaman extinción local: la desaparición de una especie de un lugar específico, aunque la especie siga existiendo en otros sitios. Chiapas perdió su águila arpía no porque la especie se extinguiera del planeta, sino porque destruimos el tipo de selva que esta especie necesita para vivir.
El ejemplar disecado en el ZooMAT es un recordatorio intencional, los zoológicos tienen una responsabilidad pedagógica que va más allá de exhibir fauna: tienen la responsabilidad de narrar consecuencias.
Generaciones de chiapanecos crecieron mirando al águila arpía a través del cristal, sabiendo que nunca verían una viva en su estado natural. Era un duelo anticipado por algo que técnicamente nunca conocimos pero que intuitivamente comprendíamos que habíamos perdido.
Lo que la mayoría de visitantes del zoológico ignora es que la llegada a Chiapas del águila arpía requirió años de negociación compleja. Los primeros intentos se hicieron en la Ciudad de México, luego en Venezuela y Brasil. Finalmente, a través de colaboración internacional, se identificaron dos ejemplares disponibles con menos de un año de edad. Esto es crucial: son jóvenes suficientes para adaptarse al cautiverio, pero lo suficientemente jóvenes para eventualmente ser candidatos a programas de reproducción. El ZooMAT no solo está recibiendo dos aves: está recibiendo portadores genéticos del futuro, esperanza.
Para recibirlos, El ZooMAT con asesoría de especialistas internacionales, construyó un recinto especial, donde el espacio ha sido diseñado considerando la etología de la especie: el comportamiento innato de un águila que debe sentir que está en una selva, aunque sea una selva contenida dentro de muros.
Lo que distingue este momento de otros intentos de reintroducción en México es que Chiapas lo enmarca dentro de un programa integral de conservación. No es simplemente tener dos águilas en cautiverio para satisfacer la curiosidad pública. El objetivo explícito incluye reproducción y conservación.
Esto plantea una pregunta más profunda: ¿hacia dónde apuntamos con esta reintroducción?
En teoría, la meta final debe ser la reintroducción al medio silvestre. Pero eso requiere algo que Chiapas todavía está rescatando: suficiente selva intacta. Paradójicamente, salvamos al águila arpía localmente construyendo selvas recuperadas, protegiendo los pocos remanentes intactos que quedan, restaurando lo que fue destrozado. El águila arpía se convierte así en especie paraguas: protegerla significa proteger ecosistemas forestales de miles de hectáreas, significa proteger al jaguar, al puma, al ocelote, a los cocodrilos, a las poblaciones de primates que son sus presas, a los cedros y caobas que son sus hogares.
El manatí tuvo su momento de salvación comunitaria durante la sequía de 1995, la tortuga marina experimenta recuperación de sus poblaciones en las costas de Chiapas, los cielos de Palenque nuevamente se pintan de escarlata con el vuelo de la guacamaya roja; así el águila arpía debe tener su momento de redención institucional, pero requiere algo más ambicioso: que la sociedad chiapaneca reconozca que restaurar el hábitat del águila es restaurar lo que somos.
Para aquellos de nosotros que contemplamos al águila arpía viva durante nuestra infancia, su retorno, es psicológicamente significativo. Significa que el daño no es irreversible. Significa que incluso después de treinta años de ausencia, puede existir un camino de regreso.
Para las nuevas generaciones de chiapanecos, ver a un águila arpía viva en el zoológico será algo diferente: no será un recordatorio de pérdida, sino un encuentro con la posibilidad. Verán a estos gigantes del dosel, sus alas poderosas, su mirada de depredador absoluto, y entenderán, sin necesidad de sermones, que existen mundos dentro de nuestra selva que merecen existir.
La pedagogía ambiental no siempre ocurre en aulas. Ocurre cuando un niño mira a través del cristal y ve los ojos de un águila que viajó miles de kilómetros desde otro país para tener una segunda oportunidad en la tierra que sus antepasados dominaban.
El programa de reintroducción del águila arpía en Chiapas es indispensable. México y en particular Chiapas son reconocidos globalmente como sitios megadiversos, pero muchas de nuestras especies más icónicas están desapareciendo de los lugares donde eran símbolo de identidad regional.
El jaguar ya casi no existe en territorios donde fue reverenciado por los mayas. El quetzal desaparece de las montañas de Chiapas donde era sagrado. El pecarí de labio blanco es cada vez más raro. La guacamaya verde solo es un recuerdo. El águila arpía esta extinta localmente en Chiapas.
Pero Chiapas elige intervenir, pero no debe de ser de manera romántica o sentimental, sino de manera científica, diplomática, institucional, planteando objetivos claros de reproducción e reintroducción, integrar a la especie en narrativas de conservación integral.
Cuando una especie desaparece localmente, no siempre es demasiado tarde. Requiere voluntad política, recursos sostenidos, y la capacidad de esperar: saber que los resultados tardarán años, quizás décadas, pero que el trabajo vale.
En algún momento de 2026, cuando el público chiapaneco entre nuevamente al zoológico, verá lo que nunca pensó que vería: un águila arpía viva en Chiapas. No en vitrina, no disecada, no congelada en el momento de su muerte.
Para algunos, será simplemente una atracción más. Para otros, para aquellos que recuerdan el cadáver en el museo, que comprendieron lo que significaba, será visceral. Será el momento en que la extinción local se invierte. Será la prueba de que los 30 años de ausencia no son un destino inevitable, sino una pausa que podemos terminar.
La selva que el águila arpía necesita para sobrevivir en libertad todavía está siendo destruida, aún hay tiempo para detener eso, aún hay tiempo para que el águila arpía regrese al dosel, no como cautiva, sino como depredador de ecosistemas restaurados.
Pero ese tiempo depende de decisiones que tomamos ahora.
El águila arpía de Chiapas nos está observando desde su recinto de cuarentena, con ojos que durante tres décadas nadie vio en vida en estas tierras. La pregunta es: ¿qué seremos nosotros para ella? ¿Un paréntesis amable en su existencia, o el catalizador de un regreso definitivo?




